Barcelona
Esta vez lo vi de día. El monumento a Cristóbal Colón, al final de la Rambla. La primera vez el Mediterráneo quizás acaparó más mi atención por el reflejo melancólico de la luna en su azul profundo. Esa vez fue una mole de acero negra y con reflejos metálicos, de la cual salían alas de ángeles y en cuya base rugían leones suavemente, como jugando.
Ahora le pegaba en pleno la luz del sol. Su maravilla no tiene fin. Está en ella la historia del descubrimiento de las tierras nuevas que dieron a España la época más luminosa de su Historia, la base prodigiosa para construir su imperio.
Pude acercarme allí, bajo un sol suave, con la brisa en paz y los visitantes aún en poco número, para abrazar a los leones de su plataforma y contemplarlos, abrazarlos, mimarlos mientras me daban, una vez más, la bienvenida a un país que inundó mis años niños con la imaginación, en la tranquilidad del oasis insustituible del hogar paterno.
Barcelona no es, por criminal que pueda sonar, lo que más me gusta de lo poco que aún conozco de la Madre Patria. Tiene espacios llenos de un color y unas florituras arquitectónicas prodigiosas, que adoran la naturaleza gracias al genio de Antonio Gaudí. La Sagrada Familia, la catedral inconclusa que con sus líneas modernistas se encuentra a choque con el Medioevo y su casi un siglo de espera para ser terminada… su desaforado amor a Dios, que nos confunde el ánimo, no deja de crear un manantial de angustia estética que no se calma fácilmente.
Montjuic, la Barceloneta, el cocodrilo luminoso de Parc Güel, todos los tesoros que allí están tienen un encanto particular y al final uno se pierde en la multitud para adorar la ciudad como lo hace el mundo entero, en el bullicio políglota que la caracteriza.
Sin embargo… no, Barcelona no es lo que más me gusta del apenas pedacito que conozco de España. Ahora tengo obsesión por la catedral de Sevilla, que tuve el gusto y la estética desgracia de conocer; allí descansan, precisamente, los restos del descubridor de “Las Indias”. Tendré que volver también, supongo, a ver si puedo desentrañar su espíritu monumental. Tal vez tenga que ser en mi siguiente vida, quizás en cien años y no tengo prisa, porque estoy segura que aún estará allí.
El cocodrilo de color; inverosímil como todas las maravillas lo que construyó Antonio Gaudí

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