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Beethoven

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Quizás una razón por la cual es una figura tan influyente en mi vida sea el gesto de resentimiento que le caracteriza, pues se parece mucho al que le vi siempre a mi padre.

   En casa escuché los acordes de su música durante toda la niñez y adolescencia, que siempre fueron ideales para las noches de invierno, cuando el frío asolaba las calles y flotaban en la bruma de la noche los ángeles que en aquellos años custodiaron nuestras vidas.

  Sólo era, en la carátula de los discos, una expresión malhumorada, una melena alborotada, una mirada feroz.

 

   Mucho tiempo tardé, mucho en verdad, para comprender que era, todo aquello en su rostro, la realización orgánica de la pasión, en su cuerpo.

Esa misma pasión brotaba de los poros en la piel de mi padre, y la manifestaba pintando.

   Yo, en la soledad de mis entendederas y para lograr la empatía con él, hube de recorrer muchos caminos de la vida y escuchar por décadas, una y otra vez, los ires y venires de los “maestoso” y “allegro vivace” que me hacía vibrar de forma extraña, desde los huesos hacia fuera. En la niñez porque lo empezaba a aprehender, en la adolescencia porque lo reconocía de tanto saberlo y donde quiera, en la juventud porque me contagiaba, sin yo saberlo claramente y además porque lo llevaba en los genes, del más auténtico Romanticismo que imaginarme pudiera.

   Pero aún no lo sabía. Aquella emoción profunda que finalmente sentí, después de escuchar cientos de veces la Quinta Sinfonía (que a mi padre obsesionaba), llegó sola y no por insistencia que surgiera del aire mientras la música entraba en mi, sino porque ésta conectó con la pasión soterrada de mis venas, el latir escandaloso de mi corazón ante la belleza de una emoción auténtica como el deseo de justicia o al sentir el huracán desatado del amor. Y mi flama se prendió.

   Fue él, Ludwig a través del tiempo, que terminó tocando con su luz mi entendimiento para comprender lo que es un corazón apasionado por la vida, enamorado de la Creación y pupilo directo de Dios.

   Después, mucho después de encendida la flama que me ayudó a comprenderlo, de haber coleccionado casi toda su música, hoy le escucho en el aire sin que nadie o nada esté tocándolo; recuerdo su rostro en sus retratos y compadezco infinitamente su desdicha, pues los genios absolutos no son de este mundo y vienen sólo a padecer un infierno personal por la incomprensión de sus semejantes, mientras transmiten su sabiduría para indicarnos caminos nuevos para engrandecer el espíritu.

(En la foto, escultura de Francesco Jerace, del Conservatorio de música S.Pietro a Maiella, Napoles-Italia)

http://www.youtube.com/watch?v=vQVeaIHWWck

(Sonata "Claro de Luna")


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