Cha Cha Chá

Sí, estoy de acuerdo que cuando esa palabra, cantada tres veces, representaba un alegre baile, amarraban los perros con longaniza todavía.
Es más, yo ni siquiera había nacido (aquí agrégale lo que quieras).
Pero cierto es que ese ritmo nació con un movimiento de caderas caribeño imposible de negar y estaba en su momento de moda aquel fin de año escolar en que a la bendita maestra de cuarto año se le ocurrió escogernos –a cinco desdichadas- para bailar una melodía con ese ritmo. Yo la había escuchado en la radio muchas veces, pero la ingenuidad a punto de idiotez que me caracteriza impidió que percibiera el contenido erótico del caso. Así que cuando nuestra querida maestra Alicia nos enseñó los pasos, bailábamos como un palo de escoba con las ramitas torcidas abajo, raspando la suela en sentido horizontal de cualquier forma, con tal que lo hiciéramos al compás.
¿El vestido? Pues rojo con olanes, como rumberas castas (si tal cosa existe), es decir: Faldita a la rodilla con tres cabriolas de tela superpuestas en sentido horizontal también, mangas de olán y cuello liso hasta el huesito primero del esternón. ¡Por supuesto que horribles! Los zapatitos eran negros y encharolados, sin medias, sin calcetas.
El caso es que el día del festival Día de las Madres nos colocamos en el foro a telón cerrado –ah, qué momento mágico ése, siempre- y ¡violà!, se abrió a la vista de todas nuestras mamás, que para el caso no llegaban a cincuenta las que iban a los festivales, en toda la escuela. Las que no iban era porque no tenían un vestido adecuado para no traslucir su pobreza o por la timidez extrema que da no tener nada en este mundo en qué apoyar la autoestima.
Mi progenitora sí iba, a los festivales… siempre. Nunca se perdió la oportunidad de ver y corregir todo movimiento escénico que yo hacía. “No se te oía la voz”, sentenciaba cuando yo declamaba. “¡No puedo creer que les hagan pagar la entrada hasta a los artistas!”, escandalizaba cada vez que venían al caso los festivales. Porque en efecto, muy artistas pero pagábamos nuestra entrada. Así de pobre era la escuela, qué se podía hacer.
En aquel tiempo no imaginé que llegaría, en mis años juveniles, a tener realmente cuerpo de bailarina, que tomaría clases con una profesional de prestigio nacional, que haría un solo en el Teatro del Bosque de la Ciudad de México en una ejecución de “Xtabay” en un concurso nacional. Queme retorcería con gracia a los compases de “Bolero” de Mauricio Ravel o brincaría de gozo con “Huapango”, de Pablo Moncayo. No imaginé que formaría parte de la Compañía de Danza de mi Universidad y hermosuras así que han sido olvidadas por completo.
Mis maestras de primaria, hasta donde les dio su talento, me enseñaron a bailar frente al público. Bueno, aquello ni era bailar, ni nuestro público era exigente… pero fueron las primeras pruebas existenciales ante la crítica. Momentos álgidos e inolvidables de la niñez, como el vestido rojo de olán que me puse orgullosísima, porque entonces me pareció digno de un sueño, e igual respetable la melodía “Las clases del cha, cha, chá”, que hace poco tuve que bailar en una clase de gimnasio y casi me hizo llorar de nostalgia.

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del.icio.us
Así que también fuiste bailarina y de las buenas... felicidades
veronica | 09-12-2008 - 22:33:15 GMT 7 #
Bueeeno, digamos que me traían en salsa, pero la letra me llenó más el gusto. Gracias por tu comen...
Margarita | 11-12-2008 - 01:29:51 GMT 7 #