Entre cielo e infierno
Su paso era cojitranco; además de su obeso abdomen una pierna dolorida siempre le traicionaba. Era su rodilla, decía, que se inflamaba al primer pretexto. La cara rojiza e hinchada parecía la de un borracho, pero la verdad no se le sentía palabra con arrastre o mirada extraviada. Siempre pensé que más bien era hipertensión lo daba su aspecto de tomate y obligaba su hablar agitado.
Seguramente andaba en sus sesenta y tantos.
Trabajaba de velador en esa casa en que dominaba enfrente y habían dejado con la obra a medias. Le dejaron ahí los dueños, prácticamente abandonado.
Acudía a pagarle su mísera semana un muchacho en un automóvil gastado y ruidoso; llegaba entre viernes y el miércoles siguiente… días que el viejo pasaba en angustia horrible, pues le acosaban sus sobrinos pidiéndole dinero, malpasaba sus alimentos, incluso su perro se hambreaba de tal modo que vivía dormido la mayor parte del día.
Pedía prestado a todos los vecinos; y rigurosamente pagaba. Cuando podía, pero pagaba. En casa nos daba pereza salir pues nos acosaba: Quiero ver si me puede prestar unos cien pesos –decía- el sábado sin falta le pago (aunque no decía de qué mes); mi sobrina está apurada por unas medicinas…
Siempre estaba esperando la muerte, pero no para él, sino para su madre. Está enferma –decía- la van a operar en unos veinte días, dijo el doctor, porque no puede tardarse más el asunto… estoy con mucho pendiente.
Era la imagen misma de la desesperación. Cojitranco, sí; lloroso constantemente, pegado a su fiel perro –un rapaz corriente, negro, bajito, vivaz- que sufría de la misma inanición que su dueño.
Dos años le vimos allí, primaveras, veranos, otoños e inviernos. Siempre orillado a la desesperación por la tardanza de su sueldo; deshidratado por tanto sudar o resfriado por el frío patético de enero.
Siempre pagó sus deudas. Muchas veces recibió de caridad platos de sopa, pastillas para el dolor o la calentura; galletas o préstamos a corto plazo.
Un día vino a despedirse y pagar su última deuda. Le habían despedido, porque los dueños –dijo- ya iban a habitar la casa. Se fue llorando, abrazado por dos o tres sobrinos que le ayudaron a recoger los trastos viejos y cobijas entre los cuales vivía. Necesitaba muchísimo aquella mala especie de “empleo” que al menos le daba para no morir de hambre.
¿La casa? Una casi castillo de pésimo gusto: Tres pisos, un sótano, una terraza que da vista a la ciudad iluminada, un domo en el centro del techo, cerrado con vitrales blancos. Una alberca que se llena con las aguas del verano, y al acumularse se pudre. Tiene ventanales a destajo para cuidar la vista al poniente y el mármol del piso ha sido traído poco a poco desde España.
¿El dueño? Un hombre silencioso, maduro, obeso y rubio que llega en su pickup blanca seminueva, a revisar “la obra” –en la que no trabaja casi nadie, casi nunca- a cada y cuando. La casa-castillo-mamotreto no ha sido habitada, era una mentira el motivo de despido. No hay otro velador en su lugar. El viejo se llama Epifanio.


Meneame
del.icio.us

Margarita, me gusta mucho como escribes, no se si ese relato sea verìdico o ficticio, pero siempre me ha llamdo la atenciòn la forma de como escribes y la narrativa tan profunda de tu sentir.
sinceramente
Cipriano Durazo Robles
tu amigo y ex-colaborador en Perfiles.
¡Cipriano!
A buenas horas te contesto...
Soy un ordenado desastre para esto de cuidar a los amigos. Gracias por tu visita.
Siempre es agradable leerte.
En tus textos siempre hay un poco de todos.
A veces nos acaricias con algunos relatos y en otros nos das una buena cachetada para reaccionar ante ciertos sucesos.
De un modo o de otro siempre estas. A veces de frente, a veces aun lado a veces atras... nunca en segundo plano, solo atras. Atras observando y cuidando.
Un abrazo grande Margarita.
Con todo respeto y cariño Misael Mevi.