Self pity
Antes de ese día debió ocurrir muchas veces. Pero el punto de inicio que recuerdo es ése: Una compañera de clase se burló de mi expresión de halago porque dijo que mis calcetines eran bonitos. Eran color verde otoño, y nuevos. Su casi carcajada me dijo de inmediato que estaba haciendo mofa de mi inocencia; entonces no podía saber que ella necesitaba herirme para curar su envidia.
Sí me dolió, para qué negarlo. La prueba es que nunca lo olvidé. Sin embargo, a partir de entonces mi intuición prendió una velita de advertencia, al menos para iluminar las burlas de que era víctima. Porque fueron muchas, las que recibí por años.
Aprendí a desvelar la ironía al instante: “Qué bonito te pintas la ceja”, eso ante mis cejas naturales y bien dibujadas; “eso que te dije ayer, no lo tomes en serio”, decía el galán que –borracho- se me había declarado en la fiesta; “sí cómo no, te gusta la música clásica, aaaaaay por favor”, dijeron las amigas de la prepa; “¿así hablas siempre de bonito, o solamente cuando platicas conmigo?”, dijo el estúpido aquel a quien le di mi amor hace cien años
Sin embargo y no sé por qué mandato profundo, nunca luché contra mi condición ingenua. No se puede, uno nace así; uno prefiere aceptar el impulso instantáneo de admirar lo cursi, de gozar lo bello, de creer en la bondad de los demás, entre otras maravillas. Es más sano, es más cómodo.
Entonces, ante la burla o el desengaño al descubrir que alguien apreciado sólo engañaba mi afecto, fui aprendiendo a no sentir rencor. Preferí indagar las causas del sufrimiento de aquellos seres que, dando cauce a su crueldad, me usaban para sentirse bien. En muchos casos tuve que lavarme sentimientos de odio y rabia; en otros fue fácil dejar entrar la compasión y comprender.
Cuando alguien hace mofa de mis buenos –y cursis- sentimientos o desconfía de ellos, a esta distancia de aquella mañana de calcetines color verde otoño, acepto la agresión, la convierto en bálsamo contra el dolor y me río de mí misma. Finalmente, es cierto ¿no? Padezco de una capacidad grotesca para creer todo lo que me dicen, mientras no averigüe que es mentira; mi naturaleza profunda, repulsivamente ingenua, está hoy bastante bien disfrazada y blindada con láminas de acero pintadas de ironía.
Pero me sigue doliendo profundamente el engaño. Me sigue decepcionando de una manera patética descubrir que alguien me hace daño deliberadamente, porque siente que su crueldad es un valor más fuerte que mi capacidad para confiar.
Es complicado; ha sido muy complicado. Pero ya no me vence la crueldad de los otros; sus razones tienen para la maldad; todo el veneno humano surge del sufrimiento, y aunque del sufrimiento también puede surgir luz divina para construir mundos de amor, cada quien escoge el camino que más le convence. Cosas del libre albedrío.


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Siempre es un placer leerle.... Saludos
Es curioso como se puede uno identificar con palabras ajenas. Aunque estoy convencida de que la sensibilidad es una característica que se dá sólo en grandes personas.
Gracias por compartir con nosotros tan bellos sentimientos y plasmarlos para nosotros con palabras.
Mis felicitaciones y mi admiración.
Gracias Ruth, por tu visita. Si la sensibilidad no fuera un privilegio de todos, los escritores no tendríamos el consuelo de encontrar a los lectores. Un abrazo.
Saludos Berenice. Gracias mil.
Es curioso. No vayas a sentir que ahora resulta que todo el mundo es como yo! Pero seguramente alcancé a identificarme. Pero, sas que? Yo si dije, ni madres, su taruga se les acabó. No sé si hice mal o bien, ahora las personas que me conocen se quedan, y a ésta, la conozco? Pero yo decidí que no iba a dar tregua este tipo de personas, también decidí que la inocencia se acaba en un punto y empieza otra cosa en el siguiente. Y así...
Saludos Margarita y espero verte pronto.