Hola desde el mundo
A Rafael González (in memoriam)
Uno no se imagina, ¿verdad?, que esos momentos de juventud siempre serán mejores que los que siguen. Que las frases alegres alborotando los pasillos de la escuela se las lleva el viento, pero se cincelan en la memoria. Porque esos instantes juveniles se van, infaliblemente, con el tic tac del reloj; pero allí, en aquellos días de sol y carcajadas, no lo sabíamos.
Uno no se imagina que algunos rostros quedarán preñando los mejores recuerdos de una época difícil, sí, pero siempre hermosa. Rostros de los amigos más queridos, de los compañeros más solidarios.
Una época difícil porque había que mega-madrugar por el Purgatorio que nos imponía Arturo, el maestro-dictador. Por el frío de hórdago en invierno al bajar del camión, agravado por el desconsuelo de que, si tardábamos tres segundos más de las 7am, la puerta del aula se cerraría sin remedio. Difícil porque el maestro de dibujo se reía de nuestra burricie allá, donde no oyéramos sus carcajadas por los mamotretos tramposos que nos obligaba a hacer en el papel mantequilla.
Fueron años difíciles porque desde el primer día recibimos una consigna: “El que pasa primero, llega a tercero… el que pasa tercero, es ingeniero”. Qué terror de reprobar. Qué triunfo sacar un seis en química. Qué maravilla atinarle a los resultados del cálculo diferencial. Qué inseguridad sobre las respuestas, en aquellas reglas de cálculo que retaban la vista para definir las micras, muy lejos aún de la maravilla finisecular de la calculadora.
En aquellos años nunca imaginamos el paraíso que se estaba gestando en el mundo de la cibernética, que regalaría a los futuros ingenieros (y a todos, aunque nos fuéramos a dedicar a la literatura como yo) la libertad infinita que da una computadora y todos sus secretos, para dilatar el intelecto de manera más creativa.
Fueron años dulces. Estrenamos todos bata blanca y el olor acre del laboratorio de química consolidaba nuestro novato orgullo: “Somos estudiantes de ingeniería”.
Cómo hace tiempo, Dios mío. Cuánto hemos cambiado todos; cuántos llegaron a la meta y cuántos cambiamos el rumbo, para encontrarnos con otra parte del espíritu, más necesitada de afirmación estética que de ciencia.
Hace unos meses encontré esta imagen, producto de un clic que detuvo el tiempo. Fue casualmente, en una caja de cartón llena de papeles que ni siquiera eran míos. Fue premonitorio también. Yo no sabía que se estaba convocando a una reunión de aniversario de la Escuela y del recuerdo de nuestra generación de Ingenieros Químicos. Me latió el corazón con fuerza, comprendí que el cariño profundo no cambia con el tiempo. Volví a amar los pasillos de aquel edificio y la tortura de las, pensábamos ingenuamente, dificilísimas clases que teníamos que aprobar. No sabíamos lo que nos esperaba, ¿eh? Ahora se ve claramente: Aquello sí fue felicidad, no pedazos.
Así que… desde la web les deseo un feliz reencuentro. Recuérdeme como una de las poquísimas chicas que nos adelantamos a nuestro tiempo y tuvimos el valor de soñar con ser ingenieras (se escribe con “a”, queridos). Que los quisimos mucho porque fueron excelentísimos y generosos amigos. Un abrazo desde el ciberespacio y hasta... Siempre.



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Felicidades:
Me hiciste recordar a uno de mis mejores amigos, desde la prepa, en la facultad eramos 4: Gamaliel Padilla, Isidro Hernandez,Rafael Gonzalez Ibarra y yo. Juntos durante muchos veranos hasta que el tiempo nos separo, Hoy el que me mantiene al tanto es Horacio Gomez.
Vivo en Los Angeles y desde aca te mando un abrazo y gracias nuevamente.
Carlos Alberto, ¡hola!
Gustísimo de recibir tu comentario. Gracias a ti, por compartir. Te devuelvo el abrazo y hasta siempre.