Compañero
Probablemente lo causaron aquellas tardes de invierno, cuando el sol se dormía tan temprano y de regreso desde la escuela, las sombras invadían mis pasos y las luces dentro de las casas se encendían sin darme tiempo a llegar con luz al calor de hogar. Quizás también porque al salir de aquel antiguo edificio escolar, sus pisos de madera que daban a un sótano habitado por fantasmas, las piernas deseaban correr, alejarse de aquella penumbra sospechosa, y el corazón sólo se calmaba cuando el olor al jardín materno alcanzaba el olfato.

Es probable que también sea porque desde dentro de casa y al asomarme a la calle nocturna, sólo me reflejaba un foco amarillento en el poste y más allá, una oscuridad profunda sólo era consolada por el cielo tachonado.
O fue por mi habitación sola, mi muñeca preferida tan callada, el sueño de los perros justo del otro lado de mi pared que daba al patio, el silencio de mis padres durmiendo… el frío del aire afuera, en suspenso, mientras yo trataba de seducir el sueño, acariciándolo… y no llegaba.
Una soledad marcada por la resignación; un juego en el cual conversaba conmigo misma mientras me observaba –también callado- mi amigo imaginario.
Tal vez fue gestándose desde aquellas tardes de fantasmas y sol que abandonaba mi vida, el miedo a la soledad. Un abandono irremediable y siempre alerta, siempre acechando en la oscuridad para pedirme cuentas.
Qué acto malo cometiste hoy. A quién trataste mal. Cuántos pecados de omisión ante gente que te espera perfecta. Qué criminal pequeñísimo error será tu culpa mañana, cuando nadie –de nuevo- te diga que te quiere.
Quizás fue solamente que tras la oscuridad me esperaba la vida, lo desconocido.
Hoy sigue allí la oscuridad, la vida ha transcurrido, me abandona… tal vez por eso el miedo también sigue allí.


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