Reciclado
Las cabezas y los cascos son intercambiables; a las plataformas de aterrizaje se les pueden insertar lo mismo butacas de una cafetería para calentar los huesos, si la historia transcurre en el Himalaya o simular que, en el hiperespacio, Han Solo desea tomar allí un refresco mientras espera la próxima batalla contra Darth Vader.
Son partículas de plástico de formas inverosímiles, todas pueden acomodarse entre sí y construir con ellas lo que la imaginación desee. Juguetes modernos, rompecabezas que los ciber-niños resuelven en un pestañeo.
El pre-puberto de casa las deja regadas por el suelo con tal persistencia que hay que caminar a brincos por la sala, mientras asegura con gesto grave que ya lleva recorrida, con aquellas naves de combate y los correspondientes soldados, cuatro quintas partes de la historia que comenzó a imaginar anteayer. No se pueden, pues, recoger del suelo sin faltarle al respeto a su creatividad.
Durante el café de mañana (muy de mañana) contemplo las figuras de plástico y deseo otra vez situarme en aquellas viviendas simuladas con sillitas de cartón y camas de caja de fósforos que usaba yo en la niñez, antes que me alcanzara la vida.
Ponía cubrecamas con los retazos sobrantes de las costuras de mamá. Dibujaba los contornos de las habitaciones con hilitos de tierra; el refrigerador era la valiosa –para mí- caja de estaño que la Navidad pasada me había regalado mi padre llena de dulces.
Las naves espaciales no existían más que en la imaginación de Julio Verne y la de los científicos que vivían en las ciudades, a años luz de mi pueblo. Los seres de otros planetas, con ojos oblicuos y cabeza como una gran pera invertida, a esa fecha tenían años de haber estrellado su nave en Roswell, Arizona. Cerca de aquel páramo de mi origen, por cierto; pero el terror que aquel hecho generaba impidió que llegara a mis oídos hasta muchos años después.
Fue así que quizás, aquella nave, pasó como un meteorito por el cielo de mis sueños mientras yo estaba recién nacida, y el mito tardaría mucho tiempo en construirse.
Entonces… mi imaginación sólo recortaba los pedazos de cartón a la medida de “la casita”, para el solitario juego. Mis monos no tenían cabeza intercambiable. Ni casco de astronauta. Ni plataforma interestelar con una cafetería para Han Solo. Sólo una mesita para comer y un refrigerador de estaño.
Eran tan lindos mis muebles de cartón que los guardaba en una caja de zapatos (nada de dejarlos regados por la sala), aunque no había hermanos que me los pudieran maltratar o perder. También iban allí los vestidos de mi mono consentido, uno gordo como un bebé, calvo y con extremidades rígidas.
Ese mono no tenía nombre; de ser así, se hubiera llamado Elisa. Lo amaba. Lo perdí una mañana de sábado, en que me distraje porque fui a desayunar, ante las órdenes de mi padre. No tenía hambre, pero fui. Entonces, cuando volví, “Elisa” estaba despedazada; se la había comido una guacamaya recién traída –para mi maldición- como la gran curiosidad sinaloense. Tantos y tan lindos vestidos que había confeccionado para Elisa, me vi obligada a tirarlos a la basura.
No recuerdo, algún otro momento de mi niñez, haber llorado tanto.
El café se enfría; el crío se ha levantado para ir a la escuela y se niega a recoger las piezas de Lego. Amenazo con esconderlos si no termina de imaginar el último quinto de su historia para las seis de la tarde.


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