Los colores
Entre los muchos privilegios que la vida me ha concedido, está el de reconocer las flores. Nada de que sea experta, sólo que tuve su belleza entre mis dedos de niña, durante años, sin darme cuenta de su valor, lo cual también privilegia el recuerdo.
El jardín de mi madre siempre fue un mar de color. Todavía dice que una de sus mayores alegrías infantiles era que al acudir a la escuela después de vacaciones, florecían los belenes. Son flores pequeñas, color rosa fuerte y poblaban la orilla del camino rural que la conducía a la casa de una sola aula que era su “escuela”.
Hoy es octogenaria y tiene un jardín que deslumbra, con geranios de color rojo violento, unas hortensias dobles de lilas tonalidades, gladiolos blancos, incluso una planta que produce dalias gigantescas (amarillo pálido) más grandes que la palma de mi mano y doblan el tallo con su peso a veces, autodestruyéndose, por tanta hermosura.
En nuestro jardín de la casa pueblerina las flores brotaban a la altura de mis rodillas, mi pecho, incluso mi cabeza y más arriba, como los rosales. Había perritos de textura de terciopelo, petunias, geranios, zinnias, rosas de varios colores, azucenas, claveles, margaritas, espuelitas… Ella las amaba y me enseñó a amarlas. El color bordeaba mi vereda por la cual paseaba en triciclo en aquel gran jardín de mi casa.
Ella nunca ha renunciado a cultivar flores. Yo, nunca he logrado hacer florecer en mí algún talento heredado, para cultivarlas. Cuando consigo que nazca alguna, en macetas protegidas con todas mis fuerzas del sol asesino de esta tierra, me parece un triunfo de la naturaleza, no mío.
Tal vez por eso me gusta tanto que me regalen flores. Ofrecen sobre mi ánimo un dulce encantamiento. La textura de los pétalos siempre es un milagro y los colores me embrujan, como a las abejas.
Seguramente en una de mis vidas anteriores, fui un colibrí.



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