Memoria

Son más las ocasiones que recuerda asistir al desayuno y a la cena, que cuando olvida. Eso sí, un día se empeñaba en comer en el otro extremo de la cocina –no su habitual rincón- y él mismo no tenía claro por qué. Me lo llevé hasta su espacio estimulando su olfato.
Ha tomado la costumbre de correr por toda la casa, en apariencia eufórico, después de comer. Se sorprende al vernos doblar una esquina, como si no supiera quiénes somos. Huye y se esconde. También, mientras corretea sin sentido, maúlla amigablemente.
Días enteros, no duerme, no descansa. Deambula por los pasillos, bajo las camas, entre las patas de las sillas… luego se aposenta ante el cristal de una ventana, a contemplar la calle.
Fijamente, aunque nada ocurra, aunque nadie pase, ni se mueva la hoja de un árbol.
Tuvo sus años buenos, los juveniles. Es el mayor y patriarca de su territorio. Cuando era fuerte, salía a revolcar a los semejantes intrusos, entre gritos y refusilatas, y así quedaba claro que había una raya pintada en la banqueta. Hoy, no creo que recuerde dónde termina la banqueta y comienza la casa. Tiene el pelo ralo, canoso, la mirada un poco apagada.
Eso sí: No se le olvida pedir cariño. Es obsesivo en eso. Se acerca a mañana, tarde, noche, exigiendo atención. Sobaditas de barriga, de cabeza; hay que hablarle para que se calme y se acurruque por allí cerca y se tranquilice. No parece sufrir mucho; sólo cuando se extravía entre las paredes, sin saber claramente qué busca, se le nota un ánimo angustiado.
Su edad biológica es once años; su edad real, comparada con los humanos, debe andar por los setenta y cinco. Por lo demás, se ve sano. Todavía se sube a las bardas (no al techo), salta hacia el jardín frontal por las ventanas -aunque a veces necesita quién le abra la puerta, no siempre tiene ánimo de poner a prueba la fuerza de sus patas.
Hace poco encontraron en sus cerebros, los científicos, la misma substancia que produce el mal de Alzheimer en los humanos. También les da Sida y diabetes…

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