Recordar
El cuerpo es un tejido de impulsos que nos ha acompañado en la vida. Si le ordenas repetir algo aprendido en la infancia, lo hace. Si le pides que responda a un giro, un reflejo, un movimiento giratorio familiar, te responde. Aquí estoy, te dice. Existo y te quiero igual que siempre.
He estado viviendo dos horas por semana en un salón lleno de espejos y música estridente. Muy, muy alegre. Y mi cabeza se aturde por el goce y la sangre circula con violencia, pero las piernas se mueven, casi como antes.
Casi.
Lo que le falta al “casi” no importa mucho. Porque la alegría es igual.
Las muchachas junto a mí no tienen alegría. No tanta como la que a mí me despierta la música, al menos. Esa música… sensual, de caderas en círculo, de brazos en giros de rumba flamenca. Qué barbaridad...
Por minutos, el cuerpo vive. El encuentro de sangre, alegría momentánea, giro con gracia y voluntad de vivir, se logra.
Salgo del salón con pies cansados y alma regresando al mundo. Se sacude el corazón y por minutos, se despierta. El alma lo regaña, por esa pereza que le agobia desde hace ya semanas.
Volveré al salón y bailaré la zumba –le digo-, o flamenco, lo que quieras. Pero ahora quiero descansar y sentir el palpitar de mis sienes, saciar la sed con agua deliciosa, con el rostro enardecido, con un gesto vivo como si de verdad el tiempo no existiera.
Volveré al salón –digo-, no tengas duda. Y bailaré de nuevo.

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