Soñar las estrellas
En nuestra era del insomnio, vi la película de alienígenas hasta muy tarde y sin problemas, ¿quién quiere dormir, después de todo? Logré verla completa, lo cual es una suerte, pues ya nada causa asombro. Los seres importados del espacio eran virus… inteligentes. Buena idea.
Fueron absorbidos en el viaje de regreso al planeta por una nave, la cual hicieron estallar para diseminarse mejor en una gran superficie de la Tierra.
La contaminación fue inmediata. Un humano infectado se transformaba durante el sueño; por fuera permanecía el mismo, por dentro se trocaba en un ser emocionalmente invulnerable, aunque enemigo de la violencia, pacificador… y destructor de todo lo que estorbaba a sus fines.
Cuando millones estuvieron transformados en sí mismos, pero con un alma distinta, empezaron a desaparecer las guerras y todo conflicto político; la riqueza se empezó a distribuir en forma igualitaria, la contaminación a remediarse, el calentamiento global a revertirse… nuestro mundo se habitó por humanos muy eficientes y monótonos.
Como todo trabajo artístico, contenía un sueño. Qué más podía esperarse.
Los seres humanos han mirado siempre al cielo en busca de esperanza o de más conocimiento. Primero al Sol y la Luna, a las estrellas y constelaciones.
Todos fueron dioses. Los convirtieron en seres antropomorfos en su imaginación, desde siempre. Los hicieron luchar entre sí para perpetuar la vida; les pusieron carros de fuego que surcaban los cielos. Los unieron por amor y les adjudicaron hijos. Cuando vieron que los cuerpos celestes eran sólo esferas de materia y energía, incubaron un gran sentimiento de soledad. Hoy esperan seres desde el espacio para saciar una extraña curiosidad morbosa y también para cumplir el deseo de no estar “solos en el universo” (suspiro).
¿Solos? Entre los humanos, encontrarse espiritualmente con los semejantes, ¿no alivia la soledad? Qué amarse unos a otros... ¿no sirve?
Por lo visto, eso no convence pues tenemos la autoestima reducida al nivel de los insectos.
Los hombres pensaron durante todo el siglo XX que los seres de otros planetas serían necesariamente más inteligentes que los humanos. Hoy se les ha hecho claro que ser “más inteligentes” no lleva implícito ser amigable y respetuoso; más bien todo lo contrario: El más vivo, se queda con todo. Así sean organismos unicelulares, virus no vivos ni muertos, no vegetales ni animales; monstruos con el ego a salvo o lo que sea.
Tal vez no sea tan complicado. Quizás ni siquiera vale la pena tener miedo de los alienígenas. Es bien simple: Si existen, nos conocen y no nos han destruido es porque no quieren; por lo tanto, son más sabios y son buenos.
Pero no vale la pena enredarse; no era más que una película. Eso sí… no pude conciliar el sueño hasta el borde del amanecer.

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