Amnesia
En algún momento de mi niñez aprendí a conducir una bicicleta. Fíjate bien que no dije “triciclo”, porque ése ya sabía manejarlo desde antes de nacer. Me fue natural. Cuando dominé la bicicleta tendría unos nueve años. Una grandota, de adulto; además no era mía. Mi mejor amiguita y cómplice, la única que tuve, la tomaba prestada –sin permiso- de sus hermanos mayores y la llevaba a mi casa para escaparnos juntas.
Como era masculina, tenía una barra horizontal y terrible que iba del asiento al centro de los cuernos, lo cual hacía imposible montarla, para nuestra corta estatura.
Entonces ella metía la pierna derecha en el triángulo inferior, entre la barra y los pedales; con los pies los aplastaba en vaivén mientras mantenía el aparato inclinado, casi contra la ley de gravedad.
No sé si me entiendas, pero era un verdadero acto de circo. Nunca me expliqué cómo podía cargar aquel monstruo con sus bracitos, aferrada a los cuernos mientras lo manejaba de lado, en un ángulo de unos 15 grados con la vertical y sin dar vuelta completa a los pedales. Era muy osada; nada le daba miedo.
Esa es la parte visible de la historia. La otra, la terrorífica e incomprensible, es que yo aprendí a manejar esa bicicletota, con nueve años y sólo un poco más de estatura que mi amiga… y NO recuerdo cómo fue. Lo olvidé por completo; incluso olvidé que sabía conducir bicicleta. Sé en qué condiciones fue: A escondidas de mi padre, en las calles polvosas del pueblo, bajo el rayo del sol de vacaciones escolares y en un aparato de acero y que pesaba muchos kilos.
Con ese lapsus extraño, cuando mi vida adulta estaba en pleno, casi empezando a madurar, compré una bicicleta de montaña, para “aprender” y pasearme. La estrené un 25 de diciembre. “En nombre sea de Dios –me dije esa mañana- a ver con cuántos moretones vuelvo”. La arrimé a la banqueta, me subí con cierto temor y me dejé ir… Ocurrió el milagro: Comencé a avanzar, pedalear, sonreí con asombro… porque ¡mi cuerpo recordó todo! El paseo fue largo, no me caí una sola vez y volví a casa con un nudo en la garganta por la alegría.
¿Cómo es que ya sabía? ¿Por qué lo olvidé? Hoy no salgo aún del asombro; esto lo cuento a quien se deje y me miran como desquiciada, como si mintiera; porque no saben lo traumática que puede ser la amnesia.
Hoy, en una bicicleta de materiales más livianos, salgo también a sentir el aire en la cara y soñar que soy libre, mientras pedaleo con seguridad, mientras escucho música, mientras olvido que el mundo es mundo. En días nublados y fríos, como fue hoy, paseo sorteando los automóviles, entregada a una habilidad de casi toda mi vida. El aire me acaricia, las manos enguantadas se aferran a los cuernos y las palancas del freno para controlar las vueltas y suavizar el paso por los baches. Los autos rugen a mi lado; los perros me ladran furiosos, las mujeres que barren sus banquetas no quieren verme ni saludarme… ¿por qué será?
Debe ser porque a los desquiciados nadie los quiere –al menos de primera intención- como amigos.
El cuadro es un acrílico de un joven pintor llamado Bygocha d'Amalia


Meneame
del.icio.us

Mmmmmmm, sí, lo recuerdo bien aunque yo nunca sufrí esa amnesia. Es una sensación indescriptiblemente liberadora. He tenido dos bicicletas en mi vida, las que yo misma me he comprado, y las dos me las han robado. Pero no por eso voy a claudicar... haber cuándo nos vamos a "pedalear" juntas.
Sí, Nosferatu... Estaría suave, y sí... es como si fueras libre.¡Mira! a mí también me han robado dos.