Carpe diem
La tristeza rumiaba la evocación de una mirada. Lejana… ausente en el espacio, no en la vida. También el rostro de un niño perdido, cuya voz me llama desde otra dimensión.
Había en la tristeza páginas en blanco, esperando ser escritas. Olor a un pintor viejo y sabio, cuya corpulencia era un escudo contra todos los males de la Tierra.
El denso sentimiento era frío, volvía las manos como agujas gélidas, esperando la tibieza de otras que, al abrazarlas, les dieran vida.
Era el sonido de un felino hambriento, era un nublado en días sin clases, con las mejillas húmedas de lágrimas por miedo.
Ocurrió entonces que la voluntad tocó mi frente. Abrí los ojos, miré el presente. Polvo en todas partes, la escoba descansaba en el ocio. Sol tibio afuera, un buen pedazo de pan sabor a cielo y el sonido de la música.
Dije: El milagro es hoy.
Barrí los pasillos, y en el patio las hojas del otoño. Lavé mis manos con agua tibia y las cubrí de crema perfumada. Dibujé con un lápiz el contorno de mis ojos al espejo y ricé mis pestañas. Cepillé mi cabello y el placer del masaje despertó una sensualidad extraña. Calcé zapatos bonitos, puse a mi cuello una bufanda roja.
Encendí el motor de mi auto, decidida a explorar la ciudad hasta encontrar un prendedor de fantasía, con cristales color zafiro.
Maldije a la tristeza antes de salir y huyó despavorida; cerré con llave mi casa, para evitar que volviera.

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