Un hogar
Llegó en silencio y como a su destino final. No preguntó si era bienvenido; lo dio por hecho. Así son los de su especie… se saben dignos de elogio por su belleza; conocen el alcance de su poder de seducción.
De todas formas, muy desenvuelto no era. Se apartaba, muy desconfiado, ante cualquier intento de caricia. Luego, después de la huída y apostado en un lejano rincón, miraba a su persecutor intensamente, como inquiriendo el sentido de la vida.
No me inquietaba. Se veía entero, sin debilidades, seguro de su soledad y sin temor al desamparo. Lo dejé ser, pasear cerca, mirarme sin recato, sentirse mi dueño. El era en su silencio y yo en el mío.
Una noche de tantas, la temperatura empezó a bajar… y después de otra, a bajar más. Lo veía durante el día en una posición enjuta, aterida, tembleque. Varios días después, la desesperación le hacía buscar un hueco para entrar, para escudriñar el origen de los aromas apetecibles que salían de mi refugio. Fue rechazado violentamente. No por mí, sino por otros, ésos que se entrometen en la vida ajena y no la respetan.
Las mañanas posteriores casi con escarcha y él buscando el sol recién nacido, casi flaco, herido de la cara –una tajada enorme, de oreja a mandíbula y sangrando- le transformaron para los días navideños, cobrando un aspecto patético. Solitario, sin quejarse, mirando de lejos siempre y con los ojos muy abiertos, consiguió calladamente y poco a poco, horadarme el corazón.
Hizo en él un hueco pequeño y oscuro que se llenó de una compasión insoportable. Empecinado en permanecer allí, mirando por las ventanas, en la orilla del techo, en los alrededores del patio… empecinado en mirarme fijamente, en subrayarme su hambre y su dolor, logró sembrarme la culpa.
Un día encontré un trapo de algodón que podría darle calor por las noches. Otro, di con un cuenco mediano, donde servirle las sobras de los otros huéspedes de la casa. Como la dignidad ya le había abandonado, las devoró sin recato. Un trasto de cristal con agua; una casita de cartón del tamaño de su desdicha, completaron la mansión.
Allí vive, en el jardín de enfrente. La herida ha cicatrizado, le ha dejado el aspecto de un maleante callejero. Sus ojos han perdido brillo, su corazón olvidó la libertad. Vive en la superficie de un metro cuadrado; no se aleja de su casa de cartón, ni de su cuenco de alimentos –surtido dos veces al día por mis manos- o su pomo de agua. Tendrá miedo, quizás, de perderlo todo si se aleja.
Eso sí… ya no vive en silencio. Empezó a hablar conmigo hace unos días, me cuenta tristezas, me pide amor y no tengo más remedio que dárselo, porque negar el amor es, quizás, el único pecado que Dios no perdona.

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Qué bonito! Nunca había escuchado de este pecado... voy a ser más cristiana de ahora en adelante!!!!
Saludos, Margarita.
Nosferatu | 11-01-2008 - 00:55:39 GMT 7 #