Yo creía
Por muy cierto que fuera el diciembre veinticuatro, el pueblo igual se veía solo y estaba en silencio. El frío era denso y doloroso, por la cercanía del río, a veces crecido en los meses de verano, pero la sequedad de invierno helaba la arena en su lecho. El huerto de casa amanecía con escarcha en las hojas de vid, de los eucaliptos, duraznos, naranjos… y también en los pétalos de las rosas, zinnias, obeliscos y geranios. El frío era también soledad en las calles, con todos encerrados en casa junto a la estufa o calentón de leña.
Las luces de los postes eran amarillas, tristes, doblegadas ante la mediocridad de fuerza que tenía la planta generadora; daba energía a todo el pueblo y apenas alcanzaba para distinguirse los rostros de quienes anduvieran de noche por la calle.
Pero en aquel silencio y la escarcha en las flores; entre la oscuridad profunda de la noche, surgían los visitantes y llegaban a casa, a llenarla de voces. Entonces, la Nochebuena cobraba vida, se iluminaba. Se sentaban a la mesa junto a él, mi padre; amiguero siempre… (medio mundo saludaba a Don José en la calle, aunque pocos eran los privilegiados que invitaba a su casa)
Mi madre vivía en la cocina. Elaboraba delicias para todos. Los vasos de vino circulaban a diestra y siniestra, los niños mirábamos de pie y de frente a los adultos sentados, siempre con la prohibición de sentarnos a la mesa, tal vez por los vasos de licor tan abundantes, que nada debían tener en común con nosotros.
A cierta hora, después de pulular sin rumbo entre la algarabía de los adultos, recibía la deliciosa cena de manos de mamá en mi pequeña mesa de madera, que era mía y para mis amiguitas invitadas. Después había que retirarse a dormir, porque si no, Santa Claus no llegaría. No era una amenaza abierta, era implícita. La mirada de él lo decía todo: “Es hora de dormir”.
El arbolito prendido, el calentón de leña, el olor a hogar, la dulzura de la almohada esperando mi cansancio no me impidieron aquella noche especial, cuando dudé por primera vez, sentarme ante la ventana de mi recámara con el propósito firme de permanecer despierta todo el tiempo posible, mirando al cielo.
“Debe ser hermosísimo el trineo; los renos, el traje, los cascabeles. ¿Será que vuelan porque Dios les dio permiso? ¿Dónde está, por qué no llega?”
Tarde, muy tarde, el sueño me venció. Las voces de los ebrios, cada vez con más volumen y alegría, arrullaron mi cansancio.
“En cualquier momento pasa, tengo que aguantar… Tal vez la luz que sale de su cuerpo me despertará, cuando se pare junto al arbolito si me acuesto un ratito, sin dejar de esperar…”
Cuántas preguntas sin respuesta surgieron al día siguiente, cuando en el arbolito amanecían los juguetes. Por, cierto juguetes que no pedía; yo nunca sabía qué pedir. Pero no importó tanto la alegría por ellos, aquella mañana de 25; la decepción no me dejó disfrutarlos. “No lo vi; en algún momento llegó y no pude verlo, me dormí, soy una tonta…”
Nunca más volví a intentarlo; supe que era inútil.
Muchos años después sí logré verlo; el trineo, los renos, la luz que emanaba de su cuerpo… escuché su voz y su risa que tanto me ilusionó de niña. Volaba, surcaba el cielo y cicateaba los renos mágicos con un benigno látigo de luz. Era adulta, pero solté el llanto con todo mi cursi y agringado amor por su figura.
Al fin que nadie se dio cuenta. Estaba en el cine y en lo oscuro nadie hace caso de lo que hacen los demás.


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