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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

11/12/2007 GMT 7

El mejor arbolito del mundo

parsyfal @ 12:13

arbolnavidad1.JPGDiciembre había llegado días atrás. Mi papá estaba de viaje y nunca se había tardado tanto. Hablaba por nuestro enorme y pesado teléfono, colgado de la pared. Decía: “Estoy muy ocupado; los negocios no quedan… unos días más y regreso."

    En esos años se acostumbraba poner el arbolito navideño después del día quince; los villancicos en la radio empezaban a mediados del mes. “Colgate-Palmolive, fabricantes de FAB, le desean coooodialmente una feliz Navidad”.

    Sí, eran los tiempos de Maricastaña.

     Los arbolitos artificiales no existían. Tenían que ser naturales, con aroma a pino de montaña. Mi papá siempre conseguía uno, lo mandaba llevar desde la capital, para su niña. Bueno, era la única. No había hermanos por parte alguna. Así que me llevaba los halagos, las órdenes, los mimos, los cuidados y el arbolito para mí sola.

    Pero ese diciembre se llegó el 19, el 20, el 21… y arbolito no había. Mi madre estaba muy angustiada, me miraba con tristeza. Yo, la verdad, me sentía muy mal. En casa siempre se ponía el arbolito puntualmente. Sentía que el mundo estaba vacío de sentido, los jingles de la Colgate-Palmolive sonaban todo el día y en casa, ni siquiera había dos o tres foquitos de colores.

    El día 22 mi madre tuvo un rato de inspiración. Me confesó su plan: “Vamos a pedirle permiso a La Timo –dijo-, para cortarle una rama a su pino, y lo adornamos”. Timotea, nuestra vecina, tenía junto a la puerta de su casa un pino de hojas de aguja que cantaban bien bonito con el viento. Me gustaba subirme en él y poner mis oídos de tal manera que escuchaba el zumbido celestial de sus hojas en sonido que, después supe, era “estereofónico”. Mi gesto se alegró; en los ojos de mi madre asomó un brillo de complicidad.

    Tomó un serrucho enorme del cuarto de herramientas de él y nos lanzamos a casa de La Timo. Se encaramó al árbol con una soltura que yo le desconocía; con todo valor y sus fuertes manos, serruchó una gran rama hasta que cayó al suelo.

    Nos fuimos a casa arrastrando nuestra hazaña; la pusimos en un balde con tierra y agua, para que no se secara pronto. Lo adornamos con las esferas, los foquitos de colores, las velitas de agua, los chorizos de papel brilloso y el ángel luminoso de la punta, cuyas plumas de las alas cortaban los dedos al tocarlas, pues eran de fibra de vidrio. Quedó muy hermoso; la paz volvió a mi corazón.

    Cuando llegó mi padre, el 23 por la tarde y sin arbolito –no pudo encontrar uno, ya era demasiado tarde- quedó pasmado por la sorpresa cuando se lo enseñé; luego sonrió y me acarició el cabello.

Comentarios

Comentarios(3) »

  1. No tuve oportunidad de escribirte que yo también fui alumna de Martha Bracho. Y aún recuerdo su postura, su voz, su manera de corregirte y elogiarte el arco, sus uñas eterna y excelentemente bien arregladas. La conocí cuando ya sus años no le permitían vestir un leotardo sin ponerse algo encima. No tuve oportunidad de quedarme más tiempo. Fue una lástima.

    Czarina | 13-12-2007 - 02:06:48 GMT 7 #

  2. ...nunca había pensado que las plumas de las alas pudieran cortar...

    felinita | 20-12-2007 - 04:26:06 GMT 7 #

  3. Me gustó tu relato navideño... ahora me estoy tomando un chocolate caliente y me llevas a recordar pasajes lejanos de mis navidades tronando cohetes y comiendo tamales... Que la pases calientita con tu familia y que nos pinte bien a odos el 2008. Besos y abrazos.

    nacho mondaca | 30-12-2007 - 12:10:39 GMT 7 #

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