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Vigilia

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La ausencia de sueño era para mirar las estrellas, en las noches de verano. Su luz espantaba los demonios, acercaba a Dios –aunque a esa edad no lo sabía- y hacía soñar en viajes largos, hacia la luminosidad asombrosa del sumo bien. En las noches de invierno era para cubrirse hasta la frente con la sábana y soportar el miedo: La habitación oscura, el silencio en la calle neblinosa y húmeda, de la cual separaba sólo una endeble ventana de madera… En verano dormía junto a mis padres, en el patio, y el miedo se iba lejos, huía con rapidez a buscar otras víctimas entre los niños del barrio.

 

    Ausencia de sueño es de siempre. De la vida entera. Es estar siempre alerta, aún cuando se logra, digamos, “dormir”: De alguna forma está el oído atento, el reflejo dispuesto a conectar la atención al menor ruido.

    Nunca el sueño ha sido amigo. Siempre un cómplice endeble, irresoluto y envidioso que nunca sé si la siguiente vez ayudará a olvidar la realidad tangible y convertirse en la imaginaria, la que acomoda los anhelos imposibles, las frustraciones o la tristeza en gavetas adecuadas para que no estorben en la vigilia. Los casilleros del inconsciente siempre están a medio llenar; incompletos, desaliñados, con hilachos hacia fuera. Los perfumes están al fondo, escondidos, guardando amores fallidos, imágenes amadas, recuerdos hermosos convertidos en mitos borrosos, de tan envejecidos.

    La ausencia de sueño está hoy, a diario, esperando bajo las sábanas, en la almohada cansada de soportar un cabello en desorden, unos ojos cerrados a la fuerza, un pensamiento inquieto, desbocado, que nunca, jamás descansa.


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