Hacia la luz

Escuché a un médico hablar de la muerte. Era un tanatólogo, un científico que decidió como profesión estudiar la fase terminal de la vida. Fue invitado a dar una conferencia sobre el tema, a propósito del día de Los Fieles Difuntos. Tras él, un altar alusivo, con flores de zempasúchitl y velas, decoraba el momento. Contó la historia de una paciente suya, llamada Julia:
Tenía cáncer de seno, y en su proceso de deterioro sufrió un derrame cerebral que la tuvo un mes y medio en el hospital, en estado de coma. Al salir de la inconsciencia, contó a ese médico sobre el estado luminoso y de plenitud en que “vivió” todo ese tiempo. “Cambio el estar con mis hijos, con mis nietos… cambio todo lo de esta vida, por volver a aquella felicidad”, le dijo.
Julia aseguró al doctor, además, que mientras se encontraba en ese estado de gracia, podía ver a todos quienes la visitaban, aparte de comunicarse, digamos en el “otro lado”, con sus seres queridos ya muertos.
Después de un tiempo cayó la paciente en la fase terminal de su cáncer. Platicaba al médico que veía a sus seres queridos, ya muertos, fuera de su habitación, en su casa, donde había sido llevada a bien morir. “Están allá, no entran… yo creo que todavía no puedo irme”, decía.
Un sábado, a la una de la tarde, el médico fue a visitarla y la encontró muy mal. Julia alcanzó a decirle: “Ya me voy, doctor… ya están aquí, ya entraron al cuarto y me voy con ellos”. El médico le dio palabras de apoyo y se fue… a los veinte minutos, cuando aún iba camino a su casa, recibió una llamada en su celular: “Doctor –dijo la hija de Julia- mi madre acaba de morir”.
Reflexionemos, dijo el galeno al final… sobre si vale la pena preocuparnos tanto y temer de esa manera a un trance al que tarde o temprano nos vamos a enfrentar. ¿Será cierto que sólo hay esta vida, que una vez llegada a su fin, nada hay más allá? El auditorio de esa conferencia estaba constituido por enfermeras y médicos, empleados y amigos cercanos de un hospital público. Muchos hablaban, otros reían entre sí. Afuera, comían pan de muerto y bebían chocolate. Miraban con deseo una gran olla de pollo en mole que sería atacada por la multitud, una vez terminara el evento. Aplaudieron con descuido… pocos escucharon realmente lo que el médico dijo. Y ésos, si lo entendieron, nada manifestaron, nada comentaron.

Meneame
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Solo espero un buen morir. Las cosas en esos momentos se complican tanto y solo porque al ver la muerte la empujamos lejos, con el fin único de aferrarnos a cualquier clase de Vida? No queremos escuchar, eso es más facil. No debieron haber llevado el mole, ya sabes, el muerto al hoyo y el vivo al pollo!!
Rebeca | 04-11-2007 - 13:23:23 GMT 7 #