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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

22/10/2007 GMT 7

Imágenes

parsyfal @ 09:48

 

Entre los muñecos de los dibujos animados surgen, tras un conjuro, dragones que antes eran niñas con poderes mágicos. Un héroe púber con cabello en púas y sabiduría oriental acumulada por cinco milenios, mira fijamente a un enemigo de otra dimensión, lanza un rayo de pureza y mediante la fuerza del bien lo regresa a sus tinieblas. 

        Junto a mí, frente al televisor, un niño de diez años mira impertérrito semejante delirio y lo asume como algo cotidiano.

          No me cuesta esfuerzo entregarme a la fantasía de esos dibujos que, finalmente, salen de la mente afiebrada de algún japonés sometido a claustrofobia en su poderosa isla asiática. Tienen algún sentido porque conservan un paradigma que no ha variado desde los tiempos bíblicos: Se enfrentan el día y la noche, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, el ying y el yang.


          Lo que no revela mucha lógca es que mi propio cerebro, harto de andar, se divierta con tal contorsionismo cerebral. Yo recuerdo a mi viejo padre, varias eras hace, quien era fanático de las nuevas tecnologías, entusiasmado colocando una película muda, de 8 milímetros, en un proyector que roncaba suavemente durante toda la función que propiciaba, y duraba más o menos cinco minutos. La película era de “monitos”, la historia era “El gato con botas” y la exposición se llevaba a cabo en las tardes de otoño, en el comedor de mi casa. Durante las horas tempranas, los niños del barrio, en su mayoría hombres, pasaban la voz con entusiasmo: ¡Vamos¡, ¡en la casa de don José va a haber cinito!

         Antes de la función, durante el proceso de sedimentación del polvo de las calles de tierra blanca del pueblo (que por cierto no llegaba al suelo, sino formaba una nube fantasmal a la altura de la coronilla), no podía evitar sentirme orgullosa de que en mi hogar hubiera “cinito”, que mi padre bajara del Olimpo y se compadeciera del muchachero, ávido de una diversión extraordinaria, algo más excitante que rodar llantas, jugar canicas o bailar trompos. Se armaba una conmoción de alegría; veíamos unos muñecos que se movían de manera totalmente antinatural, en blanco y negro; adivinábamos lo que se decían mientras movían las bocas y aplaudíamos al final. Siempre era la misma película… la habíamos visto docenas de veces.

         Hay algo triste en el recuerdo: Aunque aquellos niños repetíamos la misma historia en el “cinito” y ningún muñeco japonés con milenios de sabiduría soltaba el rayo de Zeus en la atmósfera para conjurar el mal, nuestra capacidad de asombro jamás se agotaba.

          El niño que se sienta junto a mí a ver las maravillas cibernéticas del tercer milenio, aunque se entretiene, revela algún escepticismo en su gesto… tiene una avidez interminable. Su actitud representa la de una novísima generación. Siempre quiere más; algún demonio desconocido e insaciable se ha despertado en el cerebro humano y él ya tiene implantada la semilla. ¿A dónde llegará la humanidad con ese impulso?

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