Otra de terror
Nací marcada, seguramente desde vidas anteriores: Detesto que me den órdenes. De ser hombre, sería general de división para no aguantar autoridad alguna antes que la mía; sería gerente o director general de empresa, director de orquesta, jefe de hospital, director de periódico…
Pero he aquí que soy mujer.
Valiente lío.
Cuando era niña –y dale-, desobedecía a mi madre cu ando no me daba una explicación racional para sus órdenes y no sólo eso, sino que me servía de tapadera, la pobre, cuando mandaba al diablo las órdenes de mi padre quien, él sí, había sido militar y de los mandones.
Entonces, ante mi conducta, ella se enfurecía y me correteaba por todo el huerto de mi casa -que era bastante grande desde mi punto de enfoque- para jalarme las greñas o darme un manotazo. Yo lograba, generalmente, alcanzar la calle y desde la otra esquina volteaba a verla, parada junto al cerco, impotente y gritando: “Al cabo vas a volver… y entonces verás”.
No era que, sin más argumento, detestara las órdenes; no soy tan necia. Aún me enfurece un “pásame la sal” sin el “por favor”. El asunto es la actitud. Explícame, señor, señora, por qué carambas tengo que pasarte la sal sin rechistar. Hazme el favor de decirme qué te debo para llamar al licenciado fulano, tu amigote, nomás porque me pagas un miserable sueldo de secretaria. A nadie se le caen los pantalones si demuestra cortesía.
¿No es cierto que todos los seres humanos somos iguales? ¿Acaso alguien duda que la esclavitud ha sido una de las aberraciones y pecados mayores del Ser Humano? La servidumbre, tanto en quien la exige como en quien la ejerce, es una vileza. La dignidad no niega la capacidad de hacer un servicio a quien lo pida o lo merezca, siempre y cuando éste sea valorado por quien lo recibe.
Quién inoculó en mi cerebro la convicción de que ante nadie bajara la frente –salvo Dios-, no sé. Mi madre me ordenaba las cosas porque sí; y supongo que es lo que ella aprendió en su casa. Y yo me portaba como una enana monstruosa; no me daba la gana aceptar sus órdenes.
Corría y corría lejos de ella, de su rabia… Me paseaba hasta la plaza del pueblo, me sentaba en las bancas, visitaba hasta tarde a mis amigas, daba vueltas alrededor de la manzana, hasta que el hambre me vencía, la culpa se borraba, el miedo se desvanecía y regresaba a casa. Entraba en silencio, casi sin respirar, resignada a mi manotazo, con tal de comer una tortilla de harina.
Y entonces, nada pasaba. Ella, mi madre bonita y blanca, me había perdonado el golpe. No me hablaba, eso sí; no me dirigía la palabra un buen rato hasta que, en un momento oportuno, empezaba la perorata y el regaño. Luego, me iba a dormir con el alma cargada de tristeza.
Dime por qué, mamá. Dime por qué, mundo, tengo que obedecer lo que me mandes sin pedírmelo cortésmente, sin explicarme la causa.
Me niego a obedecer, a menos que alguien me explique por qué... y me convenza.

Meneame
del.icio.us
Presiento que, aún si te dieran las exlicaciones y las razones por las cuales tienes que obedecer las replicarías. Somos como somos. Hay quienes nacieron para obedecer, las hay también quienes nacieron para mandar. Pero habemos las otras. Las tibias, dirían los demás. Habemos a quienes nos gusta que las personas sean tan autosuficientes que, al menos que su vida penda de ello, precindan de los demás. Que aprendan a pedir las cosas. Un tono, una mirada, un por favor, un gracias.
Somos como somos y difícilmente cambia nuestra esencia.
Czarina | 05-10-2007 - 22:55:41 GMT 7 #
Esta muy padre tu cuento... si eres tu de niña, entonces te pareces mucho a mi... ala mejor demasiado jaja.
Un abrazo
alejandra | 10-10-2007 - 08:33:24 GMT 7 #
De nuevo te escribo lo que no pude hacerte llegar antes. Tu bosquejo de niña me recordó "Las travesuras de la Niña mala", sólo que a V. Llosa se le ocurrió antes el título, ni modo. La niña mala se traía loco con tanta mentira al personaje de su historia. Se perdía y aparecía años después, cuando menos la esperaba y ¿creerás?, se la volvía a hacer. Lo noble del personaje masculino era el revés del p. femenino. Hasta, la muy dichosa, le decía a él, "niño bueno" y lo suave de la novela es que una parte de la ella tiene lugar en Europa. A mí se me antoja hacer una historia en donde alguien se va a Europa y otro se queda por acá ¿comiendo tierra? Quién sabe, pero uno y otro personajes contarán sus aventuras que de seguro contrastarán y no tendrán nada en común. Bueno, se me olvidaba que era tu Blog y decía que me gustaría que tú hicieras una historia de "La niña que eras" ¿suave, no?
Gladys+Gutiérrez+Cohen | 15-10-2007 - 06:54:47 GMT 7 #