Con un tridente
Cuando, de niña, vociferaba con esa rabia independientista que me cinceló el destino, mi madre me amenazaba con que el Diablo vendría volando por los cielos y me llevaría con su tridente ensartado en mi lengua. Tal horror lo creí por años; de hecho, todavía no estoy totalmente convencida que sea mentira. Claro que hoy mi educada razón se ríe de semejante patraña; pero en mis sueños, a veces el Diablo se perfila en el fondo de algún escenario oscuro donde vivo desesperaciones inconscientes.
El patio, en la casa de mi niñez, era enorme, poblado de plantas y árboles. Por las noches de verano dormíamos en catres de madera y lona, que hacía un ruido agudo al rozarla con el cuerpo; y la madera tronaba cuando girábamos dormidos. Eran los ruidos del sueño, junto con el canto de grillos y -en las noches después de lluvia- el croar de los sapos.
Sí recuerdo claramente que nunca (nunca) imaginé que el Diablo podría bajar a buscarme durante una noche estrellada. Siempre sería durante una tormenta, o bajaría de entre las nubes, en noches oscuras. Además, ¿cómo vendría volando? Sólo los ángeles bajan del cielo, sólo ellos habitan las alturas, pensaba…
Porque las noches estrelladas, desde un catre de madera y lona en el patio de mi casa de la niñez, era una maravilla imposible de describir. “Tachonada de estrellas” es una frase demasiado vulgar y común para expresar aquella escena.
Eran miles y miles de ojos de las hadas que vigilaban mi sueño. O también infinito número de luciérnagas domesticadas por los ángeles. Tal vez eran simplemente diamantes que la mano de Dios había regado a capricho por el universo, y brillaban reflejando su luz. Millones de ellos, que titilaban y por lo tanto, estaban vivos.
¿Cómo podría el Diablo siquiera imaginarse sumergido en semejante maravilla? ¡Qué ocurrencias, las de mi madre! Yo creí en el Diablo porque ella me juró que existía y las madres no mienten a sus hijos; ellas saben todo, ¿no?
El Diablo existe. Pero no tiene alas, ni siquiera de murciélago. Ni patas de chivo o de gallo. Tampoco ojos rojos, centelleantes y que lancen fuego. Para nada. El Diablo nos toca a cada paso, por la calle, en el suspiro de un maleante por la riqueza ajena; o lo vemos manejando una pick-up de medio millón de pesos, comprada con las ganancias de vender cocaína a los niños.
El Diablo lleva armas a la espalda y recorre el árido campo de Irak buscando víctimas; es una bestia de hambre que acosa a los niños de Africa; o se anida en el virus del Sida.
El Diablo no pierde tiempo llevándose a niñas groseras colgadas de la lengua. Tal vez en los tiempos infantiles de mi madre, el mundo no estaba –como hoy- lleno de golosinas para él, y se aburría secuestrando infantas boconas y rebeldes. Hoy no, qué va… antes había ocio; hasta el Diablo ha perdido la calma, en el tercer milenio.


Meneame
del.icio.us

¿Has tenido que contestarle a una hija o hijo tuyo si existe el diablo? No acostumbro a amenazar tal vez porque no lo hicieron conmigo. El tema del diablo se me hacía demasiado profundo para tratarlo con una niña de 6 años. Pero creo que no me equivoqué... sólo el tiempo lo dirá.
Saludos Margarita, y bienvenida de vuelta!!!