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Guerra, ángeles y demonios

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He visto películas de guerra mi vida entera. Tantas… y después de mirarlas con azoro, luego indiferencia y finalmente coraje, hoy aprendo de ellas. Visualizo una estrategia de batalla, por ejemplo, en aquellas que retratan la maestría de los antiguos romanos para dominar a sus conquistados. Las que ahora reproducen los chinos y japoneses, bañando las escenas de maravillas de color y placer estético.

    Tantas historias sobre la guerra, tema obsesivo de los hombres, ayudan a mi corazón femenino para ver la forma en que les ha atormentado ese impulso de destruir a sus semejantes, desde clavarles una espada en el pecho cuerpo a cuerpo, hasta enviarles una bomba nuclear que destruye ciudades enteras.

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¿Por qué no?

Jodie finalmente actrizUna transformación interior; un zarpazo de Luzbel en el corazón y el entendimiento. Un dolor tan violento que hace perder el sentido del bien y del mal. Cómo se vive esa metamorfosis que produce sufrir, con violencia, la pérdida de un ser tan amado como el propio ser.

    Así está trazado el hilo conductor de la película “The brave one”, protagonizada por Jodie Foster. Ella ganó un Oscar por “El silencio de los inocentes”, pero nunca la había visto actuar a profundidad, con tal perfección como en esta cinta donde va desvastando, desde dentro, la rabia que la lleva a asesinar a sangre fría.

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Otoño

Languidez y somnolencia en OtoñoLa vida tiene una nata encima, hecha de buenos modales, de sonrisas superficiales, de acomodos cotidianos que dejan fluir, en corriente subterránea, los ríos de decepción por la espera de una revelación extraordinaria, que nunca llega.

    La vida puede hacerse, entera, de costumbres, de pequeños detalles que llenan el día.

     Alimentar un gato, terminar la sopa y apagar la flama, repasar la escena favorita de una película antigua, conmoverse con las noticias trágicas que vienen de lejos… o de cerca. Un accidente en la carretera, un choque en la esquina, la leche que hace falta, el cheque que saldrá mañana, el cartero que sólo trae estados de cuenta y el recibo del teléfono.

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Hacia la luz

Hada

Escuché a un médico hablar de la muerte. Era un tanatólogo, un científico que decidió como profesión estudiar la fase terminal de la vida. Fue invitado a dar una conferencia sobre el tema, a propósito del día de Los Fieles Difuntos. Tras él, un altar alusivo, con flores de zempasúchitl y velas, decoraba el momento. Contó la historia de una paciente suya, llamada Julia:

     Tenía cáncer de seno, y en su proceso de deterioro sufrió un derrame cerebral que la tuvo un mes y medio en el hospital, en estado de coma. Al salir de la inconsciencia, contó a ese médico sobre el estado luminoso y de plenitud en que “vivió” todo ese tiempo. “Cambio el estar con mis hijos, con mis nietos… cambio todo lo de esta vida, por volver a aquella felicidad”, le dijo.

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AL ROJO VIVO

 Migraña encierra un concepto aterrador. Significa abrir los ojos por la mañana y descubrirse hundida en la impotencia; en la obligación de aceptar el dolor y el hecho de que no hay pensamiento, movimiento, propósito de control o esfuerzo de voluntad que logre sacarlo del cuerpo.



    Un cable de acero es implantado, desde la coronilla hasta media espalda, mientras un demonio lo jala y calienta hasta ponerlo tirante y al rojo vivo.

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Imágenes

 

Entre los muñecos de los dibujos animados surgen, tras un conjuro, dragones que antes eran niñas con poderes mágicos. Un héroe púber con cabello en púas y sabiduría oriental acumulada por cinco milenios, mira fijamente a un enemigo de otra dimensión, lanza un rayo de pureza y mediante la fuerza del bien lo regresa a sus tinieblas. 

        Junto a mí, frente al televisor, un niño de diez años mira impertérrito semejante delirio y lo asume como algo cotidiano.

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Historias de amor imposible

 La primera vez que el amor del sexo opuesto rondó mi vida tenía siete años. Un vecinito tras de mi casa que, según supe después era retrasado mental, me mandó, con una amiguita vaga que teníamos en común, una cartita pidiéndome le enseñara mi colección de corcholatas.

Yo lo había visto de lejos solamente; tenía una cabeza un poco grande para su cuerpo y nunca habíamos hablado. Accedí con el pensamiento y al día siguiente estaba, inocente de mí, elaborando la respuesta a mi primera misiva de amor a plena luz y sentada en la banqueta, cuando mi padre llegó de su trabajo y sorprendió mis afanes.

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Otra de terror

Nací marcada, seguramente desde vidas anteriores: Detesto que me den órdenes. De ser hombre, sería general de división para no aguantar autoridad alguna antes que la mía; sería gerente o director general de empresa, director de orquesta, jefe de hospital, director de periódico…

Pero he aquí que soy mujer.

Valiente lío.

Cuando era niña –y dale-, desobedecía a mi madre cu  ando no me daba una explicación racional para sus órdenes y no sólo eso, sino que me servía de tapadera, la pobre, cuando mandaba al diablo las órdenes de mi padre quien, él sí, había sido militar y de los mandones.

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Con un tridente

   

Cuando, de niña, vociferaba con esa rabia independientista que me cinceló el destino, mi madre me amenazaba con que el Diablo vendría volando por los cielos y me llevaría con su tridente ensartado en mi lengua.

    Tal horror lo creí por años; de hecho, todavía no estoy totalmente convencida que sea mentira. Claro que hoy mi educada razón se ríe de semejante patraña; pero en mis sueños, a veces el Diablo se perfila en el fondo de algún escenario oscuro donde vivo desesperaciones inconscientes.

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Sábato

Encontré una increíble alusión a Madame Bovary, desde la mente de Ernesto Sábato: “Insignificante diabla, ridícula romanticona” (“Querido y remoto muchacho”, págs 64 y 65).

   Sábato concluye que los sueños de una realidad superior, acosado por su idealismo, sólo pudo imaginarlos Flaubert a través de una pobre mujer pueblerina, donde transfirió su identidad en la inmortal novela. Eran los albores del nuevo racionalismo (¡cómo detesto los “ismos”) o esa visión de la vida que no concede tregua al pesimismo y la intelectualización de todo. Sólo podía Flaubert, según Sábato, despositar las suspirantes emociones de una dimensión perfecta, a las insensatas y estúpidas neuronas de una mujer. Y sin embargo, después de ser acusado por la sociedad de su tiempo y lugar, de asesinar a una mujer con arsénico, aunque fuera su alter ego, dijo: “Madame Bovary soy yo” –no hay tal muerta, por lo tanto.

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