Memoria

Son más las ocasiones que recuerda asistir al desayuno y a la cena, que cuando olvida. Eso sí, un día se empeñaba en comer en el otro extremo de la cocina –no su habitual rincón- y él mismo no tenía claro por qué. Me lo llevé hasta su espacio estimulando su olfato.
Ha tomado la costumbre de correr por toda la casa, en apariencia eufórico, después de comer. Se sorprende al vernos doblar una esquina, como si no supiera quiénes somos. Huye y se esconde. También, mientras corretea sin sentido, maúlla amigablemente.
Días enteros, no duerme, no descansa. Deambula por los pasillos, bajo las camas, entre las patas de las sillas… luego se aposenta ante el cristal de una ventana, a contemplar la calle.

Meneame
del.icio.us
Hoy estuve –mientras esperaba tu regreso- viendo desde lejos el Paraíso Perdido. Era de tarde, un polvo luminoso bajaba lentamente hasta mi cabello y yo imaginaba que era tu mano, acariciándolo.
El cuerpo es un tejido de impulsos que nos ha acompañado en la vida. Si le ordenas repetir algo aprendido en la infancia, lo hace. Si le pides que responda a un giro, un reflejo, un movimiento giratorio familiar, te responde. Aquí estoy, te dice. Existo y te quiero igual que siempre.

Soy cinéfila desde antes de aprender a hablar. Mis padres nunca tuvieron niñera; me madre cargaba conmigo –literalmente- durante toda la función en los westerns, filmes de guerra y musicales gringos que antaño ambos veían y era casi su única diversión. El ruido de las voces y las imágenes en la pantalla me privaban plácidamente del conocimiento en los brazos de ella. Por eso ir al cine, para mí era casi mejor que permanecer en casa. Dormía en un sitio más tibio y blando.
Hoy el aire se transformó en luz y brillaban en él sus partículas. Como si un polvo finísimo de oro nos envolviera a todos.
En nuestra era del insomnio, vi la película de alienígenas hasta muy tarde y sin problemas, ¿quién quiere dormir, después de todo? Logré verla completa, lo cual es una suerte, pues ya nada causa asombro. Los seres importados del espacio eran virus… inteligentes. Buena idea.
Hoy noche me está esperando en el buró una película de suspenso. Hace rato la traje y es de alienígenas. Ahora se dice así; en tiempos de la longaniza eran “marcianos”. Suelen llamarse, en el catálogo donde las alquilas, de “terror”. En aquellos días, las películas de terror bien podían provocar risa por los míseros maquillajes que portaban los actores. Máscaras de hule burdo, ojos saltones que no se movían, manos con garras de cartón que no lograban rasguñar, menos arrancar cabezas de golpe, como hacen ahora.
En algún momento de mi niñez aprendí a conducir una bicicleta. Fíjate bien que no dije “triciclo”, porque ése ya sabía manejarlo desde antes de nacer. Me fue natural. Cuando dominé la bicicleta tendría unos nueve años. 