Compañero
Probablemente lo causaron aquellas tardes de invierno, cuando el sol se dormía tan temprano y de regreso desde la escuela, las sombras invadían mis pasos y las luces dentro de las casas se encendían sin darme tiempo a llegar con luz al calor de hogar. Quizás también porque al salir de aquel antiguo edificio escolar, sus pisos de madera que daban a un sótano habitado por fantasmas, las piernas deseaban correr, alejarse de aquella penumbra sospechosa, y el corazón sólo se calmaba cuando el olor al jardín materno alcanzaba el olfato.



Meneame
del.icio.us
Se me ocurre preguntarme cuántos hombres –porque siempre han sido hombres- me han saludado con la frase: “Margarita, está linda la mar…”.
Algo espeluznante de los aeropuertos es que los rostros, maletines, peinados, siluetas y voces de la gente que deambula, jamás volverán a cruzarse con nosotros.
Los mediodías de primavera, cuando el verano empieza a tocar la puerta, corre un viento tibio. Acude al oído murmurando advertencias sobre el profundo aburrimiento que traerá el calor. Avisa que se va, que la hirviente realidad del desierto le pisa los talones y tiene que marcharse.

Las cabezas y los cascos son intercambiables; a las plataformas de aterrizaje se les pueden insertar lo mismo butacas de una cafetería para calentar los huesos, si la historia transcurre en el Himalaya o simular que, en el hiperespacio, Han Solo desea tomar allí un refresco mientras espera la próxima batalla contra Darth Vader.
Entre los muchos privilegios que la vida me ha concedido, está el de reconocer las flores. Nada de que sea experta, sólo que tuve su belleza entre mis dedos de niña, durante años, sin darme cuenta de su valor, lo cual también privilegia el recuerdo.
No queda más remedio que llamarle pesadilla. Pero no es eso.


