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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Categoría: Historias

21/10/2008 GMT 7

Entre cielo e infierno

parsyfal @ 10:31

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Su paso era cojitranco; además de su obeso abdomen una pierna dolorida siempre le traicionaba. Era su rodilla, decía, que se inflamaba al primer pretexto. La cara rojiza e hinchada parecía la de un borracho, pero la verdad no se le sentía palabra con arrastre o mirada extraviada. Siempre pensé que más bien era hipertensión lo daba su aspecto de tomate y obligaba su hablar agitado.

   Seguramente andaba en sus sesenta y tantos.

   Trabajaba de velador en esa casa en que dominaba enfrente y habían dejado con la obra a medias. Le dejaron ahí los dueños, prácticamente abandonado.

    Acudía a pagarle su mísera semana un muchacho en un automóvil gastado y ruidoso; llegaba entre viernes y el miércoles siguiente… días que el viejo pasaba en angustia horrible, pues le acosaban sus sobrinos pidiéndole dinero, malpasaba sus alimentos, incluso su perro se hambreaba de tal modo que vivía dormido la mayor parte del día.

   Pedía prestado a todos los vecinos; y rigurosamente pagaba. Cuando podía, pero pagaba. En casa nos daba pereza salir pues nos acosaba: Quiero ver si me puede prestar unos cien pesos –decía- el sábado sin falta le pago (aunque no decía de qué mes); mi sobrina está apurada por unas medicinas…

   Siempre estaba esperando la muerte, pero no para él, sino para su madre. Está enferma –decía- la van a operar en unos veinte días, dijo el doctor, porque no puede tardarse más el asunto… estoy con mucho pendiente.

   Era la imagen misma de la desesperación. Cojitranco, sí; lloroso constantemente, pegado a su fiel perro –un rapaz corriente, negro, bajito, vivaz- que sufría de la misma inanición que su dueño.

   Dos años le vimos allí, primaveras, veranos, otoños e inviernos. Siempre orillado a la desesperación por la tardanza de su sueldo; deshidratado por tanto sudar o resfriado por el frío patético de enero.

   Siempre pagó sus deudas. Muchas veces recibió de caridad platos de sopa, pastillas para el dolor o la calentura; galletas o préstamos a corto plazo.

Un día vino a despedirse y pagar su última deuda. Le habían despedido, porque los dueños –dijo- ya iban a habitar la casa. Se fue llorando, abrazado por dos o tres sobrinos que le ayudaron a recoger los trastos viejos y cobijas entre los cuales vivía. Necesitaba muchísimo aquella mala especie de “empleo” que al menos le daba para no morir de hambre.

   ¿La casa? Una casi castillo de pésimo gusto: Tres pisos, un sótano, una terraza que da vista a la ciudad iluminada, un domo en el centro del techo, cerrado con vitrales blancos. Una alberca que se llena con las aguas del verano, y al acumularse se pudre. Tiene ventanales a destajo para cuidar la vista al poniente y el mármol del piso ha sido traído poco a poco desde España.

   ¿El dueño? Un hombre silencioso, maduro, obeso y rubio que llega en su pickup blanca seminueva, a revisar “la obra” –en la que no trabaja casi nadie, casi nunca- a cada y cuando. La casa-castillo-mamotreto no ha sido habitada, era una mentira el motivo de despido. No hay otro velador en su lugar.    El viejo se llama Epifanio.

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10/09/2008 GMT 7

Un recuerdo más

parsyfal @ 10:02

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Tarde, pero sin sueño, antes que se llegue el día de la reunión definitiva de “La Escoria”, aquí va la misma foto del grupo, pero con casi todos los nombres… bueno, los apellidos porque así nos reconocíamos...

Me los envió nuestro común amigo Francisco Javier Orozco –alias El Huevo y lamentablemente ausente en la foto-, el sonriente y siempre alegre, del vozarrón que alborotaba a todos. El dice que no se reconoce en ese recuerdo mío, pero todos somos lo que los demás ven en nosotros, ¿no? Así somos realmente… por lo general algo distinto y mejor de lo que nos devuelve el espejo.

Pero bueno, al grano; de izquierda a derecha están: 

Arriba: Toño Navarro, Minakata Ishigami,

Díaz de Sandi.

Al centro: Uy, del primer compañero NO nos acordamos; Oropeza Ramos y detrás de mío, apenas asomándose, Lydia Hernández Rivera, alias “Lila”.

Abajo: Marentes, Salazar, Montúfar y mi recordado Rafael González Ibarra (qepd). 

Si alguno de ustedes se asoma, sean felices recordando aquella vida nueva que nos hacía hermosos, simplemente por existir.

31/08/2008 GMT 7

Lila y yo

parsyfal @ 11:04

                        lila-y-yo.jpg

 

Eramos cuatísimas. Juntas, para donde quiera.

   Aparte de que nos caímos bien lueguito, por nuestro carácter abierto y bien dispuesto para la vida, las mujeres aspirantes a ingenieras en aquellos años éramos una especie emergente, algo así como mutantes; así que nos ayudábamos, nos reconocíamos, sabíamos que la empresa era a contrapelo y el reto muy grande.

    Hubo muchas cosas que nuestros queridos compañeros nunca nos dijeron con todas las palabras, pero se entendían en el silencio: Que no debíamos ser más listas que ellos; que llevarse demasiado con los amigos, era muy peligroso para la reputación; que lo traviesas o reventadas quedaba nomás entre nosotras.

   Siempre estábamos juntas, en la escuela y fuera de ella. Que si nos sentábamos casi siempre una enseguida de la otra en las aulas; que si nos íbamos a vagar al centro de la ciudad; que si estudiábamos toooooda la noche para el examen de matemáticas o de química y llegábamos igual, con ojos de vampiro a presentarlo, al otro día.

   En primer año, en el grupo, éramos cinco chicas, entre una multitud como de cuarenta hombres. Pequeño porcentaje. No recuerdo jamás que alguien nos haya dicho: “Qué bueno que quieren ser ingenieras… ¿y cómo les va si la carrera es para hombres?” Nadie. No se pensaba en eso; pero todo el mundo nos veía como bichas raras.

   Nosotras éramos felices. Curiosamente, el reto nos era natural; estábamos tan seguras de nuestro camino que nunca lo pusimos en duda.

   Nos reíamos de todo y por todo. Lila siempre tuvo mejor sentido del humor que yo. Siempre ha sido más perseverante, más lúcida, más objetiva. Ella sí se graduó de ingeniera.

   El segundo año, de las cinco chicas, quedamos tres. A tercero sólo llegaron Lila y Lourdes. Así que, como llegaron a tercero, pues como dice el dicho, fueron “ingeniero(a)s”.

   Con Lila pasé momentos muy solidarios; hablábamos de los novios, de la pérdida de nuestros papás (varones). Ella de sus hermanos y no de que no los tuve. De los fracasos en Química, porque las dos reprobábamos parejo, aunque en las otras clases íbamos muy bien. Misterioso, ¿eh? A la mayoría nos pasaba igual. Pero bueno…

   Así que Lila (Hernández) se graduó de ingeniera. Yo, no. Me fui por otros senderos. Acabé devorando novelas a destajo y convirtiéndome (según esto) en experta del lenguaje. Supongo que aquellos culebrones que teníamos que hacer para las ecuaciones diferenciales me preparó para la exactitud con que debo ahora construir las frases, o de lo contrario me veo muy malita.

   El tiempo se encargó, entonces, de confirmar aquel valor juvenil a prueba de terremoto con que nacimos, Lila y yo. Aún somos amigas. Nos llamamos entre nos: “Cuata ploma”. Las dos vivimos, después de perdernos de vista de la Carrera de Ingeniería, innumerables penas y contratiempos.

   Y nos seguimos queriendo igual.

   Entonces, ahora que celebran aniversario de la generación: Ingeniera Lydia Hernández e Ingeniera Lourdes Aguirre, les mando a las dos un beso de hermanas, por el valor que hemos tenido las tres ayudando en parte a la tarea de Lillith (luego cuento, a quien no sepa, quién era esa mujer). 

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28/08/2008 GMT 7

Hola desde el mundo

parsyfal @ 02:56

       Aspirantes a Ingenieros Químicos (U. de Guadalajara) 

A Rafael González (in memoriam) 

 

Uno no se imagina, ¿verdad?, que esos momentos de juventud siempre serán mejores que los que siguen. Que las frases alegres alborotando los pasillos de la escuela se las lleva el viento, pero se cincelan en la memoria. Porque esos instantes juveniles se van, infaliblemente, con el tic tac del reloj; pero allí, en aquellos días de sol y carcajadas, no lo sabíamos.

   Uno no se imagina que algunos rostros quedarán preñando los mejores recuerdos de una época difícil, sí, pero siempre hermosa. Rostros de los amigos más queridos, de los compañeros más solidarios.

    Una época difícil porque había que mega-madrugar por el Purgatorio que nos imponía Arturo, el maestro-dictador. Por el frío de hórdago en invierno al bajar del camión, agravado por el desconsuelo de que, si tardábamos tres segundos más de las 7am, la puerta del aula se cerraría sin remedio. Difícil porque el maestro de dibujo se reía de nuestra burricie allá, donde no oyéramos sus carcajadas por los mamotretos tramposos que nos obligaba a hacer en el papel mantequilla.

   Fueron años difíciles porque desde el primer día recibimos una consigna: “El que pasa primero, llega a tercero… el que pasa tercero, es ingeniero”. Qué terror de reprobar. Qué triunfo sacar un seis en química. Qué maravilla atinarle a los resultados del cálculo diferencial. Qué inseguridad sobre las respuestas, en aquellas reglas de cálculo que retaban la vista para definir las micras, muy lejos aún de la maravilla finisecular de la calculadora.

   En aquellos años nunca imaginamos el paraíso que se estaba gestando en el mundo de la cibernética, que regalaría a los futuros ingenieros (y a todos, aunque nos fuéramos a dedicar a la literatura como yo) la libertad infinita que da una computadora y todos sus secretos, para dilatar el intelecto de manera más creativa.

   Fueron años dulces. Estrenamos todos bata blanca y el olor acre del laboratorio de química consolidaba nuestro novato orgullo: “Somos estudiantes de ingeniería”.

   Cómo hace tiempo, Dios mío. Cuánto hemos cambiado todos; cuántos llegaron a la meta y cuántos cambiamos el rumbo, para encontrarnos con otra parte del espíritu, más necesitada de afirmación estética que de ciencia.

   Hace unos meses encontré esta imagen, producto de un clic que detuvo el tiempo. Fue casualmente, en una caja de cartón llena de papeles que ni siquiera eran míos. Fue premonitorio también. Yo no sabía que se estaba convocando a una reunión de aniversario de la Escuela y del recuerdo de nuestra generación de Ingenieros Químicos. Me latió el corazón con fuerza, comprendí que el cariño profundo no cambia con el tiempo. Volví a amar los pasillos de aquel edificio y la tortura de las, pensábamos ingenuamente, dificilísimas clases que teníamos que aprobar. No sabíamos lo que nos esperaba, ¿eh? Ahora se ve claramente: Aquello sí fue felicidad, no pedazos.

   Así que… desde la web les deseo un feliz reencuentro. Recuérdeme como una de las poquísimas chicas que nos adelantamos a nuestro tiempo y tuvimos el valor de soñar con ser ingenieras (se escribe con “a”, queridos). Que los quisimos mucho porque fueron excelentísimos y generosos amigos. Un abrazo desde el ciberespacio y hasta... Siempre.        

 

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