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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Categoría: Historias

24/09/2009 GMT 7

Hombres que he amado (Frédéric Chopin)

parsyfal @ 13:13

delacroix_chopin.jpg

No puedo decir que se escuchaba mucho en casa, durante los años de vivir a la orilla del rio Asunción, cuyo lecho de arena acariciaba las plantas de mis pies niños. Era otra música, la de la pasión y el vigor emocional (my father,s spirit).

A Chopin lo descubrí en la adolescencia. Fue una tarde, al regresar de la escuela, aquella donde pude armar con algo mi mente para poder trabajar desde los 14 años. Mis padres me esperaban sonrientes; así cual suena: Me esperaban.

   “Magui -dijo mi madre- tu papá compró un disco con una música de piano muy bonita… es cierto; te va a gustar mucho”. Se sentaron, pusieron el disco en el tornamesa y escuchamos juntos la melodía: Era la introducción de la pieza para ballet: Les Sylphides, de Frédéric.

   En parte por la delicia de escuchar algo tan bello, en parte por el entusiasmo de los dos y darme cuenta lo bien que me conocían, esa tarde -por supuesto- es uno de los recuerdos más hermosos de mi vida. 

   Después fui absorbiendo su melancolía¸ su dulzura. Con el paso de los años supe que escuchar un nocturno suyo, es un bálsamo milagroso para lograr las lágrimas, cuando traes uno de esos dolores de la vida, el que me pongas. Descansas, lo amas, lo adoras, le das gracias a la vida por haberlo conocido.

   Dicen, dicen… que en su mejor época como concertista, durante el primer tercio del siglo XIX en Europa, la gente lloraba escuchándolo tocar; su aspecto era tan frágil y angelical que las mujeres suspiraban interminablemente.

   Como todo el mundo sabe, una fue quien lo protegió durante diez años (era incapaz de sobrevivir solo), la escritora Aurora Dupin, “George Sand”, como firmaba para poder vender sus libros. Finalmente lo dejó, poco antes de morir él de tisis, lo que ocurrió a los 39 años.

   No tiene objeto decir más. En cualquier sitio de la red se puede encontrar toda clase de información sobre su vida y música. Yo, simplemente quiero decir que le amo, y por qué.

 

   (El dibujo arriba es de Delacroix)

 Aquí la introducción a Les Sylphides mencionada:

http://www.youtube.com/watch?v=4C-oiN_KDD0

 Y un nocturno para volín y piano encontrado en un sitio de sólo música:

http://www.goear.com/listen/803efbf/Nocturne-For-Violin-And-Piano-chopin                        

 

michael-jackson_bad1.jpg

Era, además, un hombre bello... debe haber tenido una mirada profunda y triste.

 

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20/07/2009 GMT 7

Sevilla

parsyfal @ 08:16

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Nunca basta el tiempo para conocer una ciudad que nos enamora. Mucho menos aquella que amamos durante mucho tiempo sin conocerla, porque la leemos, porque la sentimos en la literatura.

   Sevilla es la ciudad alrededor de la cual ocurre la tragedia de “Carmen”, escrita por Próspero Merimèe, y a orillas del Guadalquivir, río que la cruza, se encuentra la Torre del Oro, un fortín donde los españoles imperiales guardaban el valioso metal al descargarlo de los barcos procedentes de sus dominios.

   Sin embargo, la leyenda que me atrapó en la infancia dice que en la famosa Torre, en tiempo inmemorial, estuvo encerrada una dama de cabellos “de oro”, de la cual estaba enamorado el rey Don Pedro.

   ¿Por qué –pienso ahora- en una zona de España de dominio fundamentalmente árabe, donde se respira su arquitectura, costumbres y huellas de morena fisonomía, el rey se enamoró de una rubia? Cosas de hombres, ¿eh?

   Pues la dama en cuestión era casada y su hombre fue enviado a la guerra. Ella se encerró en un convento para guardarle fidelidad y el rey, obsesionado, la puso en la Torre, esperando consintiera en brindarle sus favores, pues la casta señora se negaba a entregarse. Fue tal su resistencia que se cortó los dorados rizos y tenía planes de arrojarse vidrio en la cara para ponerse fea.

   Don Pedro, furioso por sus intenciones, la tomó a la fuerza. Ella fue liberada después de eso (claro) y murió de tristeza en el convento. Cuando su esposo volvió, como venganza se alió con un medio hermano de Don Pedro y luchó contra él hasta derrotarlo y despojarlo de su reino.

   Eso dice la leyenda, claro. Pero en verdad, en la Torre se almacenaba oro. El Guadalquivir aún corre por el centro de Sevilla, hermosísima, cuya catedral tiene el retablo de oro más grande del mundo y dentro de ella se encuentra la tumba –ni más ni menos- de Cristóbal Colón.

   La capital de la provincia de Andalucía, al Sur de España, es también un regalo de floritura en bordado de trajes típicos hechos en tela con lunares en colores de contraste, olanes y peinetas, mantones y abanicos pintados a mano. Es la capital mundial del toreo, donde tomó la alternativa para ser torero el famosísimo “Manolete”, pero esa es otra historia.

   Esta ciudad es el centro del universo en procesiones religiosas durante la Semana Santa, los palios adornados profusamente que forman el cuerpo de los desfiles, forrados con láminas de oro y una magnificencia que quita el aliento, están resguardados en las enormes iglesias góticas que allí abundan, para ser lucidas en la calle sólo un par de días al año.

   Sí, lo morisco, lo recio y profundo de la religión Católica que fue heredada por los españoles a los americanos, la pasión del ánimo y una prisa inexplicable que los andaluces llevan por dentro y por fuera (todo lo hacen correteados por no sé qué demonio), enamora definitivamente.

   Habrá que volver también… una vida de éstas.

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 Interior de la catedral de Sevilla, ante la tumba de Cristóbal Colón.

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10/07/2009 GMT 7

Honrarás a tu padre y a tu madre

parsyfal @ 13:47

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Quiero seguir con las fotografías histéricamente Históricas. ¿Por qué será?

   Es escalofriante cuando se empieza a mirar al pasado y el futuro no inspira atención. Después de todo ya no queda mucho por aprender, salvo entrenarse para ayudar a que la Tierra no se desgaste más, y aguantar el paso veloz de la tecnología.

   Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, que ahora son cinco con el Calentamiento Global (vaya chiste malo) están en marcha y si es necesario, peregrinaremos como los israelitas cuando salieron de Egipto, a buscar espacios de supervivencia.

   Pero mirar al pasado alivia de ese futuro violento e interesantísimo, pero ya demasiado acelerado para nuestra resistencia y después de todo, que lo resuelvan los que vienen detrás.

   Ese día ella llevaba un abrigo color café que me parecía maravilloso porque tenía unos puños largos y elegantes, de terciopelo en un tono más oscuro. Sus zapatos eran de collar en el tobillo, también color café y entramados, con un tacón grueso y sexy que hoy se usa igual. Increíblemente en ese entonces era la moda. Andaba contenta ese día, el paseo, ahora sí que del pueblo a la Capital, había requerido casi dos días y dos noches enteras para llegar, en el entonces Ferrocarril del Pacífico. “Vamos a ir a México”, me había dicho ella una semana antes, como en secreto, con un júbilo que me contagió.

   Viajamos en cabina con un medio baño, servicio de camarero, carro restorán y un vaivén suavecito que dejaba ver por la ventana y en calma los paisajes más inverosímiles; desde terraplenes desérticos en el Sur de Sonora. hasta selvas impenetrables en Nayarit. Llegamos a la Capital y nos instalamos en elegante hotel

   Ella llevaba su bolso bien sujeto entre su brazo y el costado: “Es que dicen que aquí te roban”, fue su respuesta al preguntarle por qué aquel miedo.

   ¿El? Un traje a rayas negro que le gustaba presumir en sus mejores momentos. Sombrero de fieltro y zapato reluciente. Yo, bueno… un abriguito azul claro cuyo color indeciso no me satisfacía, y un vestido insulso color blanco grisáceo de flores rojas bordadas. Asustada, claro… ellos tan elegantes y yo hecha un ratón aterido.

   Paseábamos por La Alameda, acabábamos de ver el Hemiciclo de Juárez y desde luego el Palacio de las Bellas Artes. En ese parque – en aquellos días poblado de pocos transeúntes, tranquilo el día, con sol generoso; autos abundantes, pero en cantidades tolerables- trabajaban todavía aquellos fotógrafos cuya cámara era una caja negra enorme y, cabeza cubierta con manto negro, tomaban la foto a la de tres y cuidado con respirar.

   Ese día fue fenomenal. Me tomó ella una foto sentada en uno de los leones del Hemiciclo y yo me suponía una artista de cine. Nos sentimos del Jet Set. Domingo familiar, estrecho, amoroso, contento… ese día fui feliz. Muy poco se ha vuelto a repetir en mi vida esa sensación de importancia y de certeza de ser amada.

 

 

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22/06/2009 GMT 7

TÚNEZ

parsyfal @ 09:46

             42-19453450.jpg

Fue sentir, como al principio de mi toma de conciencia, cuando abandonas la niñez y te diferencias de los niños por las curvas de tu cuerpo que empiezan a marcarse, que allí ser mujer es vivir en otro mundo, distinto al que “es”, al que realmente importa.

   Las mujeres vestían uniforme negro, es decir “chilabas” sencillas de manga ancha y hasta el puño y unos velos libres al viento que no dejaban ver ni siquiera un poco de su figura o su cabello. Sólo los rostros.

   Algunas chicas muy jovencitas, estudiantes de nivel básico, iban vestidas casi a la manera occidental, con ropa juvenil, pero también oscura y con brazos y piernas cubiertos. Piel de cuerpo de mujer no se veía.

   El guía que nos llevó a ver todos los rincones de Túnez, la capital del país del mismo nombre (tres y medio millones de habitantes, dijo), aseguró que las mujeres allí tienen los mismos derechos que en el mundo occidental y sin embargo las calles estaban pobladas de hombres en un noventa por ciento y las pocas mujeres iban acompañadas o cubiertas de cabeza a pies.

   Mejor no indagar si es cierto o no eso de las mujeres ¿para qué? Solas saben defenderse, ellas van encontrando su camino; en ese mundo de idioma musical, árabe delicioso, de “jota” aspirada, de flujo sin consonantes fuertes, de mujeres bellas pero igual hombres hermosos, guapísimos…

   Yo conocía por árabes a unos entes barbudos, repulsivos, sudados bajo su ropa de hilachas y que todos eran (y son, probablemente) verdugos de las mujeres. Sin embargo allí vi otro tipo de hombres, altos y limpios, morenos y sonrientes, de ojos negros profundos, entregados al trabajo laborioso entre la conversación inacabable (diosmío cómo hablan).

   Me topé con una mujer, joven y muy hermosa aunque sólo vi su rostro bien maquillado. Llevaba una chilaba negra –claro- con puños bordados con hilo dorado, pulseras abundantes, el filo inferior de su vestido también era adornado y la tela del mismo tenía un brillo discreto, como de seda. Fue una visión fantástica que no puedo olvidar.

   ¿Algo más que no pueda olvidar? Ah, sí. Que me subí a un camello. Que en los barrios de Túnez las casas son blancas con rejas y balcones de un azul como el cielo del desierto, porque el blanco repele el calor y el azul los insectos. Que compré un perfume de extracto de limón que, aplicado bajo la nariz y en las sienes hace un efecto estimulante que disipa el cansancio… así me lo vendieron y aunque los árabes son capaces de vender a su madre al diablo basándose en mentiras, ¡es cierto! La esencia de limón muy concentrada, es estimulante.

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Casas blancas contra el calor, rejas azules contra los insectos...

 

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En un camello, ajá. (Qué simple soy, pero fue bien retedivertido)

(LA MUCHACHONA GUAPA QUE ME ACOMPAÑA ES MI HIJA BEATRIZ)

 

05/06/2009 GMT 7

Barcelona

parsyfal @ 20:19

      yoenbarcelonammm.jpg  

Esta vez lo vi de día. El monumento a Cristóbal Colón, al final de la Rambla. La primera vez el Mediterráneo quizás acaparó más mi atención por el reflejo melancólico de la luna en su azul profundo. Esa vez fue una mole de acero negra y con reflejos metálicos, de la cual salían alas de ángeles y en cuya base rugían leones suavemente, como jugando.

Ahora le pegaba en pleno la luz del sol. Su maravilla no tiene fin. Está en ella la historia del descubrimiento de las tierras nuevas que dieron a España la época más luminosa de su Historia, la base prodigiosa para construir su imperio.

Pude acercarme allí, bajo un sol suave, con la brisa en paz y los visitantes aún en poco número, para abrazar a los leones de su plataforma y contemplarlos, abrazarlos, mimarlos mientras me daban, una vez más, la bienvenida a un país que inundó mis años niños con la imaginación, en la tranquilidad del oasis insustituible del hogar paterno.

Barcelona no es, por criminal que pueda sonar, lo que más me gusta de lo poco que aún conozco de la Madre Patria. Tiene espacios llenos de un color y unas florituras arquitectónicas prodigiosas, que adoran la naturaleza gracias al genio de Antonio Gaudí. La Sagrada Familia, la catedral inconclusa que con sus líneas modernistas se encuentra a choque con el Medioevo y su casi un siglo de espera para ser terminada…  su desaforado amor a Dios, que nos confunde el ánimo, no deja de crear un manantial de angustia estética que no se calma fácilmente.

 

Montjuic, la Barceloneta, el cocodrilo luminoso de Parc Güel, todos los tesoros que allí están tienen un encanto particular y al final uno se pierde en la multitud para adorar la ciudad como lo hace el mundo entero, en el bullicio políglota que la caracteriza.

 

Sin embargo… no, Barcelona no es lo que más me gusta del apenas pedacito que conozco de España. Ahora tengo obsesión por la catedral de Sevilla, que tuve el gusto y la estética desgracia de conocer; allí descansan, precisamente, los restos del descubridor de “Las Indias”. Tendré que volver también, supongo, a ver si puedo desentrañar su espíritu monumental. Tal vez tenga que ser en mi siguiente vida, quizás en cien años y no tengo prisa, porque estoy segura que aún estará allí.

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El cocodrilo de color; inverosímil como todas las maravillas lo que construyó  Antonio Gaudí

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Teniente coronel

parsyfal @ 08:21

                     mmuntitled-1-copy.jpg 

 

Si supiera lo que logré hacer con esta fotografía que alcanza tantas décadas, estaría maravillado. Le fascinaba la tecnología. Claro que alcanzó a conocer apenas la cámara de tomar cine casero, de 8 mm; tuvo varias cámaras fotográficas en su vida y de todo guardaba estampas que detenían el tiempo.

Dijo en una ocasión que había conocido la primera máquina del cinematógrafo, cuando era niño. También que aprendió a manejar en un modelo Ford “T”.

   Hoy, imagino que soñaría despierto con las fotografías que toma el “Hubble” en el espacio abierto, que además nos puede traer imágenes de galaxias lejanas para verlas tan hermosas y bautizarlas como “sombrero”, “ojo de gato”, “ojo de Dios”.


   Si él viera lo que hice con su fotografía… le quité los quiebres, le borré las manchas que habían mancillado desde el uniforme hasta sus mejillas, le dejé inmaculado su kepi, le mejoré la luz para que se viera claramente su mirada, siempre seria, siempre pensativa.

   Es fascinante poder mirarlo en la pantalla de mi compu y volver su rostro joven como de tamaño natural, ver de nuevo sus ojos de cerca y acariciar la pantalla como solía tocarlo a él.

   Era un hombre hermoso. El primero que amé en la vida, ajá… mi primer amor de mujer. Problemas fuertes me dejó a enfrentar, pues nunca he vuelto a encontrar otro, que se le parezca siquiera. Todos le quedan tan lejos que termino suspirando hacia su imagen.

   Bajo su ala todo se resolvía. Si él estaba en casa, todo era perfecto, todo estaba en su sitio; nada podía destruir mi serenidad o hacerme daño.

 

Si supiera lo guapo que lo puse, se envanecería más. Porque era un galán insoportable, dicen, aunque yo no vi ya esos tiempos suyos de gloria. Las mujeres lo seguían y lo amaban. Yo no tenía que seguirlo; él siempre estaba conmigo y me cuidaba con un celo sin igual.

   Era un hombre total. El mejor para mí. Me dejó sola hace tantos años, y todavía no se lo puedo perdonar. Y el lugar que dejó vacío nada lo ocupará, hasta que volvamos a encontrarnos. Entonces le daré un gran abrazo para no separarme nunca más y le enseñaré lo perfecta que quedó su fotografía.

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21/03/2009 GMT 7

Beethoven

parsyfal @ 15:10

                         beeethoven-monumento.jpg   

 

Quizás una razón por la cual es una figura tan influyente en mi vida sea el gesto de resentimiento que le caracteriza, pues se parece mucho al que le vi siempre a mi padre.

   En casa escuché los acordes de su música durante toda la niñez y adolescencia, que siempre fueron ideales para las noches de invierno, cuando el frío asolaba las calles y flotaban en la bruma de la noche los ángeles que en aquellos años custodiaron nuestras vidas.

  Sólo era, en la carátula de los discos, una expresión malhumorada, una melena alborotada, una mirada feroz.

 

   Mucho tiempo tardé, mucho en verdad, para comprender que era, todo aquello en su rostro, la realización orgánica de la pasión, en su cuerpo.

Esa misma pasión brotaba de los poros en la piel de mi padre, y la manifestaba pintando.

   Yo, en la soledad de mis entendederas y para lograr la empatía con él, hube de recorrer muchos caminos de la vida y escuchar por décadas, una y otra vez, los ires y venires de los “maestoso” y “allegro vivace” que me hacía vibrar de forma extraña, desde los huesos hacia fuera. En la niñez porque lo empezaba a aprehender, en la adolescencia porque lo reconocía de tanto saberlo y donde quiera, en la juventud porque me contagiaba, sin yo saberlo claramente y además porque lo llevaba en los genes, del más auténtico Romanticismo que imaginarme pudiera.

   Pero aún no lo sabía. Aquella emoción profunda que finalmente sentí, después de escuchar cientos de veces la Quinta Sinfonía (que a mi padre obsesionaba), llegó sola y no por insistencia que surgiera del aire mientras la música entraba en mi, sino porque ésta conectó con la pasión soterrada de mis venas, el latir escandaloso de mi corazón ante la belleza de una emoción auténtica como el deseo de justicia o al sentir el huracán desatado del amor. Y mi flama se prendió.

   Fue él, Ludwig a través del tiempo, que terminó tocando con su luz mi entendimiento para comprender lo que es un corazón apasionado por la vida, enamorado de la Creación y pupilo directo de Dios.

   Después, mucho después de encendida la flama que me ayudó a comprenderlo, de haber coleccionado casi toda su música, hoy le escucho en el aire sin que nadie o nada esté tocándolo; recuerdo su rostro en sus retratos y compadezco infinitamente su desdicha, pues los genios absolutos no son de este mundo y vienen sólo a padecer un infierno personal por la incomprensión de sus semejantes, mientras transmiten su sabiduría para indicarnos caminos nuevos para engrandecer el espíritu.

(En la foto, escultura de Francesco Jerace, del Conservatorio de música S.Pietro a Maiella, Napoles-Italia)

http://www.youtube.com/watch?v=vQVeaIHWWck

(Sonata "Claro de Luna")

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28/02/2009 GMT 7

La que todos desean

parsyfal @ 10:33

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Así como mi padre adoraba España, igual admiraba a Carmen, el personaje de Próspero Merimèe y la famosa ópera de Bizet.

Ese señor tan severo y machista, tan autoritario y rotundo, sin embargo se deshacía en inquietud por un personaje literario que encarnaba a la mujer sensual y escandalosa por la que los hombres son capaces de matarse entre sí. Para mí fue un misterio y lo sigue siendo, esa debilidad por ella; aunque también admiraba al torero Escamillo, rival de Don José, que entre otros, eran los dos principales amantes de esta casquivana que, cuentan, el francés Próspero Merimèe tomó para su novela de una gitana a la cual asesinó su amante. El incidente que ocurrió durante una de sus visitas a España.

 

En la novela y la ópera Carmen, la gitana coqueta y hermosa, enamora a don José –un soldado raso encargado de custodiarla mientras está presa por un pleito callejero-, lo seduce para que la deje libre y le promete todo. El acepta y cae rendido; pierde su libertad y después su dignidad, porque renuncia a todo con tal de seguir con siendo su amante. Se van juntos a vivir con los contrabandistas, a errar por las montañas.

En algún momento ella conoce al torero Escamillo, quien también la enamora y ella le dice que la espere, mientras termina su romance con Don José. Finalmente José tiene que volver a su casa en el campo para atender a su madre moribunda, y es allí donde Carmen aprovecha para dejarlo.

El ex soldado la sigue, la saca de la plaza de toros donde Escamillo triunfa y ella, ya como su amante, le acompaña. José le pide que vuelva con él, la amenaza, le ruega, se humilla… ella se niega rotundamente y José la asesina clavándole un puñal en el vientre.

La historia de Carmen es tan vieja como la humanidad. La mujer seductora que fascina a los hombres, y quiere con todos. Sin embargo, la gitana de Merimèe tiene un sello de libertad que nadie puede poner en duda y lo peor, es honesta al acostarse con quien le dá la gana, actitud que después de todo es una venganza por la forma violenta con que los hombres quieren dominarla.

Don José es un pobre diablo que se esclaviza ante las “virtudes” sexuales de Carmen; Escamillo es un hombre osado, de valor, el héroe que toda mujer admira. Ambos se pertenecen, son uno para el otro. Todo termina en tragedia.

Mi padre admiraba a Carmen; supongo que todos los hombres podrían sucumbir ante ella si la tuvieran enfrente. Debe ser un reto para el ego masculino dominar a una mujer así. Debe ser una tragedia, para una mujer, ser hermosa y libre, usar su sexo como lo desee mientras encuentra al hombre que, furioso, decide destruirla para liberarse.

(La mujer en la foto es la modelo española Paz Vega, interpretando a Carmen en la última versión fílmica de la tragedia)

http://www.youtube.com/watch?v=djsuP0uta7s 

(versión "Habanera", de la ópera)

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20/02/2009 GMT 7

Siempre España

parsyfal @ 11:32

pintura-flamenca2.jpg 

Nunca he podido escuchar los compases de “Las Bodas de Luis Alonso” sin imaginarme a mi madre bailando. Ella era bonita y siempre ha sido romántica, de tal suerte que al escuchar las castañuelas, su cuerpo se movía con un instinto alegre para disfrutar la música.

   La casa estaba llena de aires españoles, influidos por Cecilia, la escritora que había cruzado el mar desde la península para buscar un refugio en nuestro país agreste y lleno aún de cicatrices, mientras el suyo sangraba.

   O quizás este aire peninsular lo ponía el alma romántica de mi padre, pues quizás aprendió a amar España a través de ella. Conversaban durante horas y enriquecían el ambiente con palabras complejas, que formaban interrogantes en mi mente. Las guardaba con celo y muchos años después las descifré, cuando aprendí a leer los libros que acostumbré acumular, como ellos, en los estantes caseros.

 

   El ceceo español fue natural a mi oído durante los años niños. Los verbos conjugados de manera extraña, usando íes y eses al final, me hacían preguntarme qué sentido tenía hacer las palabras más largas para decir lo mismo.

 

España se aposentó en mi casa los domingos con las voces ceceantes y la conversación interminable. Con las corridas de toros que mi padre seguía y buscaba con obsesión extraña. Con los sombreros andaluces que me compraba en las plazas donde a mis nueve años veía yo sacrificar un toro de forma despiadada sin alterar mis nervios. Las castañuelas, las banderillas eran objetos que rodaban por casa sin que tuvieran utilidad concreta, ni siquiera el ornato; sólo dejaban el rastro del amor por España, que a veces olía al perfume profundo de Cecilia y a su sonrisa perenne.

   Mi madre bailaba Las bodas de Luis Alonso, todavía muchos años después de que Cecilia se fue. Ella también se enamoró de España.

   Yo fui a conocerla hace tiempo y fue como si volviera a casa. Pero una cosa fue reconocer los espacios y el ceceo… la música y aquella calma sonriente de la escritora.

   Pero los demás españoles, después de Cecilia, no termino de convencerme de que me son simpáticos.

http://www.youtube.com/watch?v=wiBty5Pzl5A

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06/12/2008 GMT 7

Cha Cha Chá

parsyfal @ 14:16

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Sí, estoy de acuerdo que cuando esa palabra, cantada tres veces, representaba un alegre baile, amarraban los perros con longaniza todavía.
Es más, yo ni siquiera había nacido (aquí agrégale lo que quieras).
Pero cierto es que ese ritmo nació con un movimiento de caderas caribeño imposible de negar y estaba en su momento de moda aquel fin de año escolar en que a la bendita maestra de cuarto año se le ocurrió escogernos –a cinco desdichadas- para bailar una melodía con ese ritmo. Yo la había escuchado en la radio muchas veces, pero la ingenuidad a punto de idiotez que me caracteriza impidió que percibiera el contenido erótico del caso. Así que cuando nuestra querida maestra Alicia nos enseñó los pasos, bailábamos como un palo de escoba con las ramitas torcidas abajo, raspando la suela en sentido horizontal de cualquier forma, con tal que lo hiciéramos al compás.

 
¿El vestido? Pues rojo con olanes, como rumberas castas (si tal cosa existe), es decir: Faldita a la rodilla con tres cabriolas de tela superpuestas en sentido horizontal también, mangas de olán y cuello liso hasta el huesito primero del esternón. ¡Por supuesto que horribles! Los zapatitos eran negros y encharolados, sin medias, sin calcetas.
El caso es que el día del festival Día de las Madres nos colocamos en el foro a telón cerrado –ah, qué momento mágico ése, siempre- y ¡violà!, se abrió a la vista de todas nuestras mamás, que para el caso no llegaban a cincuenta las que iban a los festivales, en toda la escuela. Las que no iban era porque no tenían un vestido adecuado para no traslucir su pobreza o por la timidez extrema que da no tener nada en este mundo en qué apoyar la autoestima.
Mi progenitora sí iba, a los festivales… siempre. Nunca se perdió la oportunidad de ver y corregir todo movimiento escénico que yo hacía. “No se te oía la voz”, sentenciaba cuando yo declamaba. “¡No puedo creer que les hagan pagar la entrada hasta a los artistas!”, escandalizaba cada vez que venían al caso los festivales. Porque en efecto, muy artistas pero pagábamos nuestra entrada. Así de pobre era la escuela, qué se podía hacer.
En aquel tiempo no imaginé que llegaría, en mis años juveniles, a tener realmente cuerpo de bailarina, que tomaría clases con una profesional de prestigio nacional, que haría un solo en el Teatro del Bosque de la Ciudad de México en una ejecución de “Xtabay” en un concurso nacional. Queme retorcería con gracia a los compases de “Bolero” de Mauricio Ravel o brincaría de gozo con “Huapango”, de Pablo Moncayo. No imaginé que formaría parte de la Compañía de Danza de mi Universidad y hermosuras así que han sido olvidadas por completo.
Mis maestras de primaria, hasta donde les dio su talento, me enseñaron a bailar frente al público. Bueno, aquello ni era bailar, ni nuestro público era exigente… pero fueron las primeras pruebas existenciales ante la crítica. Momentos álgidos e inolvidables de la niñez, como el vestido rojo de olán que me puse orgullosísima, porque entonces me pareció digno de un sueño, e igual respetable la melodía “Las clases del cha, cha, chá”, que hace poco tuve que bailar en una clase de gimnasio y casi me hizo llorar de nostalgia.

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