Que no puede ser...
Que no es posible. Que los felinos se atraen como imanes. Que por alguna razón mística obedecen a la naturaleza y se unen con sus iguales aún en el intrincado y pestilente crisol de los olores humanos de la urbe. Que terminó llegando a las cercanías porque supo que en los metros cuadrados donde vivo amamos a los gatos.
Las primeras veces que lo vi fue de la cintura hacia los cuernos traseros que formaban sus huesos ilíacos; era como un cadáver cubierto de pelos. Color amarillo de un pálido de inanición. Su terror y estado de alerta no alcanzaba a soportar siquiera que me acercara a ver quién andaba tratando de robarse la comida del otro gato entenado, un negro esquelético que llegó a causar lástimas el invierno pasado y ahora vive en el techo de mi casa.
Este era peor: Viejo, un cascajo por cuerpo, hambre desde sus antepasados.
Lo maravilloso fue catalogarlo como un superviviente, porque finalmente al lograr verle el rostro –después de dos o tres semanas de ponerle las sobras de todo en un plato viejo y en el techo- comprendí que era un gato que peina canas. Muy anciano.
Quién sabe qué alma despiadada lo habrá tirado a la basura, de bebé o ya adulto. Quién sabe qué comió durante años, antes de llegar a mi techo.
En algún momento de sus tiempos de ladrón, porque se metía al patio a buscar sobras con una habilidad de agente secreto, a lo Tom Cruise, le vimos su cachete izquierdo, atravesado por un tajo que le llegaba hasta la parte baja de la mandíbula. Una herida abierta que nunca le ha cerrado y por lo visto, nunca curará.
Lleva varios meses cerca nuestro. Habita en los rincones del armatoste que alberga el tinaco; se guarda del viento nocturno junto a los aparatos que evitan nuestra muerte por calor en el verano. Se duerme sobre la malla que cubre la cochera, se esconde como puede mientras espera ansioso que le ponga de nuevo el plato con sobras en el lugar acostumbrado.
Es en esos momentos, mientras espera su comida, cuando ya logré que me vea de frente y no sienta terror por mi presencia. Tiene una mirada fija y tristísima. No es de agradecimiento; ni siquiera de curiosidad. Hay una indiferencia profundamente dolorosa en sus ojos. Y un indudable y grandísimo sentimiento de derrota.
Su almita ya no tiene remedio. Su mirada no cambiará. Pero no se ha muerto por la herida, y además ha engordado un poco. Tiene menos frío por las noches porque le armé un nido de trapos viejos en un rincón donde se siente a salvo y ahí se acurruca cuando la noche enfría. Está en casa. Encontró un lugar para morir en paz.
Una mañana de éstas ya no estará. Me pregunto si encontraré su cadáver o escogerá morir en su nido de trapos viejos, como un último gesto de agradecimiento que decida otorgarme por el amor que le he dado y que ha sabido entender con su esforzado y elegante corazón.

Meneame
del.icio.us

Llegó en silencio y como a su destino final. No preguntó si era bienvenido; lo dio por hecho. Así son los de su especie… se saben dignos de elogio por su belleza; conocen el alcance de su poder de seducción.