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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Categoría: Gatos

23/11/2008 GMT 7

Que no puede ser...

parsyfal @ 03:36

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Que no es posible. Que los felinos se atraen como imanes. Que por alguna razón mística obedecen a la naturaleza y se unen con sus iguales aún en el intrincado y pestilente crisol de los olores humanos de la urbe. Que terminó llegando a las cercanías porque supo que en los metros cuadrados donde vivo amamos a los gatos.

   Las primeras veces que lo vi fue de la cintura hacia los cuernos traseros que formaban sus huesos ilíacos; era como un cadáver cubierto de pelos. Color amarillo de un pálido de inanición. Su terror y estado de alerta no alcanzaba a soportar siquiera que me acercara a ver quién andaba tratando de robarse la comida del otro gato entenado, un negro esquelético que llegó a causar lástimas el invierno pasado y ahora vive en el techo de mi casa.

    Este era peor: Viejo, un cascajo por cuerpo, hambre desde sus antepasados.

Lo maravilloso fue catalogarlo como un superviviente, porque finalmente al lograr verle el rostro –después de dos o tres semanas de ponerle las sobras de todo en un plato viejo y en el techo- comprendí que era un gato que peina canas. Muy anciano.

   Quién sabe qué alma despiadada lo habrá tirado a la basura, de bebé o ya adulto. Quién sabe qué comió durante años, antes de llegar a mi techo.

En algún momento de sus tiempos de ladrón, porque se metía al patio a buscar sobras con una habilidad de agente secreto, a lo Tom Cruise, le vimos su cachete izquierdo, atravesado por un tajo que le llegaba hasta la parte baja de la mandíbula. Una herida abierta que nunca le ha cerrado y por lo visto, nunca curará.

   Lleva varios meses cerca nuestro. Habita en los rincones del armatoste que alberga el tinaco; se guarda del viento nocturno junto a los aparatos que evitan nuestra muerte por calor en el verano. Se duerme sobre la malla que cubre la cochera, se esconde como puede mientras espera ansioso que le ponga de nuevo el plato con sobras en el lugar acostumbrado.

   Es en esos momentos, mientras espera su comida, cuando ya logré que me vea de frente y no sienta terror por mi presencia. Tiene una mirada fija y tristísima. No es de agradecimiento; ni siquiera de curiosidad. Hay una indiferencia profundamente dolorosa en sus ojos. Y un indudable y grandísimo sentimiento de derrota.

   Su almita ya no tiene remedio. Su mirada no cambiará. Pero no se ha muerto por la herida, y además ha engordado un poco. Tiene menos frío por las noches porque le armé un nido de trapos viejos en un rincón donde se siente a salvo y ahí se acurruca cuando la noche enfría. Está en casa. Encontró un lugar para morir en paz.

   Una mañana de éstas ya no estará. Me pregunto si encontraré su cadáver o escogerá morir en su nido de trapos viejos, como un último gesto de agradecimiento que decida otorgarme por el amor que le he dado y que ha sabido entender con su esforzado y elegante corazón.

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02/07/2008 GMT 7

Tierno y discreto

parsyfal @ 09:16

                     Mi gatito que murió envenenado, el día 26 de junio, 2008

En el paso de estos días en llamas, la muerte me visitó de nuevo.

Nos hemos hecho amigas. No me preguntes cómo; ella –claro- no habla. Sólo lo sé, porque ya no le temo.

    Me ha sorprendido tantas veces con descuido… unas porque no la esperaba, otras porque no quería que llegara. Lo primero que aprendí es que su voluntad es definitiva. Se la puede echar atrás a empujones, se la puede ignorar o intentar conjurar con rezos y súplicas a Dios. Ella puede ser compasiva a veces y concedernos la gracia de engañarnos un tiempo.

    Pero siempre llega. No le queda otro remedio.

    Cuando veo la paz de los rostros muertos, comprendo que la muerte es una amiga. Que se lleva a esos seres porque los ama. Hacia el descanso, hacia el olvido, hacia otros espacios donde no duela tanto existir.

    Si seremos cenizas, las cenizas no sienten. Si seremos polvo de luz, o luz a solas, la existencia no tiene tiempo ni ocupa espacio. Si seremos conciencias recibiendo el consuelo del Sumo Bien, mientras cruzamos de nuevo la línea hacia la vida, la tarea es eterna y seguro es hacia la perfección.

 

¿Y qué ocurre con las vidas silenciosas que se apagan? ¿Qué es la muerte para esos bichitos de pelusa suave, que saben amarnos y reír en juegos?

¿Por qué se dejan acariciar y amar… y además corresponden? ¿Serán ellos ceniza? ¿Sólo polvo subsumido en el tamaño de la Tierra?

    ¿Cómo explicar su mirada de asombro? ¿Cómo la de la felicidad?

    Quién decretó su vida y para qué… y por qué la muerte amiga tiene también que recoger su vida, algún día lo entenderé.

    La muerte es mi amiga y no le temo. Acepto que estruje mi garganta y las lágrimas me lleguen y duela el pecho tanto… lo acepto.

    Después de todo, a la pobre, no le queda más remedio que llegar.

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09/01/2008 GMT 7

Un hogar

parsyfal @ 11:53

gatoenlaluna.jpgLlegó en silencio y como a su destino final. No preguntó si era bienvenido; lo dio por hecho. Así son los de su especie… se saben dignos de elogio por su belleza; conocen el alcance de su poder de seducción.

    De todas formas, muy desenvuelto no era. Se apartaba, muy desconfiado, ante cualquier intento de caricia. Luego, después de la huída y apostado en un lejano rincón, miraba a su persecutor intensamente, como inquiriendo el sentido de la vida.

     No me inquietaba. Se veía entero, sin debilidades, seguro de su soledad y sin temor al desamparo. Lo dejé ser, pasear cerca, mirarme sin recato, sentirse mi dueño. El era en su silencio y yo en el mío.


    Una noche de tantas, la temperatura empezó a bajar… y después de otra, a bajar más. Lo veía durante el día en una posición enjuta, aterida, tembleque. Varios días después, la desesperación le hacía buscar un hueco para entrar, para escudriñar el origen de los aromas apetecibles que salían de mi refugio. Fue rechazado violentamente. No por mí, sino por otros, ésos que se entrometen en la vida ajena y no la respetan.

    Las mañanas posteriores casi con escarcha y él buscando el sol recién nacido, casi flaco, herido de la cara –una tajada enorme, de oreja a mandíbula y sangrando- le transformaron para los días navideños, cobrando un aspecto patético. Solitario, sin quejarse, mirando de lejos siempre y con los ojos muy abiertos, consiguió calladamente y poco a poco, horadarme el corazón.

    Hizo en él un hueco pequeño y oscuro que se llenó de una compasión insoportable. Empecinado en permanecer allí, mirando por las ventanas, en la orilla del techo, en los alrededores del patio… empecinado en mirarme fijamente, en subrayarme su hambre y su dolor, logró sembrarme la culpa.

    Un día encontré un trapo de algodón que podría darle calor por las noches. Otro, di con un cuenco mediano, donde servirle las sobras de los otros huéspedes de la casa. Como la dignidad ya le había abandonado, las devoró sin recato. Un trasto de cristal con agua; una casita de cartón del tamaño de su desdicha, completaron la mansión.

    Allí vive, en el jardín de enfrente. La herida ha cicatrizado, le ha dejado el aspecto de un maleante callejero. Sus ojos han perdido brillo, su corazón olvidó la libertad. Vive en la superficie de un metro cuadrado; no se aleja de su casa de cartón, ni de su cuenco de alimentos –surtido dos veces al día por mis manos- o su pomo de agua. Tendrá miedo, quizás, de perderlo todo si se aleja.

    Eso sí… ya no vive en silencio. Empezó a hablar conmigo hace unos días, me cuenta tristezas, me pide amor y no tengo más remedio que dárselo, porque negar el amor es, quizás, el único pecado que Dios no perdona.

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