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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Julio 2009

26/07/2009 GMT 7

Bailar Samba

parsyfal @ 09:52

black-beauty.jpg

Por razones de barbarie cultural, a esta altura de nuestro tiempo se considera que bailar es algo más de mujeres que de hombres. Lo cierto es que, seguramente, los primeros bailarines fueron varones; los chamanes por ejemplo.

   Los hombres primitivos bailaron a los dioses, ante la naturaleza para dominarla, ante la guerra para invocar la victoria.

   Las mujeres fueron puestas a bailar para la fertilidad, para el erotismo o simplemente lucirse ante los hombres y atraerlos.

   Ver bailar a un hombre en el siglo XXI, sobre todo en espectáculos armados, es muy raro. Dígase hombre pues, sin que aparezcan dudas, al verlo moverse, sobre su identidad sexual.

 

Tengo un maestro de samba, cuyo origen brasileiro y raza negra le dan autoridad para traer hasta la sala de ejercicios el carácter de su nación y su habilidad innata para la armonía de movimientos, para el ritmo que lleva en la sangre. (POR SUPUESTO que no es el de la foto, no le faltaría así al respeto)

   Es un hombre que se gana la vida enseñando los bailes folklóricos de su patria para mantener a su familia. Nos ha transmitido poco a poco la seriedad de su oficio y nos retrata con palabras de suave seseo –habla portugués por supuesto- las escenas de fiesta que lucen en forma espectacular la identidad en su enorme país.

   Además, claro, de la diversión que regala a las mujeres que seguimos sus vueltas en redondo, los saltos, los círculos con la cadera y ah, ese mover las piernas a una velocidad que requiere músculos duros…

   Uf. Bailando samba se comprende por qué los cariocas tienen esos cuerpos fenomenales. Cualquier día los alcanza uno…

Este link es una pequeña muestra de esas danzas.

 http://www.youtube.com/watch?v=Z53_AKBpJBI

Y este otro, lo puse de puro gusto y para honrar a una cubana que es una versión bonita y mucho más alegre de Paquita la del Barrio (también lo he bailado en clase)

http://www.youtube.com/watch?v=8PF6SNDbQYk

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20/07/2009 GMT 7

Sevilla

parsyfal @ 08:16

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Nunca basta el tiempo para conocer una ciudad que nos enamora. Mucho menos aquella que amamos durante mucho tiempo sin conocerla, porque la leemos, porque la sentimos en la literatura.

   Sevilla es la ciudad alrededor de la cual ocurre la tragedia de “Carmen”, escrita por Próspero Merimèe, y a orillas del Guadalquivir, río que la cruza, se encuentra la Torre del Oro, un fortín donde los españoles imperiales guardaban el valioso metal al descargarlo de los barcos procedentes de sus dominios.

   Sin embargo, la leyenda que me atrapó en la infancia dice que en la famosa Torre, en tiempo inmemorial, estuvo encerrada una dama de cabellos “de oro”, de la cual estaba enamorado el rey Don Pedro.

   ¿Por qué –pienso ahora- en una zona de España de dominio fundamentalmente árabe, donde se respira su arquitectura, costumbres y huellas de morena fisonomía, el rey se enamoró de una rubia? Cosas de hombres, ¿eh?

   Pues la dama en cuestión era casada y su hombre fue enviado a la guerra. Ella se encerró en un convento para guardarle fidelidad y el rey, obsesionado, la puso en la Torre, esperando consintiera en brindarle sus favores, pues la casta señora se negaba a entregarse. Fue tal su resistencia que se cortó los dorados rizos y tenía planes de arrojarse vidrio en la cara para ponerse fea.

   Don Pedro, furioso por sus intenciones, la tomó a la fuerza. Ella fue liberada después de eso (claro) y murió de tristeza en el convento. Cuando su esposo volvió, como venganza se alió con un medio hermano de Don Pedro y luchó contra él hasta derrotarlo y despojarlo de su reino.

   Eso dice la leyenda, claro. Pero en verdad, en la Torre se almacenaba oro. El Guadalquivir aún corre por el centro de Sevilla, hermosísima, cuya catedral tiene el retablo de oro más grande del mundo y dentro de ella se encuentra la tumba –ni más ni menos- de Cristóbal Colón.

   La capital de la provincia de Andalucía, al Sur de España, es también un regalo de floritura en bordado de trajes típicos hechos en tela con lunares en colores de contraste, olanes y peinetas, mantones y abanicos pintados a mano. Es la capital mundial del toreo, donde tomó la alternativa para ser torero el famosísimo “Manolete”, pero esa es otra historia.

   Esta ciudad es el centro del universo en procesiones religiosas durante la Semana Santa, los palios adornados profusamente que forman el cuerpo de los desfiles, forrados con láminas de oro y una magnificencia que quita el aliento, están resguardados en las enormes iglesias góticas que allí abundan, para ser lucidas en la calle sólo un par de días al año.

   Sí, lo morisco, lo recio y profundo de la religión Católica que fue heredada por los españoles a los americanos, la pasión del ánimo y una prisa inexplicable que los andaluces llevan por dentro y por fuera (todo lo hacen correteados por no sé qué demonio), enamora definitivamente.

   Habrá que volver también… una vida de éstas.

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 Interior de la catedral de Sevilla, ante la tumba de Cristóbal Colón.

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10/07/2009 GMT 7

Honrarás a tu padre y a tu madre

parsyfal @ 13:47

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Quiero seguir con las fotografías histéricamente Históricas. ¿Por qué será?

   Es escalofriante cuando se empieza a mirar al pasado y el futuro no inspira atención. Después de todo ya no queda mucho por aprender, salvo entrenarse para ayudar a que la Tierra no se desgaste más, y aguantar el paso veloz de la tecnología.

   Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, que ahora son cinco con el Calentamiento Global (vaya chiste malo) están en marcha y si es necesario, peregrinaremos como los israelitas cuando salieron de Egipto, a buscar espacios de supervivencia.

   Pero mirar al pasado alivia de ese futuro violento e interesantísimo, pero ya demasiado acelerado para nuestra resistencia y después de todo, que lo resuelvan los que vienen detrás.

   Ese día ella llevaba un abrigo color café que me parecía maravilloso porque tenía unos puños largos y elegantes, de terciopelo en un tono más oscuro. Sus zapatos eran de collar en el tobillo, también color café y entramados, con un tacón grueso y sexy que hoy se usa igual. Increíblemente en ese entonces era la moda. Andaba contenta ese día, el paseo, ahora sí que del pueblo a la Capital, había requerido casi dos días y dos noches enteras para llegar, en el entonces Ferrocarril del Pacífico. “Vamos a ir a México”, me había dicho ella una semana antes, como en secreto, con un júbilo que me contagió.

   Viajamos en cabina con un medio baño, servicio de camarero, carro restorán y un vaivén suavecito que dejaba ver por la ventana y en calma los paisajes más inverosímiles; desde terraplenes desérticos en el Sur de Sonora. hasta selvas impenetrables en Nayarit. Llegamos a la Capital y nos instalamos en elegante hotel

   Ella llevaba su bolso bien sujeto entre su brazo y el costado: “Es que dicen que aquí te roban”, fue su respuesta al preguntarle por qué aquel miedo.

   ¿El? Un traje a rayas negro que le gustaba presumir en sus mejores momentos. Sombrero de fieltro y zapato reluciente. Yo, bueno… un abriguito azul claro cuyo color indeciso no me satisfacía, y un vestido insulso color blanco grisáceo de flores rojas bordadas. Asustada, claro… ellos tan elegantes y yo hecha un ratón aterido.

   Paseábamos por La Alameda, acabábamos de ver el Hemiciclo de Juárez y desde luego el Palacio de las Bellas Artes. En ese parque – en aquellos días poblado de pocos transeúntes, tranquilo el día, con sol generoso; autos abundantes, pero en cantidades tolerables- trabajaban todavía aquellos fotógrafos cuya cámara era una caja negra enorme y, cabeza cubierta con manto negro, tomaban la foto a la de tres y cuidado con respirar.

   Ese día fue fenomenal. Me tomó ella una foto sentada en uno de los leones del Hemiciclo y yo me suponía una artista de cine. Nos sentimos del Jet Set. Domingo familiar, estrecho, amoroso, contento… ese día fui feliz. Muy poco se ha vuelto a repetir en mi vida esa sensación de importancia y de certeza de ser amada.

 

 

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