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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Junio 2009

22/06/2009 GMT 7

TÚNEZ

parsyfal @ 09:46

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Fue sentir, como al principio de mi toma de conciencia, cuando abandonas la niñez y te diferencias de los niños por las curvas de tu cuerpo que empiezan a marcarse, que allí ser mujer es vivir en otro mundo, distinto al que “es”, al que realmente importa.

   Las mujeres vestían uniforme negro, es decir “chilabas” sencillas de manga ancha y hasta el puño y unos velos libres al viento que no dejaban ver ni siquiera un poco de su figura o su cabello. Sólo los rostros.

   Algunas chicas muy jovencitas, estudiantes de nivel básico, iban vestidas casi a la manera occidental, con ropa juvenil, pero también oscura y con brazos y piernas cubiertos. Piel de cuerpo de mujer no se veía.

   El guía que nos llevó a ver todos los rincones de Túnez, la capital del país del mismo nombre (tres y medio millones de habitantes, dijo), aseguró que las mujeres allí tienen los mismos derechos que en el mundo occidental y sin embargo las calles estaban pobladas de hombres en un noventa por ciento y las pocas mujeres iban acompañadas o cubiertas de cabeza a pies.

   Mejor no indagar si es cierto o no eso de las mujeres ¿para qué? Solas saben defenderse, ellas van encontrando su camino; en ese mundo de idioma musical, árabe delicioso, de “jota” aspirada, de flujo sin consonantes fuertes, de mujeres bellas pero igual hombres hermosos, guapísimos…

   Yo conocía por árabes a unos entes barbudos, repulsivos, sudados bajo su ropa de hilachas y que todos eran (y son, probablemente) verdugos de las mujeres. Sin embargo allí vi otro tipo de hombres, altos y limpios, morenos y sonrientes, de ojos negros profundos, entregados al trabajo laborioso entre la conversación inacabable (diosmío cómo hablan).

   Me topé con una mujer, joven y muy hermosa aunque sólo vi su rostro bien maquillado. Llevaba una chilaba negra –claro- con puños bordados con hilo dorado, pulseras abundantes, el filo inferior de su vestido también era adornado y la tela del mismo tenía un brillo discreto, como de seda. Fue una visión fantástica que no puedo olvidar.

   ¿Algo más que no pueda olvidar? Ah, sí. Que me subí a un camello. Que en los barrios de Túnez las casas son blancas con rejas y balcones de un azul como el cielo del desierto, porque el blanco repele el calor y el azul los insectos. Que compré un perfume de extracto de limón que, aplicado bajo la nariz y en las sienes hace un efecto estimulante que disipa el cansancio… así me lo vendieron y aunque los árabes son capaces de vender a su madre al diablo basándose en mentiras, ¡es cierto! La esencia de limón muy concentrada, es estimulante.

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Casas blancas contra el calor, rejas azules contra los insectos...

 

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En un camello, ajá. (Qué simple soy, pero fue bien retedivertido)

(LA MUCHACHONA GUAPA QUE ME ACOMPAÑA ES MI HIJA BEATRIZ)

 

05/06/2009 GMT 7

Barcelona

parsyfal @ 20:19

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Esta vez lo vi de día. El monumento a Cristóbal Colón, al final de la Rambla. La primera vez el Mediterráneo quizás acaparó más mi atención por el reflejo melancólico de la luna en su azul profundo. Esa vez fue una mole de acero negra y con reflejos metálicos, de la cual salían alas de ángeles y en cuya base rugían leones suavemente, como jugando.

Ahora le pegaba en pleno la luz del sol. Su maravilla no tiene fin. Está en ella la historia del descubrimiento de las tierras nuevas que dieron a España la época más luminosa de su Historia, la base prodigiosa para construir su imperio.

Pude acercarme allí, bajo un sol suave, con la brisa en paz y los visitantes aún en poco número, para abrazar a los leones de su plataforma y contemplarlos, abrazarlos, mimarlos mientras me daban, una vez más, la bienvenida a un país que inundó mis años niños con la imaginación, en la tranquilidad del oasis insustituible del hogar paterno.

Barcelona no es, por criminal que pueda sonar, lo que más me gusta de lo poco que aún conozco de la Madre Patria. Tiene espacios llenos de un color y unas florituras arquitectónicas prodigiosas, que adoran la naturaleza gracias al genio de Antonio Gaudí. La Sagrada Familia, la catedral inconclusa que con sus líneas modernistas se encuentra a choque con el Medioevo y su casi un siglo de espera para ser terminada…  su desaforado amor a Dios, que nos confunde el ánimo, no deja de crear un manantial de angustia estética que no se calma fácilmente.

 

Montjuic, la Barceloneta, el cocodrilo luminoso de Parc Güel, todos los tesoros que allí están tienen un encanto particular y al final uno se pierde en la multitud para adorar la ciudad como lo hace el mundo entero, en el bullicio políglota que la caracteriza.

 

Sin embargo… no, Barcelona no es lo que más me gusta del apenas pedacito que conozco de España. Ahora tengo obsesión por la catedral de Sevilla, que tuve el gusto y la estética desgracia de conocer; allí descansan, precisamente, los restos del descubridor de “Las Indias”. Tendré que volver también, supongo, a ver si puedo desentrañar su espíritu monumental. Tal vez tenga que ser en mi siguiente vida, quizás en cien años y no tengo prisa, porque estoy segura que aún estará allí.

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El cocodrilo de color; inverosímil como todas las maravillas lo que construyó  Antonio Gaudí

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