Luz para la dicha
Mágico, alucinante, un encantamiento… eso ha sido siempre para mí contemplar los brillos de colores. Nada original, ¿eh? A todo el mundo le pasa, aunque nadie lo expresa: Se considera “cursi”, de gusto pobretón, barato.
Brillo elegante, el de los diamantes, dicen: Un caleidoscopio de luz blanca con matices del arcoiris, de tamaño discreto y bailando el la mano de una mujer con dinero (eso sí es “barato” digo yo).
Brillos de colores tenían los aretes de cinco pesos que compraba en mi adolescencia. Es cierto que no me atrevía a ponérmelos para no llamar la atención sobre mi cara, que nunca sentí bonita. Los atesoraba, los coleccionaba, compraba y compraba; el momento mejor era al escogerlos en el mercado y contemplarlos contra la luz.
Después coleccioné prendedores con brillitos. Luego, pulseras y dijes. Todo lo guardaba, siempre el brillo en mi humanidad me ha parecido exagerado; uso un poquito aquí y allá nada más. ¿Por qué, si encuentras –los brillos- en cada rincón de cada tienda de baratijas del universo? Y las joyerías son paraíso para la mirada, con sus aguamarinas, los zafiros, rubíes, bué… hasta las humildes circonias son maravillosas si les da adecuadamente la luz.
Ver los brillos me hace feliz. De colores… muchos colores. Como quizás gozan todos los niños del mundo, por esa atracción natural hacia el color y la luz que todos tenemos.
¿Será porque así es el Paraíso, es decir el Hogar Supremo, la Casa de Todos? Debe ser… No en balde las estrellas “brillan” y titilan. No es gratuito que Dios decidiera que nuestros ojos percibieran el cielo “tachonado de estrellas” como dice todo el mundo, sólo durante la noche, cuando el espíritu se guarda a sí mismo en la contemplación.
No es por nada que esas estrellas brillan como diamantes en número infinito, y nos idiotiza imaginar la inmensidad eterna en la que flotan. Tampoco es una casualidad que el Universo esté plagado de masas de polvo cósmico de colores alucinantes, supernovas que la imaginación no alcanza a concebir, galaxias que parecen cofres llenos de las joyas más preciosas que Dios inventa.
Los brillos de colores deben invadir asimismo el microcosmos… quién pudiera esperar a que la tecnología nos lleve hasta allí, para deleitarse también allí los infinitos brillos de colores con que el dedo de Dios decidió sorprendernos, cuando seamos lo suficientemente humildes para simplemente respetar tanta belleza, aunque no seamos capaces de comprenderla.



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