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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Noviembre 2008

28/11/2008 GMT 7

Madrugar al fracaso

parsyfal @ 01:22

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Si he de contarte la verdad, aquello era la peor parte de mi día: Despertar a las cinco de la mañana y tomar conciencia de mi deber: Levantarme a morir de frío, arreglarme casi a oscuras para no despertar a mis primos, tíos y demás… salir con la mañana aún muy oscura para estar antes de las seis en la esquina de la parada del camión.

   Si lograba tomarlo pronto viajábamos cuarenta minutos a golpeteo total, entre calles empedradas y postes cuyos focos despedían una luz amarilla, melancólica y que inspiraba al bostezo. Poco a poco la ciudad cobraba cemento y postes con luz blanca hasta la esquina donde había que bajar. El día no clareaba todavía, eran las mañanas de enero.

 

   Después del último escalón del camión empezaba lo peor de la jornada: Caminar muchas cuadras con los últimos veinte minutos disponibles, casi al trote, abrigada como esquimal y entre la neblina muchas veces, por la orilla del estadio universitario, cuya bocaza de monstruo me sugería un tsunami a punto de aplastarme. Invariablemente, durante aquellos minutos interminables atravesando el frente del estadio, el horror me perseguía. Y no por el tsunami, sino porque eran instantes cruciales para no llegar tarde a la clase de Química.

   El maestro cerraba la puerta a las siete en punto. Ni un segundo más, ni uno menos. Parecía un cuento de hadas para él, imagino… y para sus alumnos era un reto terrorífico y (muy supuestamente) didáctico cuya arma para vencer era simplemente… pues no dormir, supongo. O quizás llevar un saco de dormir para acomodarse toda la noche en el pasillo junto a la puerta del salón; o quizás tener alas o teletransportarse a voluntad para alcanzar los cinco minutos antes de la hora cero. Porque lograr el milagro de que el camión fuera puntual no estaba en nuestras manos; tomar el de 20 minutos antes… pues, por eso… implicaba no dormir y en los años adolescentes dormir poco era un absurdo.

   Era un galimatías irresoluble y te digo: El estadio era una bocaza de monstruo que devoraba mis esperanzas de ser puntual. Siempre.

   Sin embargo todo era pura paranoia; la mayor parte de las ocasiones llegué a tiempo, pero cuando no lo lograba, envidiaba profundamente a quienes sí lo conseguían: Y eran, claro, la mayoría… Jorge Puig por ejemplo; el incomparable “Huevo” por supuesto, Lydia sin duda alguna, Roberto… uy, por favor no te atrevas a dudar; y la bonita Lourdes, siempre organizadísima y ultra-recontra-seria.

   Alguna vez Miguel Angel Camacho y yo nos quedamos fuera. El se enfureció y yo me sentí totalmente perdida en el Universo, miserable como el inmortal Gregorio Samsa convertido en cucaracha. En una ocasión uno de los retardados duró 15 minutos tocando la puerta con furia y el maestro jamás abrió. Yo estaba dentro, para mi fortuna. No lo digo por el compañero, sino porque pude ver la cara del maestro: Dio la clase sobre el ruido y con gesto azorado, pero ánimo implacable.

   Todavía no comprendo aquella norma terrible que aquel maestro impuso a interminables generaciones de Ingenieros Químicos que pasaron por sus garras… digo, por su aula. Logró méritos increíbles con el tiempo; como no faltar jamás y nunca en su vida anotarse un retraso: Predicaba pues, con un inmaculado ejemplo. Así que hoy resulta políticamente incorrecto reprocharle nada a su recuerdo, pero me atrevo porque este rincón del universo cibernético casi nadie lo lee.

   Yo nunca pasé su clase. Una vez llegué al 59, pero no me quiso regalar el centésimo. Aprendí muchísimo, eso sí… noches en vela pasé repitiendo sus ecuaciones, los reactivos, las valencias, las oxidaciones y las arañas. Me volví experta. Cuando cambié de residencia a seguir la carrera en otro Estado, me inscribí en Química desde el primer curso, porque era la única materia en la cual llevaba, mi boleta, cuadrito en blanco; en el examen semestral saqué 95, pero no me supo a nada. Ya no tuvo chiste, porque ni aquel maestro ni mis antiguos compañeros lo supieron jamás.

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23/11/2008 GMT 7

Que no puede ser...

parsyfal @ 03:36

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Que no es posible. Que los felinos se atraen como imanes. Que por alguna razón mística obedecen a la naturaleza y se unen con sus iguales aún en el intrincado y pestilente crisol de los olores humanos de la urbe. Que terminó llegando a las cercanías porque supo que en los metros cuadrados donde vivo amamos a los gatos.

   Las primeras veces que lo vi fue de la cintura hacia los cuernos traseros que formaban sus huesos ilíacos; era como un cadáver cubierto de pelos. Color amarillo de un pálido de inanición. Su terror y estado de alerta no alcanzaba a soportar siquiera que me acercara a ver quién andaba tratando de robarse la comida del otro gato entenado, un negro esquelético que llegó a causar lástimas el invierno pasado y ahora vive en el techo de mi casa.

    Este era peor: Viejo, un cascajo por cuerpo, hambre desde sus antepasados.

Lo maravilloso fue catalogarlo como un superviviente, porque finalmente al lograr verle el rostro –después de dos o tres semanas de ponerle las sobras de todo en un plato viejo y en el techo- comprendí que era un gato que peina canas. Muy anciano.

   Quién sabe qué alma despiadada lo habrá tirado a la basura, de bebé o ya adulto. Quién sabe qué comió durante años, antes de llegar a mi techo.

En algún momento de sus tiempos de ladrón, porque se metía al patio a buscar sobras con una habilidad de agente secreto, a lo Tom Cruise, le vimos su cachete izquierdo, atravesado por un tajo que le llegaba hasta la parte baja de la mandíbula. Una herida abierta que nunca le ha cerrado y por lo visto, nunca curará.

   Lleva varios meses cerca nuestro. Habita en los rincones del armatoste que alberga el tinaco; se guarda del viento nocturno junto a los aparatos que evitan nuestra muerte por calor en el verano. Se duerme sobre la malla que cubre la cochera, se esconde como puede mientras espera ansioso que le ponga de nuevo el plato con sobras en el lugar acostumbrado.

   Es en esos momentos, mientras espera su comida, cuando ya logré que me vea de frente y no sienta terror por mi presencia. Tiene una mirada fija y tristísima. No es de agradecimiento; ni siquiera de curiosidad. Hay una indiferencia profundamente dolorosa en sus ojos. Y un indudable y grandísimo sentimiento de derrota.

   Su almita ya no tiene remedio. Su mirada no cambiará. Pero no se ha muerto por la herida, y además ha engordado un poco. Tiene menos frío por las noches porque le armé un nido de trapos viejos en un rincón donde se siente a salvo y ahí se acurruca cuando la noche enfría. Está en casa. Encontró un lugar para morir en paz.

   Una mañana de éstas ya no estará. Me pregunto si encontraré su cadáver o escogerá morir en su nido de trapos viejos, como un último gesto de agradecimiento que decida otorgarme por el amor que le he dado y que ha sabido entender con su esforzado y elegante corazón.

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19/11/2008 GMT 7

Acerado espejo

parsyfal @ 11:43

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En estos ojos, como con la sonrisa de la niña en “Self pity”, encontré un espejo. Es el dolor que une a todas las mujeres, pero también a todos los hombres.

   El dolor de las mujeres se expresa, se llora, lo conocemos aunque nada podamos hacer para evitarlo; pero materializarlo lo exorciza con frecuencia. El sufrimiento de los hombres se esconde, se pudre en la profundidad de su pensamiento y corazones; frecuentemente se convierte en odio.

   El sufrimiento tiene un gran sentido. Es la única forma de avanzar en el aprendizaje de la vida. ¿Pero por qué tenemos que “aprender” la vida?

    Cuando empecé a ir a la escuela, recuerdo que lo maravilloso era estar en la misma habitación con muchos niños. La maestra era una montaña de carne blanca y cálida; de ojos mansos y voz según esto autoritaria.


   Nada tuvo de difícil aprender la “i”, los números, a leer “papá” o “conejo”. De ahí en adelante la escuela nunca fue desagradable; tal vez sí difícil, pero siempre era un reto irrenunciable que despertaba el valor y obligaba al avance.

   El aprendizaje de la vida es un cúmulo de experiencias, una especie de Frankenstein por cuyas venas circulan lágrimas y se alimenta con el dolor humano. Sólo se aprende sufriendo. Aún a la felicidad se llega por un camino de espinas; de otra forma no podemos apreciarla.

   Adán y Eva eran unos muñecos inútiles. La Humanidad comenzó a evolucionar cuando ellos dejaron el Paraíso. Todos sus hijos somos exiliados de Dios, que emprendimos un camino sin retorno junto a nuestros Padres Primeros.

   En el otro extremo está Dios y, durante el viaje, se nos forma esta mirada de acero y tristeza, pues sólo así sobrevivimos.

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