Madrugar al fracaso

Si he de contarte la verdad, aquello era la peor parte de mi día: Despertar a las cinco de la mañana y tomar conciencia de mi deber: Levantarme a morir de frío, arreglarme casi a oscuras para no despertar a mis primos, tíos y demás… salir con la mañana aún muy oscura para estar antes de las seis en la esquina de la parada del camión.
Si lograba tomarlo pronto viajábamos cuarenta minutos a golpeteo total, entre calles empedradas y postes cuyos focos despedían una luz amarilla, melancólica y que inspiraba al bostezo. Poco a poco la ciudad cobraba cemento y postes con luz blanca hasta la esquina donde había que bajar. El día no clareaba todavía, eran las mañanas de enero.
Después del último escalón del camión empezaba lo peor de la jornada: Caminar muchas cuadras con los últimos veinte minutos disponibles, casi al trote, abrigada como esquimal y entre la neblina muchas veces, por la orilla del estadio universitario, cuya bocaza de monstruo me sugería un tsunami a punto de aplastarme. Invariablemente, durante aquellos minutos interminables atravesando el frente del estadio, el horror me perseguía. Y no por el tsunami, sino porque eran instantes cruciales para no llegar tarde a la clase de Química.
El maestro cerraba la puerta a las siete en punto. Ni un segundo más, ni uno menos. Parecía un cuento de hadas para él, imagino… y para sus alumnos era un reto terrorífico y (muy supuestamente) didáctico cuya arma para vencer era simplemente… pues no dormir, supongo. O quizás llevar un saco de dormir para acomodarse toda la noche en el pasillo junto a la puerta del salón; o quizás tener alas o teletransportarse a voluntad para alcanzar los cinco minutos antes de la hora cero. Porque lograr el milagro de que el camión fuera puntual no estaba en nuestras manos; tomar el de 20 minutos antes… pues, por eso… implicaba no dormir y en los años adolescentes dormir poco era un absurdo.
Era un galimatías irresoluble y te digo: El estadio era una bocaza de monstruo que devoraba mis esperanzas de ser puntual. Siempre.
Sin embargo todo era pura paranoia; la mayor parte de las ocasiones llegué a tiempo, pero cuando no lo lograba, envidiaba profundamente a quienes sí lo conseguían: Y eran, claro, la mayoría… Jorge Puig por ejemplo; el incomparable “Huevo” por supuesto, Lydia sin duda alguna, Roberto… uy, por favor no te atrevas a dudar; y la bonita Lourdes, siempre organizadísima y ultra-recontra-seria.
Alguna vez Miguel Angel Camacho y yo nos quedamos fuera. El se enfureció y yo me sentí totalmente perdida en el Universo, miserable como el inmortal Gregorio Samsa convertido en cucaracha. En una ocasión uno de los retardados duró 15 minutos tocando la puerta con furia y el maestro jamás abrió. Yo estaba dentro, para mi fortuna. No lo digo por el compañero, sino porque pude ver la cara del maestro: Dio la clase sobre el ruido y con gesto azorado, pero ánimo implacable.
Todavía no comprendo aquella norma terrible que aquel maestro impuso a interminables generaciones de Ingenieros Químicos que pasaron por sus garras… digo, por su aula. Logró méritos increíbles con el tiempo; como no faltar jamás y nunca en su vida anotarse un retraso: Predicaba pues, con un inmaculado ejemplo. Así que hoy resulta políticamente incorrecto reprocharle nada a su recuerdo, pero me atrevo porque este rincón del universo cibernético casi nadie lo lee.
Yo nunca pasé su clase. Una vez llegué al 59, pero no me quiso regalar el centésimo. Aprendí muchísimo, eso sí… noches en vela pasé repitiendo sus ecuaciones, los reactivos, las valencias, las oxidaciones y las arañas. Me volví experta. Cuando cambié de residencia a seguir la carrera en otro Estado, me inscribí en Química desde el primer curso, porque era la única materia en la cual llevaba, mi boleta, cuadrito en blanco; en el examen semestral saqué 95, pero no me supo a nada. Ya no tuvo chiste, porque ni aquel maestro ni mis antiguos compañeros lo supieron jamás.

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