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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Agosto 2008

31/08/2008 GMT 7

Lila y yo

parsyfal @ 11:04

                        lila-y-yo.jpg

 

Eramos cuatísimas. Juntas, para donde quiera.

   Aparte de que nos caímos bien lueguito, por nuestro carácter abierto y bien dispuesto para la vida, las mujeres aspirantes a ingenieras en aquellos años éramos una especie emergente, algo así como mutantes; así que nos ayudábamos, nos reconocíamos, sabíamos que la empresa era a contrapelo y el reto muy grande.

    Hubo muchas cosas que nuestros queridos compañeros nunca nos dijeron con todas las palabras, pero se entendían en el silencio: Que no debíamos ser más listas que ellos; que llevarse demasiado con los amigos, era muy peligroso para la reputación; que lo traviesas o reventadas quedaba nomás entre nosotras.

   Siempre estábamos juntas, en la escuela y fuera de ella. Que si nos sentábamos casi siempre una enseguida de la otra en las aulas; que si nos íbamos a vagar al centro de la ciudad; que si estudiábamos toooooda la noche para el examen de matemáticas o de química y llegábamos igual, con ojos de vampiro a presentarlo, al otro día.

   En primer año, en el grupo, éramos cinco chicas, entre una multitud como de cuarenta hombres. Pequeño porcentaje. No recuerdo jamás que alguien nos haya dicho: “Qué bueno que quieren ser ingenieras… ¿y cómo les va si la carrera es para hombres?” Nadie. No se pensaba en eso; pero todo el mundo nos veía como bichas raras.

   Nosotras éramos felices. Curiosamente, el reto nos era natural; estábamos tan seguras de nuestro camino que nunca lo pusimos en duda.

   Nos reíamos de todo y por todo. Lila siempre tuvo mejor sentido del humor que yo. Siempre ha sido más perseverante, más lúcida, más objetiva. Ella sí se graduó de ingeniera.

   El segundo año, de las cinco chicas, quedamos tres. A tercero sólo llegaron Lila y Lourdes. Así que, como llegaron a tercero, pues como dice el dicho, fueron “ingeniero(a)s”.

   Con Lila pasé momentos muy solidarios; hablábamos de los novios, de la pérdida de nuestros papás (varones). Ella de sus hermanos y no de que no los tuve. De los fracasos en Química, porque las dos reprobábamos parejo, aunque en las otras clases íbamos muy bien. Misterioso, ¿eh? A la mayoría nos pasaba igual. Pero bueno…

   Así que Lila (Hernández) se graduó de ingeniera. Yo, no. Me fui por otros senderos. Acabé devorando novelas a destajo y convirtiéndome (según esto) en experta del lenguaje. Supongo que aquellos culebrones que teníamos que hacer para las ecuaciones diferenciales me preparó para la exactitud con que debo ahora construir las frases, o de lo contrario me veo muy malita.

   El tiempo se encargó, entonces, de confirmar aquel valor juvenil a prueba de terremoto con que nacimos, Lila y yo. Aún somos amigas. Nos llamamos entre nos: “Cuata ploma”. Las dos vivimos, después de perdernos de vista de la Carrera de Ingeniería, innumerables penas y contratiempos.

   Y nos seguimos queriendo igual.

   Entonces, ahora que celebran aniversario de la generación: Ingeniera Lydia Hernández e Ingeniera Lourdes Aguirre, les mando a las dos un beso de hermanas, por el valor que hemos tenido las tres ayudando en parte a la tarea de Lillith (luego cuento, a quien no sepa, quién era esa mujer). 

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28/08/2008 GMT 7

Hola desde el mundo

parsyfal @ 02:56

       Aspirantes a Ingenieros Químicos (U. de Guadalajara) 

A Rafael González (in memoriam) 

 

Uno no se imagina, ¿verdad?, que esos momentos de juventud siempre serán mejores que los que siguen. Que las frases alegres alborotando los pasillos de la escuela se las lleva el viento, pero se cincelan en la memoria. Porque esos instantes juveniles se van, infaliblemente, con el tic tac del reloj; pero allí, en aquellos días de sol y carcajadas, no lo sabíamos.

   Uno no se imagina que algunos rostros quedarán preñando los mejores recuerdos de una época difícil, sí, pero siempre hermosa. Rostros de los amigos más queridos, de los compañeros más solidarios.

    Una época difícil porque había que mega-madrugar por el Purgatorio que nos imponía Arturo, el maestro-dictador. Por el frío de hórdago en invierno al bajar del camión, agravado por el desconsuelo de que, si tardábamos tres segundos más de las 7am, la puerta del aula se cerraría sin remedio. Difícil porque el maestro de dibujo se reía de nuestra burricie allá, donde no oyéramos sus carcajadas por los mamotretos tramposos que nos obligaba a hacer en el papel mantequilla.

   Fueron años difíciles porque desde el primer día recibimos una consigna: “El que pasa primero, llega a tercero… el que pasa tercero, es ingeniero”. Qué terror de reprobar. Qué triunfo sacar un seis en química. Qué maravilla atinarle a los resultados del cálculo diferencial. Qué inseguridad sobre las respuestas, en aquellas reglas de cálculo que retaban la vista para definir las micras, muy lejos aún de la maravilla finisecular de la calculadora.

   En aquellos años nunca imaginamos el paraíso que se estaba gestando en el mundo de la cibernética, que regalaría a los futuros ingenieros (y a todos, aunque nos fuéramos a dedicar a la literatura como yo) la libertad infinita que da una computadora y todos sus secretos, para dilatar el intelecto de manera más creativa.

   Fueron años dulces. Estrenamos todos bata blanca y el olor acre del laboratorio de química consolidaba nuestro novato orgullo: “Somos estudiantes de ingeniería”.

   Cómo hace tiempo, Dios mío. Cuánto hemos cambiado todos; cuántos llegaron a la meta y cuántos cambiamos el rumbo, para encontrarnos con otra parte del espíritu, más necesitada de afirmación estética que de ciencia.

   Hace unos meses encontré esta imagen, producto de un clic que detuvo el tiempo. Fue casualmente, en una caja de cartón llena de papeles que ni siquiera eran míos. Fue premonitorio también. Yo no sabía que se estaba convocando a una reunión de aniversario de la Escuela y del recuerdo de nuestra generación de Ingenieros Químicos. Me latió el corazón con fuerza, comprendí que el cariño profundo no cambia con el tiempo. Volví a amar los pasillos de aquel edificio y la tortura de las, pensábamos ingenuamente, dificilísimas clases que teníamos que aprobar. No sabíamos lo que nos esperaba, ¿eh? Ahora se ve claramente: Aquello sí fue felicidad, no pedazos.

   Así que… desde la web les deseo un feliz reencuentro. Recuérdeme como una de las poquísimas chicas que nos adelantamos a nuestro tiempo y tuvimos el valor de soñar con ser ingenieras (se escribe con “a”, queridos). Que los quisimos mucho porque fueron excelentísimos y generosos amigos. Un abrazo desde el ciberespacio y hasta... Siempre.        

 

                      clip_image002.jpg

                                                                                                        

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18/08/2008 GMT 7

Océano blanco

parsyfal @ 15:30

               nubes.jpg   

 

Siempre que la muerte me toca con su güadaña dejándome su huella de sangre en la piel… he volteado hacia el cielo, para buscar la mirada de quien ha partido.

   La primera vez fue por la esperanza de encontrar, paseando por las nubes, la imagen de mi padre, sonriendo e insistiendo en que no llorara. Fueron dos años de vivir con el espíritu vencido, la orientación perdida, los pasos sin rumbo sensato. Pero las nubes nunca me fallaron; siempre había en ellas un resquicio donde yo suponía se encontraba él y me cuidaba.

 

   La segunda ocasión fue infinitamente más sentida, más profunda. En aquellos años miraba obsesivamente al cielo. Era una parte de mí la que había partido; la mitad de mi alma, de mi existencia, de todo mi sentido de vivir. Y tampoco esta vez las nubes dejaron de responder. Incluso me hablaban, tomaban formas hermosísimas para seducirme e insistir en que sí… ahí andaba él, jugando todavía… recogiendo con amor para sí mismo el alma de niño que aún no le abandonaba cuando le ordenaron regresar.

   Hace un par de días pasé por esas nubes, las que albergaron la sonrisa de mi padre y los juegos de él. La luz del sol las hacía ver majestuosas; el pájaro de metal que me llevaba dentro pasó junto a una, dos, seis, un mar de ellas que hacían olas esperándome también, tal vez para jugar.

   Por un instante, le vi. Me saludó sonriente. Era él, como siempre, alerta para consolarme y cuidarme de no caer en los abismos de esta vida. Alcanzó a decirme que no tema a la desesperanza; que el final se acerca y estará conmigo en el momento. Que vivir ha valido la pena.

   Cuando salimos del océano blanco y luminoso, en el increíble artefacto que nos pone en el cielo a rugidos temibles, poderosos… la serenidad había inundado mi frente y corazón. Las dejamos atrás, bajamos a tierra y volvieron a ser manchas grises que ocultaban el sol.

   Su voz me repetía: “No tengas miedo… todo estará bien. Es tu deber sobreponerte al dolor que se te ha destinado; es el único camino para merecer el descanso”.

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