Lila y yo

Eramos cuatísimas. Juntas, para donde quiera.
Aparte de que nos caímos bien lueguito, por nuestro carácter abierto y bien dispuesto para la vida, las mujeres aspirantes a ingenieras en aquellos años éramos una especie emergente, algo así como mutantes; así que nos ayudábamos, nos reconocíamos, sabíamos que la empresa era a contrapelo y el reto muy grande.
Hubo muchas cosas que nuestros queridos compañeros nunca nos dijeron con todas las palabras, pero se entendían en el silencio: Que no debíamos ser más listas que ellos; que llevarse demasiado con los amigos, era muy peligroso para la reputación; que lo traviesas o reventadas quedaba nomás entre nosotras.
Siempre estábamos juntas, en la escuela y fuera de ella. Que si nos sentábamos casi siempre una enseguida de la otra en las aulas; que si nos íbamos a vagar al centro de la ciudad; que si estudiábamos toooooda la noche para el examen de matemáticas o de química y llegábamos igual, con ojos de vampiro a presentarlo, al otro día.
En primer año, en el grupo, éramos cinco chicas, entre una multitud como de cuarenta hombres. Pequeño porcentaje. No recuerdo jamás que alguien nos haya dicho: “Qué bueno que quieren ser ingenieras… ¿y cómo les va si la carrera es para hombres?” Nadie. No se pensaba en eso; pero todo el mundo nos veía como bichas raras.
Nosotras éramos felices. Curiosamente, el reto nos era natural; estábamos tan seguras de nuestro camino que nunca lo pusimos en duda.
Nos reíamos de todo y por todo. Lila siempre tuvo mejor sentido del humor que yo. Siempre ha sido más perseverante, más lúcida, más objetiva. Ella sí se graduó de ingeniera.
El segundo año, de las cinco chicas, quedamos tres. A tercero sólo llegaron Lila y Lourdes. Así que, como llegaron a tercero, pues como dice el dicho, fueron “ingeniero(a)s”.
Con Lila pasé momentos muy solidarios; hablábamos de los novios, de la pérdida de nuestros papás (varones). Ella de sus hermanos y no de que no los tuve. De los fracasos en Química, porque las dos reprobábamos parejo, aunque en las otras clases íbamos muy bien. Misterioso, ¿eh? A la mayoría nos pasaba igual. Pero bueno…
Así que Lila (Hernández) se graduó de ingeniera. Yo, no. Me fui por otros senderos. Acabé devorando novelas a destajo y convirtiéndome (según esto) en experta del lenguaje. Supongo que aquellos culebrones que teníamos que hacer para las ecuaciones diferenciales me preparó para la exactitud con que debo ahora construir las frases, o de lo contrario me veo muy malita.
El tiempo se encargó, entonces, de confirmar aquel valor juvenil a prueba de terremoto con que nacimos, Lila y yo. Aún somos amigas. Nos llamamos entre nos: “Cuata ploma”. Las dos vivimos, después de perdernos de vista de la Carrera de Ingeniería, innumerables penas y contratiempos.
Y nos seguimos queriendo igual.
Entonces, ahora que celebran aniversario de la generación: Ingeniera Lydia Hernández e Ingeniera Lourdes Aguirre, les mando a las dos un beso de hermanas, por el valor que hemos tenido las tres ayudando en parte a la tarea de Lillith (luego cuento, a quien no sepa, quién era esa mujer).

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