Última primavera
Los mediodías de primavera, cuando el verano empieza a tocar la puerta, corre un viento tibio. Acude al oído murmurando advertencias sobre el profundo aburrimiento que traerá el calor. Avisa que se va, que la hirviente realidad del desierto le pisa los talones y tiene que marcharse.
Sin embargo, sigue siendo un viento agradable. Roza el cabello y lo levanta; toca la piel y aún no la quema, como cuando en agosto el sol vierte su ánimo de lava sobre el mundo. Es un viento cómplice, pero aún así, anuncia aburrimiento.
No sé si a ti te ocurra igual; pero el cuerpo pesa tanto a los cincuenta grados, que sólo quieres tirarte al piso y olvidar. Deseas huir a algún lugar donde la vida palpite en las plantas, que lo quemante no derrita su savia, que no te obligue a renunciar a todo, con tal de no sentir calor.
Quizás ese temor al silencio del verano –un silencio provocado por el hundimiento del mundo ante la fuerza del sol- proviene de mis recuerdos. De la quietud de la infancia. Una inmovilidad producto de la prohibición: No te muevas, no te vayas… los adultos duermen la siesta.
En esos ratos comenzaban a cantar las torcaces. Tristemente, claro: Cuúuu-cú… sobre la rama más alta del pino-aguja. Mugían lejísimos las vacas del vecino. Los perros no ladraban, derrumbados bajo las carretas de madera del vendedor de leña. Aún no flotaba el aroma del café tostado de las tardes.
El aire paseaba entre las hojas-aguja, haciéndolas cantar muy suavemente, con una timidez doblegada por la ausencia de rocío.
Ese viento tibio y mediocre, no daba vida; anunciaba el agobio, el encierro entre las brasas sin forma del verano.
Ni siquiera, ese viento que despide la primavera, conduce al único consuelo que ofrece el infierno de julio: Las tormentas. Esas que desmoronan el cielo; que truenan como si el mundo tocara a su fin. Esas lluvias que dejan caer toda el agua del universo, que hacen chirriar la tierra y levantan de nuevo el vapor hacia las alturas. Agua que no dura sobre el suelo seco, que se la traga el polvo para que la olvidemos, hasta la próxima tormenta.
El esa tibieza se mueve y despide la primavera; todavía hay muchas flores, la vista descansa en los colores.
Pronto se incendiará todo el entorno cercano… las torcaces cantan con tristeza, como deseando conjurar el olvido.

Meneame
del.icio.us

Las cabezas y los cascos son intercambiables; a las plataformas de aterrizaje se les pueden insertar lo mismo butacas de una cafetería para calentar los huesos, si la historia transcurre en el Himalaya o simular que, en el hiperespacio, Han Solo desea tomar allí un refresco mientras espera la próxima batalla contra Darth Vader.
