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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Mayo 2008

12/05/2008 GMT 7

Última primavera

parsyfal @ 09:09

flores.jpgLos mediodías de primavera, cuando el verano empieza a tocar la puerta, corre un viento tibio. Acude al oído murmurando advertencias sobre el profundo aburrimiento que traerá el calor. Avisa que se va, que la hirviente realidad del desierto le pisa los talones y tiene que marcharse.

    Sin embargo, sigue siendo un viento agradable. Roza el cabello y lo levanta; toca la piel y aún no la quema, como cuando en agosto el sol vierte su ánimo de lava sobre el mundo. Es un viento cómplice, pero aún así, anuncia aburrimiento.

     No sé si a ti te ocurra igual; pero el cuerpo pesa tanto a los cincuenta grados, que sólo quieres tirarte al piso y olvidar. Deseas huir a algún lugar donde la vida palpite en las plantas, que lo quemante no derrita su savia, que no te obligue a renunciar a todo, con tal de no sentir calor.

    Quizás ese temor al silencio del verano –un silencio provocado por el hundimiento del mundo ante la fuerza del sol- proviene de mis recuerdos. De la quietud de la infancia. Una inmovilidad producto de la prohibición: No te muevas, no te vayas… los adultos duermen la siesta.

    En esos ratos comenzaban a cantar las torcaces. Tristemente, claro: Cuúuu-cú… sobre la rama más alta del pino-aguja. Mugían lejísimos las vacas del vecino. Los perros no ladraban, derrumbados bajo las carretas de madera del vendedor de leña. Aún no flotaba el aroma del café tostado de las tardes.

    El aire paseaba entre las hojas-aguja, haciéndolas cantar muy suavemente, con una timidez doblegada por la ausencia de rocío.

    Ese viento tibio y mediocre, no daba vida; anunciaba el agobio, el encierro entre las brasas sin forma del verano.

    Ni siquiera, ese viento que despide la primavera, conduce al único consuelo que ofrece el infierno de julio: Las tormentas. Esas que desmoronan el cielo; que truenan como si el mundo tocara a su fin. Esas lluvias que dejan caer toda el agua del universo, que hacen chirriar la tierra y levantan de nuevo el vapor hacia las alturas. Agua que no dura sobre el suelo seco, que se la traga el polvo para que la olvidemos, hasta la próxima tormenta.

 

El esa tibieza se mueve y despide la primavera; todavía hay muchas flores, la vista descansa en los colores.

    Pronto se incendiará todo el entorno cercano… las torcaces cantan con tristeza, como deseando conjurar el olvido.

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10/05/2008 GMT 7

Mother's Day

parsyfal @ 00:01


Un diamante incrustadopacopaco.jpgen el alma

Imagen de memoria cincelada

 

Te amo como el primer día

te amo desde mi razón de ser

te amaré hasta el reencuentro

y nuestro caminar de dos amores

hacia Dios                  

                  alas14.jpg 

 

01/05/2008 GMT 7

Reciclado

parsyfal @ 07:21

darth_vader.jpgLas cabezas y los cascos son intercambiables; a las plataformas de aterrizaje se les pueden insertar lo mismo butacas de una cafetería para calentar los huesos, si la historia transcurre en el Himalaya o simular que, en el hiperespacio, Han Solo desea tomar allí un refresco mientras espera la próxima batalla contra Darth Vader.

    Son partículas de plástico de formas inverosímiles, todas pueden acomodarse entre sí y construir con ellas lo que la imaginación desee. Juguetes modernos, rompecabezas que los ciber-niños resuelven en un pestañeo.

     El pre-puberto de casa las deja regadas por el suelo con tal persistencia que hay que caminar a brincos por la sala, mientras asegura con gesto grave que ya lleva recorrida, con aquellas naves de combate y los correspondientes soldados, cuatro quintas partes de la historia que comenzó a imaginar anteayer. No se pueden, pues, recoger del suelo sin faltarle al respeto a su creatividad.

 

Durante el café de mañana (muy de mañana) contemplo las figuras de plástico y deseo otra vez situarme en aquellas viviendas simuladas con sillitas de cartón y camas de caja de fósforos que usaba yo en la niñez, antes que me alcanzara la vida.

    Ponía cubrecamas con los retazos sobrantes de las costuras de mamá. Dibujaba los contornos de las habitaciones con hilitos de tierra; el refrigerador era la valiosa –para mí- caja de estaño que la Navidad pasada me había regalado mi padre llena de dulces.

    Las naves espaciales no existían más que en la imaginación de Julio Verne y la de los científicos que vivían en las ciudades, a años luz de mi pueblo. Los seres de otros planetas, con ojos oblicuos y cabeza como una gran pera invertida, a esa fecha tenían años de haber estrellado su nave en Roswell, Arizona. Cerca de aquel páramo de mi origen, por cierto; pero el terror que aquel hecho generaba impidió que llegara a mis oídos hasta muchos años después.

    Fue así que quizás, aquella nave, pasó como un meteorito por el cielo de mis sueños mientras yo estaba recién nacida, y el mito tardaría mucho tiempo en construirse.

    Entonces… mi imaginación sólo recortaba los pedazos de cartón a la medida de “la casita”, para el solitario juego. Mis monos no tenían cabeza intercambiable. Ni casco de astronauta. Ni plataforma interestelar con una cafetería para Han Solo. Sólo una mesita para comer y un refrigerador de estaño.

    Eran tan lindos mis muebles de cartón que los guardaba en una caja de zapatos (nada de dejarlos regados por la sala), aunque no había hermanos que me los pudieran maltratar o perder. También iban allí los vestidos de mi mono consentido, uno gordo como un bebé, calvo y con extremidades rígidas.

    Ese mono no tenía nombre; de ser así, se hubiera llamado Elisa. Lo amaba. Lo perdí una mañana de sábado, en que me distraje porque fui a desayunar, ante las órdenes de mi padre. No tenía hambre, pero fui. Entonces, cuando volví, “Elisa” estaba despedazada; se la había comido una guacamaya recién traída –para mi maldición- como la gran curiosidad sinaloense. Tantos y tan lindos vestidos que había confeccionado para Elisa, me vi obligada a tirarlos a la basura.

    No recuerdo, algún otro momento de mi niñez, haber llorado tanto.

 

El café se enfría; el crío se ha levantado para ir a la escuela y se niega a recoger las piezas de Lego. Amenazo con esconderlos si no termina de imaginar el último quinto de su historia para las seis de la tarde.

                                              mariposa.gif

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