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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Marzo 2008

15/03/2008 GMT 7

Memoria

parsyfal @ 14:01

super-gatito.jpg

Son más las ocasiones que recuerda asistir al desayuno y a la cena, que cuando olvida. Eso sí, un día se empeñaba en comer en el otro extremo de la cocina –no su habitual rincón- y él mismo no tenía claro por qué. Me lo llevé hasta su espacio estimulando su olfato.

   Ha tomado la costumbre de correr por toda la casa, en apariencia eufórico, después de comer. Se sorprende al vernos doblar una esquina, como si no supiera quiénes somos. Huye y se esconde. También, mientras corretea sin sentido, maúlla amigablemente.

   Días enteros, no duerme, no descansa. Deambula por los pasillos, bajo las camas, entre las patas de las sillas… luego se aposenta ante el cristal de una ventana, a contemplar la calle.

 Fijamente, aunque nada ocurra, aunque nadie pase, ni se mueva la hoja de un árbol.

  Tuvo sus años buenos, los juveniles. Es el mayor y patriarca de su territorio. Cuando era fuerte, salía a revolcar a los semejantes intrusos, entre gritos y refusilatas, y así quedaba claro que había una raya pintada en la banqueta. Hoy, no creo que recuerde dónde termina la banqueta y comienza la casa. Tiene el pelo ralo, canoso, la mirada un poco apagada.

   Eso sí: No se le olvida pedir cariño. Es obsesivo en eso. Se acerca a mañana, tarde, noche, exigiendo atención. Sobaditas de barriga, de cabeza; hay que hablarle para que se calme y se acurruque por allí cerca y se tranquilice. No parece sufrir mucho; sólo cuando se extravía entre las paredes, sin saber claramente qué busca, se le nota un ánimo angustiado.

   Su edad biológica es once años; su edad real, comparada con los humanos, debe andar por los setenta y cinco. Por lo demás, se ve sano. Todavía se sube a las bardas (no al techo), salta hacia el jardín frontal por las ventanas -aunque a veces necesita quién le abra la puerta, no siempre tiene ánimo de poner a prueba la fuerza de sus patas.

    Hace poco encontraron en sus cerebros, los científicos, la misma substancia que produce el mal de Alzheimer en los humanos. También les da Sida y diabetes…                             

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07/03/2008 GMT 7

Cartas a Adán (dos)

parsyfal @ 08:46

corazon.gifHoy estuve –mientras esperaba tu regreso- viendo desde lejos el Paraíso Perdido. Era de tarde, un polvo luminoso bajaba lentamente hasta mi cabello y yo imaginaba que era tu mano, acariciándolo.

   En ese momento tuve un presentimiento; una señal, un detalle pequeño que me trajo un hálito de fe.

   Desde que Padre nos prohibió ser felices no había sentido latir el corazón de esa manera dulce, con esperanza. El Paraíso se veía lejano, pero tuve la certeza de que, aunque no podamos tocarlo o habitarlo, nos pertenece.

    Hace días, cuando partiste una vez más a sudar tu frente mientras yo entibio el lugar donde nuestros corazones están destinados a latir juntos, creí que nunca volveríamos a vernos. Partiste y lucías indiferente, desdichado. Tus ojos revelaban una tristeza profunda. Y yo, en tu ausencia he preferido no mirarme el rostro en el estanque, porque siempre tenía llanto. Sólo me decía: Sí… aún te quiero.

   Pero esta tarde, mirando lejanamente el Paraíso, llegó a mis oídos el detalle, el roce de un suspiro.

   Me senté a la puerta y poco a poco, el temor al futuro desapareció. Mis manos comenzaron a entibiarse de nuevo y creo que por mis venas, si me recuerdas así desde la ausencia, volverá a correr sangre.

   Padre podrá pensar que su empeño en castigarnos deshilará este amor entre los días, hasta que se desvanezca en el olvido. Demostremos juntos que su obra es buena, que el sufrimiento no destruye sino fortalece el corazón.

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05/03/2008 GMT 7

Recordar

parsyfal @ 12:16

margarita.gif    El cuerpo es un tejido de impulsos que nos ha acompañado en la vida. Si le ordenas repetir algo aprendido en la infancia, lo hace. Si le pides que responda a un giro, un reflejo, un movimiento giratorio familiar, te responde. Aquí estoy, te dice. Existo y te quiero igual que siempre.

    He estado viviendo dos horas por semana en un salón lleno de espejos y música estridente. Muy, muy alegre. Y mi cabeza se aturde por el goce y la sangre circula con violencia, pero las piernas se mueven, casi como antes.

    Casi.

     Lo que le falta al “casi” no importa mucho. Porque la alegría es igual.

    Las muchachas junto a mí no tienen alegría. No tanta como la que a mí me despierta la música, al menos. Esa música… sensual, de caderas en círculo, de brazos en giros de rumba flamenca. Qué barbaridad...

    Por minutos, el cuerpo vive. El encuentro de sangre, alegría momentánea, giro con gracia y voluntad de vivir, se logra.

    Salgo del salón con pies cansados y alma regresando al mundo. Se sacude el corazón y por minutos, se despierta. El alma lo regaña, por esa pereza que le agobia desde hace ya semanas.

    Volveré al salón y bailaré la zumba –le digo-, o flamenco, lo que quieras. Pero ahora quiero descansar y sentir el palpitar de mis sienes, saciar la sed con agua deliciosa, con el rostro enardecido, con un gesto vivo como si de verdad el tiempo no existiera.

    Volveré al salón –digo-, no tengas duda. Y bailaré de nuevo.

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