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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Enero 2008

28/01/2008 GMT 7

Amnesia

parsyfal @ 12:07

ciclistas-bygocha-damalia.jpgEn algún momento de mi niñez aprendí a conducir una bicicleta. Fíjate bien que no dije “triciclo”, porque ése ya sabía manejarlo desde antes de nacer. Me fue natural. Cuando dominé la bicicleta tendría unos nueve años. Una grandota, de adulto; además no era mía. Mi mejor amiguita y cómplice, la única que tuve, la tomaba prestada –sin permiso- de sus hermanos mayores y la llevaba a mi casa para escaparnos juntas.

Como era masculina, tenía una barra horizontal y terrible que iba del asiento al centro de los cuernos, lo cual hacía imposible montarla, para nuestra corta estatura.

 Entonces ella metía la pierna derecha en el triángulo inferior, entre la barra y los pedales; con los pies los aplastaba en vaivén mientras mantenía el aparato inclinado, casi contra la ley de gravedad.

     No sé si me entiendas, pero era un verdadero acto de circo. Nunca me expliqué cómo podía cargar aquel monstruo con sus bracitos, aferrada a los cuernos mientras lo manejaba de lado, en un ángulo de unos 15 grados con la vertical y sin dar vuelta completa a los pedales. Era muy osada; nada le daba miedo.

     Esa es la parte visible de la historia. La otra, la terrorífica e incomprensible, es que yo aprendí a manejar esa bicicletota, con nueve años y sólo un poco más de estatura que mi amiga… y NO recuerdo cómo fue. Lo olvidé por completo; incluso olvidé que sabía conducir bicicleta. Sé en qué condiciones fue: A escondidas de mi padre, en las calles polvosas del pueblo, bajo el rayo del sol de vacaciones escolares y en un aparato de acero y que pesaba muchos kilos.

      Con ese lapsus extraño, cuando mi vida adulta estaba en pleno, casi empezando a madurar, compré una bicicleta de montaña, para “aprender” y pasearme. La estrené un 25 de diciembre. “En nombre sea de Dios –me dije esa mañana- a ver con cuántos moretones vuelvo”. La arrimé a la banqueta, me subí con cierto temor y me dejé ir… Ocurrió el milagro: Comencé a avanzar, pedalear, sonreí con asombro… porque ¡mi cuerpo recordó todo! El paseo fue largo, no me caí una sola vez y volví a casa con un nudo en la garganta por la alegría.

     ¿Cómo es que ya sabía? ¿Por qué lo olvidé? Hoy no salgo aún del asombro; esto lo cuento a quien se deje y me miran como desquiciada, como si mintiera; porque no saben lo traumática que puede ser la amnesia.

      Hoy, en una bicicleta de materiales más livianos, salgo también a sentir el aire en la cara y soñar que soy libre, mientras pedaleo con seguridad, mientras escucho música, mientras olvido que el mundo es mundo. En días nublados y fríos, como fue hoy, paseo sorteando los automóviles, entregada a una habilidad de casi toda mi vida. El aire me acaricia, las manos enguantadas se aferran a los cuernos y las palancas del freno para controlar las vueltas y suavizar el paso por los baches. Los autos rugen a mi lado; los perros me ladran furiosos, las mujeres que barren sus banquetas no quieren verme ni saludarme… ¿por qué será?

    Debe ser porque a los desquiciados nadie los quiere –al menos de primera intención- como amigos.

El cuadro es un acrílico de un joven pintor llamado Bygocha d'Amalia

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21/01/2008 GMT 7

Carpe diem

parsyfal @ 12:14

rosatriste.jpgLa tristeza rumiaba la evocación de una mirada. Lejana… ausente en el espacio, no en la vida. También el rostro de un niño perdido, cuya voz me llama desde otra dimensión.

    Había en la tristeza páginas en blanco, esperando ser escritas. Olor a un pintor viejo y sabio, cuya corpulencia era un escudo contra todos los males de la Tierra.

    El denso sentimiento era frío, volvía las manos como agujas gélidas, esperando la tibieza de otras que, al abrazarlas, les dieran vida.

    Era el sonido de un felino hambriento, era un nublado en días sin clases, con las mejillas húmedas de lágrimas por miedo.

 

 

Ocurrió entonces que la voluntad tocó mi frente. Abrí los ojos, miré el presente. Polvo en todas partes, la escoba descansaba en el ocio. Sol tibio afuera, un buen pedazo de pan sabor a cielo y el sonido de la música.

    Dije: El milagro es hoy.

    Barrí los pasillos, y en el patio las hojas del otoño. Lavé mis manos con agua tibia y las cubrí de crema perfumada. Dibujé con un lápiz el contorno de mis ojos al espejo y ricé mis pestañas. Cepillé mi cabello y el placer del masaje despertó una sensualidad extraña. Calcé zapatos bonitos, puse a mi cuello una bufanda roja.

    Encendí el motor de mi auto, decidida a explorar la ciudad hasta encontrar un prendedor de fantasía, con cristales color zafiro.

    Maldije a la tristeza antes de salir y huyó despavorida; cerré con llave mi casa, para evitar que volviera. 

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17/01/2008 GMT 7

Umbral

parsyfal @ 02:46

soledad.bmp¿Llegará un momento en que la vida y la ficción, como dos caminos convergentes, se junten? ¿O es al contrario, que son divergentes mientras la vida se aprende? ¿Dónde comienzan una y la otra, mientras eso ocurre?



    La vida concreta está llena de verdades violentas, de rutinas circulares. La ficción suaviza la vida concreta… aunque se escriba con miedo porque tarde o temprano hay que aquietar las manos y no escribir más, o peor: Hay que terminar la obra pequeña, enorme, mediana que estemos escribiendo.

     De tanto organizar el mundo en la escritura sin que por eso lo organizado cobre vida propia, de tanto desear una realidad más coherente y entendible, quizás llega un día el deseo de no luchar. No escribir más… no soñar, ya no desear que la vida cambie. Rendirse.  ¿Escribir es luchar? ¿Cuál es la recompensa para los que “ganan” la lucha? Fama, fortuna, reconocimiento… ¿es ganar la lucha? Buscar a través de las palabras, con las frases que martillean la mente, a través de los deseos no cumplidos realizados en las letras… ¿es luchar?

    Tal vez es una batalla para alcanzar una cordura anhelada toda la vida, que finalmente será incomprensible para los demás. Se lucha para encontrar la propia cordura; ésa que huye de entre las manos (o entre los párrafos) y creemos haberla alcanzado al poner el punto final de una novela, un cuento, un poema. Pero siempre, después del punto, está el vacío. Y el vacío de nuevo empieza a llenarse con preguntas, anhelos, rebeldía ante las mismas atrocidades, ante la irracionalidad… y poco a poco el pozo vacío se llena otra vez de palabras. Y hay que volver a escribirlas, para alcanzar un poco de serenidad.

    ¿Llegará el momento de rendirse? Cuando la luz se apaga y el silencio domina los sonidos interiores… ¿es rendirse? Mientras hay vida hay que escribir; mientras pueda pensarse, hay que escribir.

    Sólo cuando la muerte llega no se puede escribir.

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09/01/2008 GMT 7

Un hogar

parsyfal @ 11:53

gatoenlaluna.jpgLlegó en silencio y como a su destino final. No preguntó si era bienvenido; lo dio por hecho. Así son los de su especie… se saben dignos de elogio por su belleza; conocen el alcance de su poder de seducción.

    De todas formas, muy desenvuelto no era. Se apartaba, muy desconfiado, ante cualquier intento de caricia. Luego, después de la huída y apostado en un lejano rincón, miraba a su persecutor intensamente, como inquiriendo el sentido de la vida.

     No me inquietaba. Se veía entero, sin debilidades, seguro de su soledad y sin temor al desamparo. Lo dejé ser, pasear cerca, mirarme sin recato, sentirse mi dueño. El era en su silencio y yo en el mío.


    Una noche de tantas, la temperatura empezó a bajar… y después de otra, a bajar más. Lo veía durante el día en una posición enjuta, aterida, tembleque. Varios días después, la desesperación le hacía buscar un hueco para entrar, para escudriñar el origen de los aromas apetecibles que salían de mi refugio. Fue rechazado violentamente. No por mí, sino por otros, ésos que se entrometen en la vida ajena y no la respetan.

    Las mañanas posteriores casi con escarcha y él buscando el sol recién nacido, casi flaco, herido de la cara –una tajada enorme, de oreja a mandíbula y sangrando- le transformaron para los días navideños, cobrando un aspecto patético. Solitario, sin quejarse, mirando de lejos siempre y con los ojos muy abiertos, consiguió calladamente y poco a poco, horadarme el corazón.

    Hizo en él un hueco pequeño y oscuro que se llenó de una compasión insoportable. Empecinado en permanecer allí, mirando por las ventanas, en la orilla del techo, en los alrededores del patio… empecinado en mirarme fijamente, en subrayarme su hambre y su dolor, logró sembrarme la culpa.

    Un día encontré un trapo de algodón que podría darle calor por las noches. Otro, di con un cuenco mediano, donde servirle las sobras de los otros huéspedes de la casa. Como la dignidad ya le había abandonado, las devoró sin recato. Un trasto de cristal con agua; una casita de cartón del tamaño de su desdicha, completaron la mansión.

    Allí vive, en el jardín de enfrente. La herida ha cicatrizado, le ha dejado el aspecto de un maleante callejero. Sus ojos han perdido brillo, su corazón olvidó la libertad. Vive en la superficie de un metro cuadrado; no se aleja de su casa de cartón, ni de su cuenco de alimentos –surtido dos veces al día por mis manos- o su pomo de agua. Tendrá miedo, quizás, de perderlo todo si se aleja.

    Eso sí… ya no vive en silencio. Empezó a hablar conmigo hace unos días, me cuenta tristezas, me pide amor y no tengo más remedio que dárselo, porque negar el amor es, quizás, el único pecado que Dios no perdona.

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04/01/2008 GMT 7

Lavar el corazón

parsyfal @ 10:22

lady.jpgDicen los nuevos estudiosos de la conciencia que la vida se construye con sentimientos, no con ideas; y que todos estamos entrelazados en corrientes emocionales y energéticas. Nos conducimos en sociedad y mentalmente, por afinidad emocional con los demás.

    Una de esas sumas de energía nos lleva a considerar el año solar como un ciclo que se cierra, para abrir otro. Sin embargo, nos acostamos el día 31 de diciembre y nos levantamos el día 1 de enero siendo exactamente los mismos. ¿Qué cambia en nuestra vida? Sólo la actitud.

     La energía emocional que nos arrastra, nos lleva también a aceptar que algo termina en la vida con el año, nos obliga también a hacer recuento de los daños, o celebrar por lo que construimos.

 Esa rendición de cuentas ante nosotros mismos puede ser dolorosa o compensatoria: “Qué año tan hermoso –decimos- lástima que terminó.” O bien decimos lo contrario.

     Pero nada cambia. Somos nosotros quienes, el día 1 del año, sentimos distinto el cielo, el aire, la vida. Nos encontramos y nos damos abrazos, como si regresáramos de un viaje y nos comunicamos: ¡Llegamos a la otra orilla… seguiremos juntos, qué gusto!

     Enero es un mes quieto. Esperamos que camine un poco solo -¿no camina el tiempo sin que podamos detenerlo, inexorablemente, sin remedio?- y poco a poco nos incorporamos en su vereda. La vida sigue; nos desperezamos, dejamos atrás –o así lo suponemos- las vivencias que nos sirvieron de enseñanza y nos quedamos con lo aprendido.

     Desvastamos el amor de rencor o inconformidades y dejamos lo limpio y bueno. Sacamos cosas viejas y las regalamos. Queremos limpiar la casa, abrir un capítulo nuevo en la vida. Llenamos una hoja con propósitos de enmienda.Pero el corazón está pleno, como siempre, de lo que hemos vivido. Lleno de recuerdos, y a veces muy cansado. La ilusión de cambio dura un poco y luego… la vida nos lleva de nuevo en su barca luminosa para continuar el viaje.

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