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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Diciembre 2007

26/12/2007 GMT 7

Marea baja

parsyfal @ 22:38

silence.jpgExhaustos de emociones. Así quedamos cuando esta temporada se va. Niños con juguetes cuya novedad se agota, adultos silenciosos, melancólicos. Calles desiertas.

    Produce angustia que el amor esté en el aire y el mensaje no se entienda en su forma original: “Amaos los unos a los otros”. Pareciera que El nos ordenó transformar el amor en cosas. Perfumes, billeteras, juguetes caros y complejos, bufandas, comida y alcohol en exceso…

     Lo entendemos mal. Nos volvemos locos de amor mal entendido, como si ese sentimiento, que “mueve al sol y las demás estrellas” (Dante dixit) pudiera convertirse en materia.

      El amor no forma esclavos, ni de otro ser, ni de las cosas.

     El amor es magia que libera el corazón.

     Reencontré la mente de seres amados: Jane Austen, William Shakespeare. De este último –el más capacitado para entender el alma humana- descubrí un soneto: 

   “Permítaseme que no admita impedimentos al enlace de las almas fieles. No es amor el amor que al percibir un cambio cambia, o propende con el distanciado a distanciarse.

    ¡Oh, no! Es un faro inmóvil que contempla las tempestades y no se estremece nunca; es la estrella para todo barco sin rumbo, cuya virtud se desconoce, aunque se tome su altura.

     El amor no es juguete del tiempo, por más que lleguen a su corva guadaña los labios y las mejillas de rosa; el amor no se altera con las horas y las semanas rápidas, sino que perdura hasta el fin de los días. Si esto es error y puede probárseme, yo no he escrito nunca ni hombre alguno ha amado jamás.”  

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21/12/2007 GMT 7

Yo creía

parsyfal @ 13:29

papa_noel.jpg 

Por muy cierto que fuera el diciembre veinticuatro, el pueblo igual se veía solo y estaba en silencio. El frío era denso y doloroso, por la cercanía del río, a veces crecido en los meses de verano, pero la sequedad de invierno helaba la arena en su lecho. El huerto de casa amanecía con escarcha en las hojas de vid, de los eucaliptos, duraznos, naranjos… y también en los pétalos de las rosas, zinnias, obeliscos y geranios. El frío era también soledad en las calles, con todos encerrados en casa junto a la estufa o calentón de leña.

     Las luces de los postes eran amarillas, tristes, doblegadas ante la mediocridad de fuerza que tenía la planta generadora; daba energía a todo el pueblo y apenas alcanzaba para distinguirse los rostros de quienes anduvieran de noche por la calle.

    Pero en aquel silencio y la escarcha en las flores; entre la oscuridad profunda de la noche, surgían los visitantes y llegaban a casa, a llenarla de voces. Entonces, la Nochebuena cobraba vida, se iluminaba. Se sentaban a la mesa junto a él, mi padre; amiguero siempre… (medio mundo saludaba a Don José en la calle, aunque pocos eran los privilegiados que invitaba a su casa)

    Mi madre vivía en la cocina. Elaboraba delicias para todos. Los vasos de vino circulaban a diestra y siniestra, los niños mirábamos de pie y de frente a los adultos sentados, siempre con la prohibición de sentarnos a la mesa, tal vez por los vasos de licor tan abundantes, que nada debían tener en común con nosotros.

    A cierta hora, después de pulular sin rumbo entre la algarabía de los adultos, recibía la deliciosa cena de manos de mamá en mi pequeña mesa de madera, que era mía y para mis amiguitas invitadas. Después había que retirarse a dormir, porque si no, Santa Claus no llegaría. No era una amenaza abierta, era implícita. La mirada de él lo decía todo: “Es hora de dormir”.

    El arbolito prendido, el calentón de leña, el olor a hogar, la dulzura de la almohada esperando mi cansancio no me impidieron aquella noche especial, cuando dudé por primera vez, sentarme ante la ventana de mi recámara con el propósito firme de permanecer despierta todo el tiempo posible, mirando al cielo.

    “Debe ser hermosísimo el trineo; los renos, el traje, los cascabeles. ¿Será que vuelan porque Dios les dio permiso? ¿Dónde está, por qué no llega?”

    Tarde, muy tarde, el sueño me venció. Las voces de los ebrios, cada vez con más volumen y alegría, arrullaron mi cansancio.

    “En cualquier momento pasa, tengo que aguantar… Tal vez la luz que sale de su cuerpo me despertará, cuando se pare junto al arbolito si me acuesto un ratito, sin dejar de esperar…”

    Cuántas preguntas sin respuesta surgieron al día siguiente, cuando en el arbolito amanecían los juguetes. Por, cierto juguetes que no pedía; yo nunca sabía qué pedir. Pero no importó tanto la alegría por ellos, aquella mañana de 25; la decepción no me dejó disfrutarlos. “No lo vi; en algún momento llegó y no pude verlo, me dormí, soy una tonta…”

    Nunca más volví a intentarlo; supe que era inútil.

    Muchos años después sí logré verlo; el trineo, los renos, la luz que emanaba de su cuerpo… escuché su voz y su risa que tanto me ilusionó de niña. Volaba, surcaba el cielo y cicateaba los renos mágicos con un benigno látigo de luz. Era adulta, pero solté el llanto con todo mi cursi y agringado amor por su figura.

    Al fin que nadie se dio cuenta. Estaba en el cine y en lo oscuro nadie hace caso de lo que hacen los demás.

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11/12/2007 GMT 7

El mejor arbolito del mundo

parsyfal @ 12:13

arbolnavidad1.JPGDiciembre había llegado días atrás. Mi papá estaba de viaje y nunca se había tardado tanto. Hablaba por nuestro enorme y pesado teléfono, colgado de la pared. Decía: “Estoy muy ocupado; los negocios no quedan… unos días más y regreso."

    En esos años se acostumbraba poner el arbolito navideño después del día quince; los villancicos en la radio empezaban a mediados del mes. “Colgate-Palmolive, fabricantes de FAB, le desean coooodialmente una feliz Navidad”.

    Sí, eran los tiempos de Maricastaña.

     Los arbolitos artificiales no existían. Tenían que ser naturales, con aroma a pino de montaña. Mi papá siempre conseguía uno, lo mandaba llevar desde la capital, para su niña. Bueno, era la única. No había hermanos por parte alguna. Así que me llevaba los halagos, las órdenes, los mimos, los cuidados y el arbolito para mí sola.

    Pero ese diciembre se llegó el 19, el 20, el 21… y arbolito no había. Mi madre estaba muy angustiada, me miraba con tristeza. Yo, la verdad, me sentía muy mal. En casa siempre se ponía el arbolito puntualmente. Sentía que el mundo estaba vacío de sentido, los jingles de la Colgate-Palmolive sonaban todo el día y en casa, ni siquiera había dos o tres foquitos de colores.

    El día 22 mi madre tuvo un rato de inspiración. Me confesó su plan: “Vamos a pedirle permiso a La Timo –dijo-, para cortarle una rama a su pino, y lo adornamos”. Timotea, nuestra vecina, tenía junto a la puerta de su casa un pino de hojas de aguja que cantaban bien bonito con el viento. Me gustaba subirme en él y poner mis oídos de tal manera que escuchaba el zumbido celestial de sus hojas en sonido que, después supe, era “estereofónico”. Mi gesto se alegró; en los ojos de mi madre asomó un brillo de complicidad.

    Tomó un serrucho enorme del cuarto de herramientas de él y nos lanzamos a casa de La Timo. Se encaramó al árbol con una soltura que yo le desconocía; con todo valor y sus fuertes manos, serruchó una gran rama hasta que cayó al suelo.

    Nos fuimos a casa arrastrando nuestra hazaña; la pusimos en un balde con tierra y agua, para que no se secara pronto. Lo adornamos con las esferas, los foquitos de colores, las velitas de agua, los chorizos de papel brilloso y el ángel luminoso de la punta, cuyas plumas de las alas cortaban los dedos al tocarlas, pues eran de fibra de vidrio. Quedó muy hermoso; la paz volvió a mi corazón.

    Cuando llegó mi padre, el 23 por la tarde y sin arbolito –no pudo encontrar uno, ya era demasiado tarde- quedó pasmado por la sorpresa cuando se lo enseñé; luego sonrió y me acarició el cabello.

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05/12/2007 GMT 7

Cuerpos en llamas

parsyfal @ 02:37

LlamasSucedió en un avión que, en el corazón de una tormenta, trató de despegar aún en contra de la naturaleza. Un reticente pasajero que había tratado de no tomar el vuelo por temores lógicos, iba justo en la primera línea de asientos, junto a la ventanilla.

     Cuando el avión comenzó a levantar la nariz, el tren de aterrizaje golpeó contra un desnivel del suelo; posteriormente una roca lo golpeó, abriendo el casco justo por el costado donde iba el pasajero mencionado. Su asiento fue arrancado del piso y arrojado lejos; posteriormente el avión comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, hasta que se detuvo. Vino una gran explosión y todo el aparato comenzó a arder, incluso en el interior.

      Mientras ocurría el desastre, el hombre se envolvió la cabeza en una chaqueta de cuero que llevaba y eso impidió que ardiera; sin embargo, conciente y lúcido, a pesar del fuego comenzó a abrirse paso entre las llamas, buscando una salida.

     Por unos instantes contempló entonces una escena: En el interior del avión los pasajeros que fueron atrapados sin remedio por las llamas –amarrados a sus asientos, por los cinturones-, estaban convertidos en antorchas humanas. El hombre pudo ver así un fenómeno que lo dejó pasmado y cambió su vida, su visión del mundo: De los cuerpos, conforme morían, surgían auras luminosas, manchas de luz que se elevaban, unas más brillantes que otras y se alejaban de los cadáveres, hacia arriba.

     Tuvo la certeza que eran los espíritus de los muertos y la brillantez de su aura correspondía a la forma, adecuada o fallida, en que habían gastado su vida. 

     Logró salir, sus quemaduras tardaron mucho en sanar; era un hombre vigoroso, muy competitivo y lleno de ánimo. Se convirtió en un cuerpo maltrecho que camina con ayuda de una andadera y soporta constantemente el dolor por las secuelas del accidente. Sin embargo, no perdió su ánimo y donde le dan oportunidad, cuenta lo que vio. Hoy afirma: “Quiero que mi espíritu, mi aura, a la hora que abandone mi cuerpo, sea muy, muy brillante.”

     El vuelo fue el 006 de Singapore Airlines; el 31 de octubre del año 2000. Estaba en Taipei, Taiwan; su destino, Los Angeles. Murieron 83 pasajeros; sobrevivieron 96. El hombre de la historia se llama John Díaz y la contó a Oprah Winfrey, en su programa.

     Estos testimonios son frecuentes; pero no todos los protagonistas logran divulgarlos. Basta saber que es verdad y reconforta desear: Que cuando mi aura me abandone, brille tanto que ilumine la conciencia de mis seres amados, para que no lloren. La muerte no existe.

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