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Margarita Oropeza, escritor (a)
MARGARITA OROPEZA ESCRITOR(A)

Archivo: Octubre 2007

26/10/2007 GMT 7

AL ROJO VIVO

parsyfal @ 14:23

 Migraña encierra un concepto aterrador. Significa abrir los ojos por la mañana y descubrirse hundida en la impotencia; en la obligación de aceptar el dolor y el hecho de que no hay pensamiento, movimiento, propósito de control o esfuerzo de voluntad que logre sacarlo del cuerpo.



    Un cable de acero es implantado, desde la coronilla hasta media espalda, mientras un demonio lo jala y calienta hasta ponerlo tirante y al rojo vivo.

     Ya instalado el duro acero, asumida la imposibilidad de erradicar el dolor por medios naturales o de voluntad, viene la elección del analgésico: Asunto difícil porque un hado perverso les cambia la efectividad, como el truco de las tres nueces donde sólo una contiene la canica. No es que según el nombre sea el efecto; a veces con una pastilla que se llama de tal modo, el dolor se va; otras veces, no. Entonces, elegir el analgésico es como una ruleta rusa, pero al revés.


      Pero, increíblemente, lo más difícil de soportar cuando la migraña llega, es la angustia de saberlo un dolor que hace lo imposible por quedarse. No es el dolor en sí, sino la rebeldía del dolor lo angustiante.

      Una rebeldía no relacionada con el cuerpo, sino con la mente. Sufrimos migraña cuando NO deseamos estar donde estamos; cuando NO deseamos hacer lo que debemos hacer. Cuando deseamos desaparecer de la vida y trascender a una paralela, donde tengamos libertad o, simplemente… otra vida.

     ¿De dónde viene ese deseo de huir, evadirse de la realidad, que al no satisfacerlo arremete con furia produciendo dolor, palpitaciones de sangre tras los ojos, como si golpeara el marro de un herrero infernal?

        Seguramente del aliento de algún demonio personal agazapado en los rincones de la mente, cuando nos obliga a mentir, simular, sonreír, mientras hacemos y vivimos en el lugar equivocado, según la conciencia profunda.    







    

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22/10/2007 GMT 7

Imágenes

parsyfal @ 09:48

 

Entre los muñecos de los dibujos animados surgen, tras un conjuro, dragones que antes eran niñas con poderes mágicos. Un héroe púber con cabello en púas y sabiduría oriental acumulada por cinco milenios, mira fijamente a un enemigo de otra dimensión, lanza un rayo de pureza y mediante la fuerza del bien lo regresa a sus tinieblas. 

        Junto a mí, frente al televisor, un niño de diez años mira impertérrito semejante delirio y lo asume como algo cotidiano.

          No me cuesta esfuerzo entregarme a la fantasía de esos dibujos que, finalmente, salen de la mente afiebrada de algún japonés sometido a claustrofobia en su poderosa isla asiática. Tienen algún sentido porque conservan un paradigma que no ha variado desde los tiempos bíblicos: Se enfrentan el día y la noche, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, el ying y el yang.


          Lo que no revela mucha lógca es que mi propio cerebro, harto de andar, se divierta con tal contorsionismo cerebral. Yo recuerdo a mi viejo padre, varias eras hace, quien era fanático de las nuevas tecnologías, entusiasmado colocando una película muda, de 8 milímetros, en un proyector que roncaba suavemente durante toda la función que propiciaba, y duraba más o menos cinco minutos. La película era de “monitos”, la historia era “El gato con botas” y la exposición se llevaba a cabo en las tardes de otoño, en el comedor de mi casa. Durante las horas tempranas, los niños del barrio, en su mayoría hombres, pasaban la voz con entusiasmo: ¡Vamos¡, ¡en la casa de don José va a haber cinito!

         Antes de la función, durante el proceso de sedimentación del polvo de las calles de tierra blanca del pueblo (que por cierto no llegaba al suelo, sino formaba una nube fantasmal a la altura de la coronilla), no podía evitar sentirme orgullosa de que en mi hogar hubiera “cinito”, que mi padre bajara del Olimpo y se compadeciera del muchachero, ávido de una diversión extraordinaria, algo más excitante que rodar llantas, jugar canicas o bailar trompos. Se armaba una conmoción de alegría; veíamos unos muñecos que se movían de manera totalmente antinatural, en blanco y negro; adivinábamos lo que se decían mientras movían las bocas y aplaudíamos al final. Siempre era la misma película… la habíamos visto docenas de veces.

         Hay algo triste en el recuerdo: Aunque aquellos niños repetíamos la misma historia en el “cinito” y ningún muñeco japonés con milenios de sabiduría soltaba el rayo de Zeus en la atmósfera para conjurar el mal, nuestra capacidad de asombro jamás se agotaba.

          El niño que se sienta junto a mí a ver las maravillas cibernéticas del tercer milenio, aunque se entretiene, revela algún escepticismo en su gesto… tiene una avidez interminable. Su actitud representa la de una novísima generación. Siempre quiere más; algún demonio desconocido e insaciable se ha despertado en el cerebro humano y él ya tiene implantada la semilla. ¿A dónde llegará la humanidad con ese impulso?

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16/10/2007 GMT 7

Historias de amor imposible

parsyfal @ 02:03

 La primera vez que el amor del sexo opuesto rondó mi vida tenía siete años. Un vecinito tras de mi casa que, según supe después era retrasado mental, me mandó, con una amiguita vaga que teníamos en común, una cartita pidiéndome le enseñara mi colección de corcholatas.

Yo lo había visto de lejos solamente; tenía una cabeza un poco grande para su cuerpo y nunca habíamos hablado. Accedí con el pensamiento y al día siguiente estaba, inocente de mí, elaborando la respuesta a mi primera misiva de amor a plena luz y sentada en la banqueta, cuando mi padre llegó de su trabajo y sorprendió mis afanes.

 Yo no entendía aún que todos tenemos un espacio de intimidad a defender hasta con la vida, de ser necesario, incluso de nuestros padres o cualesquiera de los seres vivos, incluso los más queridos. Así que, como una burra, expliqué al señor-ogro celoso el porqué de mi profusa correspondencia. La cara que puso logró una culpa en mí que se prolongó por años. Me prohibió hacerle cartas a hombre alguno y rompió la que había empezado para mi pobre cabezoncito.


Mi admirador seguramente quería transarme con algunas corcholatas; pero era indudable que también deseaba extasiarse con mi belleza morena y las trencitas escuálidas que mi madre me hacía. No volví a saber de él. Seguramente el sentimiento de rechazo labró una desdicha tal en su vida que decidió olvidarme.        

Mi segundo enamorado llegó cuando tenía nueve años, y era un muchachito de diez u once que vivía frente a la escuela primaria donde yo estudiaba. Era sólo de niñas, así que nuestra convivencia con varones era nula. También lo había mirado sólo de lejos, pero una hermana suya era mi compañera de aula.         

Como él asistía por las tardes a su propia escuela, a la hora del recreo mañanero se aposentaba en la banqueta de su casa para verme pasar. Me veía y yo lo veía; pero no estaba enterada de que me veía por placer, hasta que su hermana me dijo, retorcida de celos y mostrándome un chocolate: “Mira, te lo mandó mi hermano, pero me lo voy a comer porque me gustan mucho”. Desde entonces, ya no vi al guardián de la banqueta de la misma manera. Luego, simplemente ya no lo vi. Se había enterado de que yo estaba enterada y desapareció, seguramente por miedo o vergüenza.        

No sé qué estragos causaba mi hermosura en su imaginación (o la de mi vecinito retrasado), porque mi fisonomía era morena, flaca, altota, con pelo artificialmente rizado y una nariz demasiado grande para mi gusto frente al espejo. En mi escuela había niñas rubias y de ojos color verde seco, regordetas y simpáticas, lagartonas bromistas que se las comían ardiendo y se burlaban de todos…        

¿Qué veían en mi? Yo no hablaba, nunca revoloteaba con las demás y me daba miedo jugar volibol; usaba vestidos severos, con pocos olanes y nunca, jamás, llevaba moños en la cabeza. Soñaba en un mundo muy distinto a aquel en que vivía, con amigos invisibles; pero eso nadie lo sabía. Deleitaba mi soledad maravillosa en las tardes de otoño, en medio del enorme jardín de mi casa y con el aire frío acariciando mi cara, bamboleándome en el columpio e imaginando que semejante placer era muy parecido a lo que sentiría cuando fuera libre: Sin cercas que me impidieran salir a jugar con mis amigos bajo la luz de la luna; sin padres tan vigilantes y celosos; sin miedo a la oscuridad; sin suspiros de aburrimiento los domingos y sin miedo a entrar a la iglesia, donde decían que oficiaba misa un hombre muy malgenioso.        

Después, cuando se me quitó la prietura en la piel y mi cuerpo adquirió algunas curvas, los enamorados fueron numerosos, pero nunca, jamás, he sabido qué atractivo me veían. Yo sólo deseaba que me conocieran, antes de desear tocarme; que me miraran a los ojos, antes que al cuerpo. Que no se asustaran porque sabía matemáticas o leía libros. Pero bueno… eso es otra historia.

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05/10/2007 GMT 7

Otra de terror

parsyfal @ 08:50

Nací marcada, seguramente desde vidas anteriores: Detesto que me den órdenes. De ser hombre, sería general de división para no aguantar autoridad alguna antes que la mía; sería gerente o director general de empresa, director de orquesta, jefe de hospital, director de periódico…

Pero he aquí que soy mujer.

Valiente lío.

Cuando era niña –y dale-, desobedecía a mi madre cu  ando no me daba una explicación racional para sus órdenes y no sólo eso, sino que me servía de tapadera, la pobre, cuando mandaba al diablo las órdenes de mi padre quien, él sí, había sido militar y de los mandones.

 Entonces, ante mi conducta, ella se enfurecía y me correteaba por todo el huerto de mi casa -que era bastante grande desde mi punto de enfoque- para jalarme las greñas o darme un manotazo. Yo lograba, generalmente, alcanzar la calle y desde la otra esquina volteaba a verla, parada junto al cerco, impotente y gritando: “Al cabo vas a volver… y entonces verás”.

No era que, sin más argumento, detestara las órdenes; no soy tan necia. Aún me enfurece un “pásame la sal” sin el “por favor”. El asunto es la actitud. Explícame, señor, señora, por qué carambas tengo que pasarte la sal sin rechistar. Hazme el favor de decirme qué te debo para llamar al licenciado fulano, tu amigote, nomás porque me pagas un miserable sueldo de secretaria. A nadie se le caen los pantalones si demuestra cortesía.

¿No es cierto que todos los seres humanos somos iguales? ¿Acaso alguien duda que la esclavitud ha sido una de las aberraciones y pecados mayores del Ser Humano? La servidumbre, tanto en quien la exige como en quien la ejerce, es una vileza. La dignidad no niega la capacidad de hacer un servicio a quien lo pida o lo merezca, siempre y cuando éste sea valorado por quien lo recibe.  

Quién inoculó en mi cerebro la convicción de que ante nadie bajara la frente –salvo Dios-, no sé. Mi madre me ordenaba las cosas porque sí; y supongo que es lo que ella aprendió en su casa. Y yo me portaba como una enana monstruosa; no me daba la gana aceptar sus órdenes.

Corría y corría lejos de ella, de su rabia… Me paseaba hasta la plaza del pueblo, me sentaba en las bancas, visitaba hasta tarde a mis amigas, daba vueltas alrededor de la manzana, hasta que el hambre me vencía, la culpa se borraba, el miedo se desvanecía y regresaba a casa. Entraba en silencio, casi sin respirar, resignada a mi manotazo, con tal de comer una tortilla de harina.

Y entonces, nada pasaba. Ella, mi madre bonita y blanca, me había perdonado el golpe. No me hablaba, eso sí; no me dirigía la palabra un buen rato hasta que, en un momento oportuno, empezaba la perorata y el regaño. Luego, me iba a dormir con el alma cargada de tristeza.

Dime por qué, mamá. Dime por qué, mundo, tengo que obedecer lo que me mandes sin pedírmelo cortésmente, sin explicarme la causa.

Me niego a obedecer, a menos que alguien me explique por qué... y me convenza.  

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