AL ROJO VIVO
Migraña encierra un concepto aterrador. Significa abrir los ojos por la mañana y descubrirse hundida en la impotencia; en la obligación de aceptar el dolor y el hecho de que no hay pensamiento, movimiento, propósito de control o esfuerzo de voluntad que logre sacarlo del cuerpo. Un cable de acero es implantado, desde la coronilla hasta media espalda, mientras un demonio lo jala y calienta hasta ponerlo tirante y al rojo vivo.
Ya instalado el duro acero, asumida la imposibilidad de erradicar el dolor por medios naturales o de voluntad, viene la elección del analgésico: Asunto difícil porque un hado perverso les cambia la efectividad, como el truco de las tres nueces donde sólo una contiene la canica. No es que según el nombre sea el efecto; a veces con una pastilla que se llama de tal modo, el dolor se va; otras veces, no. Entonces, elegir el analgésico es como una ruleta rusa, pero al revés.
Pero, increíblemente, lo más difícil de soportar cuando la migraña llega, es la angustia de saberlo un dolor que hace lo imposible por quedarse. No es el dolor en sí, sino la rebeldía del dolor lo angustiante.
Una rebeldía no relacionada con el cuerpo, sino con la mente. Sufrimos migraña cuando NO deseamos estar donde estamos; cuando NO deseamos hacer lo que debemos hacer. Cuando deseamos desaparecer de la vida y trascender a una paralela, donde tengamos libertad o, simplemente… otra vida.
¿De dónde viene ese deseo de huir, evadirse de la realidad, que al no satisfacerlo arremete con furia produciendo dolor, palpitaciones de sangre tras los ojos, como si golpeara el marro de un herrero infernal?
Seguramente del aliento de algún demonio personal agazapado en los rincones de la mente, cuando nos obliga a mentir, simular, sonreír, mientras hacemos y vivimos en el lugar equivocado, según la conciencia profunda.

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