
Fue sentir, como al principio de mi toma de conciencia, cuando abandonas la niñez y te diferencias de los niños por las curvas de tu cuerpo que empiezan a marcarse, que allí ser mujer es vivir en otro mundo, distinto al que “es”, al que realmente importa.
Las mujeres vestían uniforme negro, es decir “chilabas” sencillas de manga ancha y hasta el puño y unos velos libres al viento que no dejaban ver ni siquiera un poco de su figura o su cabello. Sólo los rostros.
Algunas chicas muy jovencitas, estudiantes de nivel básico, iban vestidas casi a la manera occidental, con ropa juvenil, pero también oscura y con brazos y piernas cubiertos. Piel de cuerpo de mujer no se veía.
El guía que nos llevó a ver todos los rincones de Túnez, la capital del país del mismo nombre (tres y medio millones de habitantes, dijo), aseguró que las mujeres allí tienen los mismos derechos que en el mundo occidental y sin embargo las calles estaban pobladas de hombres en un noventa por ciento y las pocas mujeres iban acompañadas o cubiertas de cabeza a pies.
Mejor no indagar si es cierto o no eso de las mujeres ¿para qué? Solas saben defenderse, ellas van encontrando su camino; en ese mundo de idioma musical, árabe delicioso, de “jota” aspirada, de flujo sin consonantes fuertes, de mujeres bellas pero igual hombres hermosos, guapísimos…
Yo conocía por árabes a unos entes barbudos, repulsivos, sudados bajo su ropa de hilachas y que todos eran (y son, probablemente) verdugos de las mujeres. Sin embargo allí vi otro tipo de hombres, altos y limpios, morenos y sonrientes, de ojos negros profundos, entregados al trabajo laborioso entre la conversación inacabable (diosmío cómo hablan).
Me topé con una mujer, joven y muy hermosa aunque sólo vi su rostro bien maquillado. Llevaba una chilaba negra –claro- con puños bordados con hilo dorado, pulseras abundantes, el filo inferior de su vestido también era adornado y la tela del mismo tenía un brillo discreto, como de seda. Fue una visión fantástica que no puedo olvidar.
¿Algo más que no pueda olvidar? Ah, sí. Que me subí a un camello. Que en los barrios de Túnez las casas son blancas con rejas y balcones de un azul como el cielo del desierto, porque el blanco repele el calor y el azul los insectos. Que compré un perfume de extracto de limón que, aplicado bajo la nariz y en las sienes hace un efecto estimulante que disipa el cansancio… así me lo vendieron y aunque los árabes son capaces de vender a su madre al diablo basándose en mentiras, ¡es cierto! La esencia de limón muy concentrada, es estimulante.

Casas blancas contra el calor, rejas azules contra los insectos...

En un camello, ajá. (Qué simple soy, pero fue bien retedivertido)
(LA MUCHACHONA GUAPA QUE ME ACOMPAÑA ES MI HIJA BEATRIZ)